Dagmar Pauli, psiquiatra: "Toda nuestra sociedad tiene un trastorno alimentario grave"
"Pensaba que simplemente llevaba un estilo de vida saludable".
La ortorexia, la obsesión patológica por comer sano, afecta ya a entre el 1% y el 2% de la población occidental, según estimaciones recogidas en la literatura científica. Pero para la psiquiatra suiza Dagmar Pauli, el problema va mucho más allá: "Si nos fijamos en la población femenina, alrededor del 30% piensa excesivamente en su cuerpo y su alimentación", asegura al diario alemán Welt. Y lanza una advertencia directa: "Toda nuestra sociedad padece un grave trastorno alimentario".
No es una exageración retórica. La médica, jefa del Departamento de Psiquiatría Infantil y Adolescente del Hospital Universitario Psiquiátrico de Zúrich, sostiene que la línea entre alimentación equilibrada y trastorno es cada vez más fina. El contexto social —redes, presión estética, cultura del rendimiento— ha convertido la comida en un campo de batalla mental.
Cuando comer "limpio" se convierte en una cárcel
Durante años, para Madeleine Dähling, que en el mismo medio explica su caso, hacer la compra fue un suplicio. Revisaba cada etiqueta. Comparaba azúcares, carbohidratos, presencia de aceite de palma o posibles pesticidas.
Si un muesli tenía un gramo de azúcar y otro cero, elegía el segundo, aunque costara cinco euros más. Solo compraba frutos secos de una marca concreta porque estaba convencida de que eran los únicos libres de pesticidas.
Su vida giraba en torno a reglas estrictas. Planificaba con días de antelación qué pedir si salía a cenar. Si comía algo que consideraba "incorrecto", sentía culpa y lo compensaba con más ejercicio. Sin embargo, no se veía enferma. "Pensaba que simplemente llevaba un estilo de vida saludable", reconoce ahora.
La ortorexia no está reconocida como diagnóstico independiente en manuales como el DSM-5. Suele clasificarse dentro de los trastornos obsesivo-compulsivos o como síntoma asociado a la anorexia. A diferencia de esta, el foco no está tanto en el peso como en la "pureza" de los alimentos y el control absoluto.
El círculo vicioso que describe la psiquiatría
Para Pauli, el problema comienza cuando la alimentación se clasifica en términos rígidos de "bueno" y "malo". "Considero problemático que la gente se preocupe constantemente por la comida, lo pese todo, cuente calorías y se esfuerce por alcanzar la perfección", afirma.
El patrón es restricción progresiva, aislamiento social y refuerzo de la conducta obsesiva. Ese aislamiento intensifica el trastorno. La persona deja de comer fuera, evita viajes sin planificación previa y dedica horas a investigar tiendas o menús. En el caso de Dähling, incluso viajando, llevaba recipientes con comida preparada y suplementos por miedo a no encontrar opciones “adecuadas”.
Su cuerpo dio señales: solo tenía la menstruación dos veces al año. Pero como no presentaba bajo peso, nadie activó alarmas médicas.
Redes sociales y presión estética: más exposición, más riesgo
Pauli señala un cambio generacional. "Antes podías dejar una revista y volver a estar rodeado de gente normal. Hoy incluso niños de once o doce años están horas expuestos a ideales corporales irreales en redes sociales", explica.
Diversos estudios europeos confirman que la insatisfacción corporal afecta a cerca del 30% de mujeres jóvenes, una cifra coherente con la estimación que cita la psiquiatra. No todas desarrollan ortorexia, pero el terreno es fértil: perfeccionismo, ambición elevada y alta autoexigencia son rasgos frecuentes en pacientes.
¿Cómo se sale de la ortorexia?
En muchos casos, la intervención del entorno es clave. "He observado varias veces que un desenlace peor podría prevenirse con la ayuda de un amigo", apunta Pauli. Pero no siempre basta.
En el caso de Dähling, el punto de inflexión llegó una noche cualquiera, en un piso compartido. Sus compañeras pidieron pizza sin pensarlo demasiado. Ella, que siempre analizaba cada ingrediente, sintió algo nuevo: envidia de esa libertad. Se dio cuenta de cuánto se había limitado durante años.
Hoy mira atrás y reconoce que comía "como si ya estuviera enferma, para evitar enfermar". La recuperación no fue inmediata, pero empezó cuando entendió que salud no es sinónimo de control absoluto.