Deja la Bolsa de Nueva York para vender pizzas cocinadas en su coche: "Me estaba convirtiendo en un zombi. No piensas en la vida, solo piensas en el día siguiente"
Este chef dejó la cocina corporativa para montar su propio negocio sobre ruedas, una pizzería móvil que causa sensación.
Bradley Aiello había trabajado en restaurantes, cocinas corporativas e incluso en la Bolsa de Nueva York, pero llegó un momento en el que sintió que estaba perdiendo aquello que más le importaba: el amor por la comida. Hoy es el dueño de Pizza Pod NYC, un pequeño negocio en el que cocina pizzas desde un Smart que se ha convertido en una de las imágenes más llamativas de Nueva York.
"Me estaba convirtiendo en un zombi otra vez. No piensas en la vida, solo piensas en el día siguiente", recuerda sobre la etapa que le llevó a dejar su puesto en la Bolsa de Nueva York y empezar de cero.
De cocinar en casa a formarse como chef
La relación de Bradley con la cocina empezó muy pronto. Sus padres trabajaban muchas horas y él y sus hermanos pasaban bastante tiempo solos en casa. Al principio improvisaba con lo que encontraba en la nevera.
"A veces unas galletas Ritz no bastaban", cuenta al canal de YouTube Johnny Syres. Así empezó a preparar alitas de pollo y otros platos que había visto hacer a su madre.
Más tarde, en el instituto, comenzó a trabajar en un restaurante de cocina sureña. Al salir de clase, iba directamente al local, donde hacía tareas de preparación y comida para llevar. Aquella fue su primera entrada real en el mundo de la hostelería. Después estudió en el Culinary Institute of America, donde recibió una formación clásica como chef.
Jornadas interminables y la sensación de vivir en automático
Su carrera profesional le llevó primero a un restaurante franco-marroquí, donde las jornadas eran agotadoras. Entraba a las 5:30 de la mañana y muchas noches no salía hasta la una y media o las dos. "Cuando llegaba a casa eran las tres y al día siguiente volvías a hacerlo otra vez", recuerda.
Esa vida terminó pasándole factura. Para pagar sus estudios y buscar más estabilidad, entró en la cocina corporativa. Trabajó para la NFL y después llegó a la Bolsa de Nueva York, una experiencia intensa en la que gestionaba distintas plantas y volvía a salir muy tarde.
Al principio parecía una oportunidad, pero pronto comenzó a recordarle a la vida que había intentado dejar atrás. "Creo que la única vez que perdí realmente el amor fue cuando te vuelves robótico, cuando te vuelves como un zombi. Por eso dejé la Bolsa", explica. La decisión sorprendió a sus superiores, pero él lo tenía claro: no quería volver a odiar la comida.
Una pizzería nacida durante la pandemia
Durante la pandemia, Bradley empezó a cocinar desde casa. Subía un pequeño menú a Instagram y la gente hacía cola delante de su edificio para comprarle comida. "Necesitaba empezar a hacer algo para mí. Necesitaba construir algo", afirma.
La idea fue creciendo poco a poco. Conoció a Yoko, propietaria de la cafetería Drink Talk, practicando jiu-jitsu, y ambos acabaron creando una colaboración ligera que le permitió empezar a vender pizzas allí.
La respuesta fue rápida. La gente pasaba, probaba la pizza, la recomendaba y pronto comenzaron a llegar encargos para eventos, azoteas, fiestas infantiles y reuniones de empresas.
Cocinar pizzas desde un Smart
La parte más llamativa del proyecto llegó casi por casualidad. Durante la pandemia, Bradley acumulaba multas de aparcamiento con su coche anterior y decidió buscar un Smart para moverse mejor por la ciudad.
Más tarde se dio cuenta de que apenas lo utilizaba y decidió unir todas las piezas: sus hornos, su experiencia, su menú y aquel pequeño coche. "La gente pensaba que estaba loco. Me decían: no puedes hacer pizza desde tu coche", recuerda. Pero funcionó.
Hoy asegura que al menos 100 personas al día le piden hacerse una foto con el coche. El Smart se ha convertido en parte de la identidad de Pizza Pod NYC y en un reclamo casi tan potente como las propias pizzas.
"Si te apasiona, no es trabajo"
Bradley prepara pizzas personales de 10 pulgadas y otras de 12. Su secreto, dice, empieza por la paciencia y por una buena harina. Pero lo que realmente le mueve es la reacción de la gente al probarlas.
"La parte adictiva de cocinar es la reacción de las personas", explica. Le gusta esperar ese gesto del cliente que confirma que algo ha salido bien. Ahora trabaja mucho, pero lo vive de otra manera.
"Si te apasiona, no es trabajo. No me levanto pensando: tengo que hacer pizza hoy. Pienso: puedo hacer pizza hoy", asegura. Su consejo para quienes quieren cambiar de vida es sencillo: no abandonar de golpe la esperanza, sino reservar siempre una parte de la energía diaria para aquello que uno ama.