El Premio Nobel de Física aconsejó hacerse fontanero para escapar de la IA: una economista explica por qué incluso eso puede no ser suficiente a largo plazo
"El verdadero reto es evitar que la revolución tecnológica derive en una catástrofe social y democrática".
La IA te quitará el trabajo, dicen sin cesar, pero enfocado siempre a los trabajos de oficina, delante de una pantalla o teléfono, mientras a los que ejercen oficios manuales los convierten en los trabajadores que "dieron en el clavo", donde la IA no puede entrar, pero ¿y los robots?
Pues la deducción para Axelle Arquié, economista del Centro de Estudios Prospectivos e Información Internacional y directora del Observatorio de Empleos Amenazados y Emergentes, es inevitable: por ahora sí, pero a largo plazo, tampoco un fontanero o similar estará a salvo, según aseguró en una entrevista al diario francés Le Monde.
Cuando Geoffrey Hinton, Premio Nobel de Física en 2024 y una de las referencias mundiales en inteligencia artificial, recomendó "hacerse fontanero" para escapar de la automatización, muchos lo interpretaron como una broma. No lo era del todo, pero solo por ahora. Primero será la IA; luego la robótica o ambas a la vez ensambladas.
Igual te has preguntado alguna vez por qué la tendencia robótica es casi siempre a hacerlos antropomorfos o, más aún, lo más parecidos a nosotros. No es solo por empatía, por imitación, sino por la desenvoltura al entorno, y eso incluye cualquier labor manual y, por ende, oficio. El objetivo es claro.
"La catástrofe social es un escenario posible", advierte Arquié. Y no cree que estemos midiendo bien el alcance del cambio.
¿Exageran los gurús de la IA?
Es lo de siempre, y más aún si ya se han vivido burbujas como las de internet en el 2000. Pero claro, eso fue momentáneo y ahora forma tanto parte de nuestras vidas que no imaginamos un mundo sin la red de redes. Eso sí, no quitó empleo, al menos en el global. Destruyó muchos, pero creó muchos más. Los menos agoreros se escudan en eso: con la IA pasará lo mismo. El problema es que no tiene nada que ver. Internet era una herramienta; esto no, o como mucho, no por ahora, pero en breve la cosa cambiará.
El debate se intensificó tras las declaraciones de Mustafa Suleyman, responsable de Microsoft AI, quien afirmó que "la mayoría, si no todas, las tareas de oficina" podrían ser reemplazadas por IA en los próximos dieciocho meses.
Arquié pide cautela con ese tipo de mensajes. No niega lo que viene, pero no tan rápido, es el matiz. "Los creadores de modelos tienen interés en subrayar la capacidad disruptiva de sus tecnologías", señala. Pero, al mismo tiempo, considera que el mundo político y parte de la economía académica están cometiendo el error contrario: minimizar el riesgo. Ni pensar que es humo, ni vender una hecatombe inmediata.
Para ella, el fenómeno podría ser comparable a la Revolución Industrial. Y esas transiciones no fueron suaves.
La destrucción creativa… ¿y si no esta vez?
El economista Philippe Aghion sostiene que, como en anteriores revoluciones tecnológicas, surgirán nuevos empleos que compensarán los destruidos. Arquié no lo niega. La cuestión es si serán suficientes.
Durante la entrevista recuerda que en Inglaterra pasaron cerca de setenta años hasta que la Revolución Industrial mejoró realmente el nivel de vida de la mayoría. En el camino hubo empobrecimiento masivo y trabajo infantil.
Y pone otro ejemplo más cercano: la desindustrialización europea. Los trabajadores que perdieron su empleo en el norte de Francia no se reconvirtieron automáticamente en ingenieros de datos.
"La transición tiene un coste humano y político enorme", advierte. Y vincula esos procesos con el auge de la extrema derecha en regiones golpeadas por la pérdida de empleo industrial.
Cadenas de montaje cognitivas
La amenaza no es solo la desaparición de empleos, sino su transformación. Inspirándose en el sociólogo Juan Sebastian Carbonell, Arquié habla de "cadenas de montaje cognitivas". Actividades que antes realizaba una persona de principio a fin se fragmentarán: una parte la hará la IA, otra el trabajador.
El riesgo es que los humanos se queden con lo menos creativo y más rutinario: supervisión, verificación, corrección de errores. Eso reduce el poder de negociación y, previsiblemente, salarios. Si el ser humano ya no es imprescindible en el "ecosistema" económico, o al menos en parte, ya no hay tanto que negociar o nada, salvo sobrevivir.
¿Y si la IA nos hace más productivos?
Existe el escenario optimista: la IA como herramienta que multiplica la productividad individual.
Arquié reconoce que ella misma lo experimenta en su trabajo. Pero duda de que las empresas lo vean igual. Si es más barato sustituir que complementar, optarán por sustituir, más aún si el humano no se siente cómodo, se rebela o se acomoda a que la IA lo haga todo. ¿Para qué, entonces, pagar una nómina, Seguridad Social, vacaciones, bajas, subida de salarios...?
Pone el ejemplo del derecho: si una IA puede buscar jurisprudencia y redactar conclusiones a menor coste, muchas firmas elegirán esa opción. Cero coste humano, cero problemas laborales, 24 horas de disponibilidad y mejora sin límites. ¿Quién, con esas premisas, va a decir no? Si lo dice, es posible que su empresa o negocio no sobreviva ni unos meses.
La IA ya no solo automatiza tareas repetitivas
A diferencia del ordenador o la robotización industrial, la IA generativa puede asumir tareas no rutinarias, propias de "cuellos blancos": abogados, contables, economistas, gestores de proyectos.
Y eso tiene una implicación fiscal importante: son empleos con salarios altos y alta contribución tributaria.
Además, la llamada IA agentica puede ejecutar procesos completos. No solo redactar un correo, sino organizar un viaje profesional, reservar hoteles, coordinar entrevistas y gestionar imprevistos con cierta autonomía. Independencia y toma de decisiones, la última frontera frente al humano y su "usabilidad" laboral.
Todavía no está extendida. Pero los obstáculos son técnicos y organizativos, no conceptuales. Un panorama inquietante.
La "caja negra" y las alucinaciones
El principal freno hoy es la falta de explicabilidad. Los modelos operan como cajas negras: procesan datos, generan resultados, pero es casi imposible entender cómo toman decisiones.
Las llamadas "alucinaciones" —errores convincentes pero incorrectos— limitan su despliegue en tareas críticas, pero cada vez son menos frecuentes. Cuestión de tiempo que desaparezcan. Arquié recuerda que hace quince años parecía impensable confiar en coches autónomos. Hoy circulan cientos en ciudades como San Francisco. Las normas y la tolerancia social al error pueden cambiar.
¿Ni siquiera el fontanero está a salvo?
Pongámonos en lo peor, pero aun así quedan los oficios, los trabajos manuales, la formación profesional en España, que muchos ven como la verdadera buena toma de decisión de futuro laboral frente a la universidad. El consejo de Hinton se basa también en que oficios como el de fontanero exigen improvisación constante ante situaciones nuevas.
Las IA actuales tienen dificultades con problemas radicalmente nuevos fuera de sus datos de entrenamiento, no digamos ya la robótica. Pero, ¿qué pasará cuando ambos obstáculos se superen y, peor aún, hibriden IA y robot en un ente capaz de hacer cualquier tarea intelectual o manual más rápido y mejor que cualquier humano? ¿Queda mucho para eso?
La economista advierte que a largo plazo no hay garantía. La combinación entre IA y avances en robótica —especialmente en China— podría automatizar incluso trabajos manuales complejos en un plazo no tan lejano.
El riesgo político y económico
Y ante este posible panorama, ¿qué harán los gobiernos y políticos? Sería el mayor reto humano y social de la historia. Arquié identifica dos grandes riesgos:
- Desempleo concentrado en determinadas regiones y sectores, con consecuencias políticas.
- Concentración extrema del capital en manos de grandes tecnológicas estadounidenses.
Europa, señala, depende de fabricantes de chips, infraestructuras y modelos desarrollados en EEUU. Si el trabajo humano es sustituido masivamente por IA y robots, la redistribución de la riqueza será el gran desafío y el debate de una renta básica universal o paga vital para todo ciudadano, nada distópico, sino necesario.
Las posibles soluciones de algo que no parece tenerlo
La economista propone varias líneas:
- Crear un ecosistema europeo de IA soberana.
- Impulsar modelos abiertos y más "frugales", alojados localmente.
- Considerar la IA como bien común, no solo como recurso privado.
- Revisar la fiscalidad para no favorecer automáticamente la automatización frente al empleo humano.
No se trata de frenar la innovación, sino de capturar parte de la riqueza generada por la IA para redistribuirla, pero ¿bastará con eso o será poner tapones a vías de agua crecientes de un barco destinado al fondo del mar?
"La formación es necesaria, pero no suficiente", concluye. "El verdadero reto es evitar que la revolución tecnológica derive en una catástrofe social y democrática".
El consejo del que tanto se hace uso, de hacerse fontanero, puede servir hoy. Pero si la transformación es tan profunda como sugiere Arquié, el debate no es qué profesión elegir. Es cómo reorganizar la economía para que la tecnología no deje a millones atrás.