Brené Brown, investigadora de la vergüenza: "Trump tiene un miedo patológico, enfermizo, a ser alguien normal y corriente"
La autora de El poder de la vulnerabilidad relaciona el liderazgo autoritario con el miedo a parecer débil y la necesidad de dominar a los demás.

La investigadora estadounidense Brené Brown lleva cerca de tres décadas estudiando la vergüenza, el miedo, la vulnerabilidad y la forma en que estas emociones condicionan las relaciones humanas. Su conclusión sobre Donald Trump es contundente: cree que el presidente de EEUU siente un temor extremo a ser visto como una persona común, débil o poco importante.
"Defino el narcisismo como el miedo, basado en la vergüenza, a ser una persona común y corriente. Y creo que Trump le teme a ser común y corriente de una manera patológica y enfermiza", afirma Brown en una entrevista en De Morgen, donde analiza el auge de los liderazgos autoritarios.
La investigadora no plantea un diagnóstico médico, sino una interpretación basada en sus estudios sobre el poder, la vergüenza y los mecanismos de defensa.
El miedo a parecer débil
Brown, conocida internacionalmente por su charla TED sobre la vulnerabilidad y por libros como El coraje de ser imperfecto, considera que muchos líderes que proyectan una imagen de dureza esconden una fuerte inseguridad.
"Le avergüenza que lo consideren débil", sostiene sobre Trump. A su juicio, ese mismo mecanismo aparece también en determinadas empresas, donde algunos dirigentes confunden autoridad con dominación. "Es el mismo mecanismo que veo en el mundo empresarial con el liderazgo autoritario de los llamados hombres fuertes: en esencia, son hombres débiles con poder", asegura.
Brown lleva años defendiendo que la vulnerabilidad no es una forma de fragilidad. La define como la emoción que aparece cuando una persona se siente expuesta, en riesgo o ante un resultado incierto. La diferencia, explica, está en cómo responde cada individuo ante esa sensación.
Algunas personas reconocen su miedo y lo gestionan. Otras se protegen mediante una coraza construida con perfeccionismo, agresividad, control o crueldad. "Todos tenemos miedo. Quienes afirman no tenerlo no son valientes; se protegen con una armadura", señala.
Cómo la vergüenza puede transformarse en agresividad
La investigadora sostiene que la vergüenza suele generar respuestas defensivas. Entre ellas aparecen la necesidad de imponerse, culpar a otros o controlar el entorno. "Para lidiar con la vergüenza, la gente suele desarrollar mecanismos de defensa como la agresión y la dominación", explica Brown. "Ese es el denominador común entre los líderes autoritarios y populistas".
El problema se agrava cuando quien actúa de esa manera dispone de poder político, empresarial o institucional. Brown distingue entre utilizar el poder para ayudar a otras personas y emplearlo para someterlas. "En lugar de usarlo para ayudar a la gente, lo utilizan para ejercer poder sobre los demás. Y el catalizador de eso es el miedo", afirma.
Esta idea aparece también en sus reflexiones recientes sobre el mundo empresarial. Brown ha advertido de que el clima político estadounidense está dando a ciertos directivos una especie de permiso para adoptar comportamientos agresivos que antes intentaban disimular.
Al mismo tiempo, defiende que las empresas con mejores resultados siguen necesitando culturas basadas en la confianza, la responsabilidad y la conexión entre los trabajadores.
El miedo como herramienta para conservar el poder
Brown considera que los dirigentes autoritarios necesitan mantener a la población en un estado de alarma permanente. "El miedo es efímero, así que hay que cometer atrocidades y sembrar el terror continuamente para mantenerlo", señala. En su opinión, presentar a los inmigrantes, las minorías o determinados colectivos como amenazas permite desviar el malestar social hacia un enemigo reconocible.
El mecanismo, según explica, no requiere elaborar un discurso especialmente sofisticado. Basta con identificar una herida colectiva, buscar un culpable y prometer el regreso a un pasado aparentemente mejor. "El ser humano es un ser emocional que piensa ocasionalmente, en lugar de un ser racional que a veces siente", sostiene Brown.
La nostalgia desempeña un papel central en esa estrategia. Un líder puede prometer la recuperación de una época de orden, seguridad y prosperidad, aunque ese pasado nunca existiera de la forma en que se presenta. "La nostalgia es una ilusión. No es una mirada honesta al pasado; es un sentimiento", afirma.
Educación y pensamiento crítico frente al populismo
Brown cree que las principales defensas frente a estos discursos son la educación, la cultura y la capacidad para comprender las emociones propias y ajenas.
A su juicio, disciplinas como la literatura, la historia, el arte o el teatro permiten desarrollar empatía y pensamiento crítico. Por eso muestra su preocupación por la presión que sufren en EEUU los estudios de género, los programas sobre diversidad racial y los centros de apoyo a estudiantes LGTBIQ+. "Atacar a grupos vulnerables es una forma de sembrar miedo en la sociedad en general", sostiene.
La investigadora también insiste en que la compasión no aparece de forma automática. Debe enseñarse y practicarse. Lo mismo sucede con la capacidad para reconocer cuándo un mensaje político intenta manipular el dolor, la frustración o la sensación de pérdida.
Brown no cree que pudiera cambiar a Trump mediante una conversación privada o un programa de liderazgo. Para que una transformación sea posible, explica, una persona debe estar dispuesta a reconocer sus errores, controlar su ego y aceptar aquello que necesita mejorar. "No se puede liderar a otros si no se lidera uno mismo", resume.
La vulnerabilidad no significa renunciar a la firmeza
Uno de los principales malentendidos sobre el trabajo de Brown consiste en interpretar la vulnerabilidad como debilidad o sentimentalismo. Ella rechaza esa lectura.
Un buen líder, explica, puede mostrarse vulnerable y al mismo tiempo establecer límites claros, tomar decisiones difíciles y exigir responsabilidades. Lo importante es que no utilice el miedo para proteger su ego ni convierta la incertidumbre en agresividad.
Su propuesta parte de una idea sencilla: las personas que son capaces de reconocer sus temores tienen menos necesidad de dominar a los demás. Por eso, cuando Brown analiza a Trump, no se queda únicamente en sus insultos, sus amenazas o su forma de ejercer el poder. Busca la emoción que, en su opinión, se esconde detrás.
Y su respuesta es siempre la misma: el miedo. No el miedo político a perder unas elecciones, sino algo más profundo. El temor a ser visto como alguien corriente, vulnerable y tan imperfecto como cualquier otra persona.
