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07/10/2014 07:12 CEST | Actualizado 06/12/2014 11:12 CET

Por qué Xi Jinping debería ceder (aunque probablemente no lo haga)

Xi Jinping tiene que decidir entre ceder ante las fuerzas pro-democracia en el Hong Kong reformista o reprimirlas con intimidación e indiferencia. Hasta ahora, parece que Xi está siguiendo las mismas recetas antiguas de su Partido, pero existe la esperanza de que las abandone.

AP

Todavía no es tarde para que Xi Jinping cambie de rumbo.

Hasta ahora, se ha dirigido al movimiento Occupy siguiendo el ideario político del partido. Paso 1: arrestar e intimidar a los líderes y simpatizantes del movimiento. Paso 2: difamar a los manifestantes y calificarlos de extremistas que se basan en panfletos de medios de comunicación extranjeros. Paso 3: advertir de las consecuencias que están por venir. Paso 4: esperar.

Esta protesta en particular parece inevitable. Antes de que la isla volviera a manos chinas en 1997, el anterior líder Deng Xiaoping prometió a los ciudadanos de Hong Kong que mantendrían cierta autonomía política, y que el principio de "un país, dos sistemas" gobernaría su relación. Ahora, en la antesala a las elecciones de 2017 a jefe ejecutivo, Pekín ha ofrecido un pacto que permitiría el sufragio universal, pero que mantiene el derecho del Partido Comunista Chino a controlar los nombramientos a través de un comité dominado por el Partido. Esto aseguraría de forma efectiva la elección de un candidato adepto al régimen.

En respuesta, el movimiento Occupy Central with Love and Peace se ha unido a un boicot estudiantil para crear el mayor reto popular para el régimen desde 1989. Los manifestantes exigen la dimisión del actual jefe ejecutivo, C.Y. Leung, y la retirada de la mano entrometida de Pekín en el proceso de nombramiento. Ya han soportado con valentía los violentos aguaceros y, en parte, los gases lacrimógenos. Su símbolo es el paraguas. Sus filas y su confianza crecen por momentos.

Desde la perspectiva de Xi, el argumento de jugar a la espera es relativamente sencillo. Si el régimen consiente las exigencias del movimiento, se arriesgan a que un candidato reformista acceda al más alto cargo de la ciudad. Hong Kong goza de un cierto grado de autonomía, pero los dirigentes prorrégimen contribuyen a mantener el territorio a raya. Los cargos del Partido penetran en todos los niveles del Gobierno chino, en todas y cada una de las provincias. No hay ninguna razón para que Hong Kong deba ser diferente, o eso es lo que argumenta.

Conceder las peticiones de los manifestantes constituye una empresa de riesgo para cualquier régimen autoritario. Si el Partido cede ante el movimiento de Hong Kong, otros grupos descontentos del país entenderían que la protesta funciona. Sería una gran pérdida de cara al régimen, y se tomaría como un signo de debilidad. Esto podría desencadenar más protestas, posiblemente en China, que podrían acabar con el sistema unipartidista. Una postura represiva unificada y decisiva puede cortar de raíz cualquier movimiento antes incluso de que empiece a moverse.

Probablemente ésta sea la lógica de Xi Jinping hasta la fecha. Pero Xi tiene varias buenas razones para frenar ahora y ceder, aparte de para quedarse en el lado bueno de la historia.

De entrada, la mezcla entre espera e intimidación sutil podría no funcionar. Xi confía en que los manifestantes se aburran, pierdan la guerra de la opinión pública y decidan irse a casa. Pero, ¿qué pasa si continúa durante semanas, o incluso meses? Cada día que pasa se filtran más imágenes que atraviesan la censura china. La policía se ha retractado sabiamente tras el lanzamiento inicial de gases lacrimógenos, pero cada día que pasa también supone la posibilidad de que se produzcan más equivocaciones y más violencia. Los últimos datos sugieren que la impaciencia aumenta en ambas partes. Un segundo Tiananmen parece improbable, pero una sola muerte se haría viral, y podría ser suficiente para inclinar decisivamente la balanza de la opinión pública en contra del régimen. Ignorar a los manifestantes sería más perjudicial que tratar de apaciguarlos simplemente.

En segundo lugar, la actual táctica del régimen de suprimir con sutileza las libertades de Hong Kong no está funcionando exactamente como se esperaba. Hong Kong es diferente, y debería tener un Gobierno diferente. Los ciudadanos de Hong Kong nunca han elegido directamente al líder de su ciudad, y muchos albergan identidades políticas y culturales más liberales, distintas de las del régimen autoritario chino. Si mantiene el control sobre los procesos de nombramiento para las elecciones de 2017, el Partido Comunista se asegura un cómplice en Hong Kong, pero, ¿se consideraría legítimo este resultado? Hasta la fecha, ¿cómo se ha asegurado exactamente la estabilidad de Hong Kong? En cualquier caso, la represión ahora sólo garantiza un ciclo predecible de protestas que tendrá lugar en todas las elecciones en un futuro próximo. Permitir que los ciudadanos de Hong Kong elijan a sus propios líderes podría generar un apoyo sincero hacia el régimen, algo que no ocurre en la actualidad.

Por último, dar paso a unas elecciones completamente democráticas en Hong Kong envía un mensaje positivo de otro tipo, el de que el régimen realmente hace honor a la noción de "un país, dos sistemas". Éste es el modelo que Xi estaba promocionando en Taiwán justo la semana pasada para intentar atraer a la isla de nuevo a la patria china. Si la represión en Hong Kong continúa, el concepto de un Taiwán autónomo parecerá una promesa vacía y echará a perder la ya remota posibilidad de una reintegración pacífica.

Tras apenas dos años en el puesto, Xi Jinping se enfrenta al momento que definirá su legado. Tiene que decidir entre ceder ante las fuerzas prodemocracia en el Hong Kong reformista o reprimirlas con intimidación e indiferencia. Hasta ahora, parece que Xi está siguiendo las mismas recetas antiguas de su Partido, pero existe la esperanza de que las abandone.

Rory Truex es profesor de Asuntos Públicos e Internacionales en la Escuela Woodrow Wilson de la Universidad de Princeton. Sus investigaciones se centran en la política y la opinión pública en China.

Traducción de Marina Velasco Serrano