Marga, mallorquina de 46 años: "No queremos que pase como en Ibiza, pero cada vez estamos más cerca: esto solo elitiza el problema"
"El miedo es acabar igual, con una isla pensada solo para quien tiene mucho dinero".
Durante años, Mallorca ha intentado sacudirse una etiqueta incómoda: la del turismo de borrachera. El ruido, los excesos y la saturación en determinadas zonas llevaron a instituciones y sector turístico a replantear el modelo. La solución parecía clara: subir precios, atraer a un visitante con mayor poder adquisitivo y apostar por un turismo más "tranquilo" y familiar.
Pero en la práctica, esa estrategia ha abierto un nuevo frente. "Se ha pasado de un extremo a otro", resume Marga, una mujer mallorquina de 46 años que vive en la zona de Calvià. "Y al final, lo que tenemos ahora es un turismo más caro… pero no mejor para quienes vivimos aquí", añade.
Su diagnóstico es compartido por muchos residentes: el encarecimiento generalizado no solo filtra el tipo de visitante, sino que también expulsa a los propios residentes de su isla.
Cuando la solución se convierte en elitismo
La lógica detrás del cambio era sencilla: si se encarece el destino, se reduce la masificación y se atrae a un perfil de turista que gasta más y genera menos conflictos. Menos volumen, más calidad.
Sin embargo, la realidad es más compleja. "Sí, igual hay menos turismo de borrachera en algunas zonas, pero ahora todo es muchísimo más caro", explica Marga. "Y eso lo pagamos nosotros también".
Restaurantes, alquileres, ocio, servicios… La subida de precios ha sido transversal y exponencial. Lo que antes era accesible para la población local ahora, en muchos casos, ha dejado de serlo. "Se está convirtiendo en una isla para quien puede permitírselo. Y no todos los que vivimos aquí podemos", añade.
Para Marga, el error está en pensar que subir precios es la solución a la masificación turística. "Yo creo que no es una solución. Así no desaparece el problema, lo que hace es cambiar de forma", censura la mallorquina.
"Palma de Mónaco"
La sensación de desconexión entre el modelo turístico y la vida cotidiana ha dado lugar incluso a nuevos términos entre los vecinos, quienes ya no saben cómo denunciar esta situación. "Hay gente que ya lo llama 'Palma de Mónaco", comenta Marga.
No es solo una cuestión de precios, sino de identidad: "Se está perdiendo el equilibrio. Antes había problemas, sí, pero era solo en determinadas zonas, pero es que ahora toda la isla se está volviendo invivible para los residentes".
De este modo, en lugar de turismo masivo de bajo coste, emerge un turismo más selecto, pero también más desconectado del territorio. Y mientras tanto, los residentes siguen lidiando con las consecuencias: presión sobre la vivienda, aumento del coste de vida y pérdida de espacios propios. "Esto solo elitiza el problema", insiste.
El modelo de Ibiza, cada vez más cerca
La comparación con Ibiza aparece de forma recurrente. Una isla que, para muchos, representa el extremo de la exclusividad turística. "No queremos que pase como en Ibiza, aunque cada vez estamos más cerca", advierte, reconociendo que el modelo ibicenco es el espejo en el que muchos mallorquines no quieren mirarse.
En los últimos años, la isla vecina se ha convertido en uno de los destinos más exclusivos y caros del Mediterráneo. Hoteles de lujo, beach clubs con precios prohibitivos y una oferta de ocio pensada para grandes fortunas han transformado completamente su identidad.
"Ir a Ibiza ya no es para cualquiera", comenta Marga. "Te puedes dejar cientos de euros en un solo día sin darte cuenta", asegura la mallorquina, quien advierte de que esto es una manera de expulsar a la mayoría de los locales de su propio territorio.
Ese modelo genera cada vez más inquietud en Mallorca, donde muchos ven señales de que el camino empieza a ser similar. "El miedo es acabar igual, con una isla pensada solo para quien tiene mucho dinero", señala.