María Tomé, arquitecta y urbanista de La Laguna: "No hay nada más inseguro que una ciudad en silencio"
La pérdida de identidad convierte el espacio público en un lugar hostil.

La transformación de muchas ciudades turísticas no solo se mide en cifras de visitantes o precios de la vivienda, sino también en algo más difícil de cuantificar: la pérdida de comunidad.
En lugares como San Cristóbal de La Laguna, declarada Patrimonio de la Humanidad, el avance de la gentrificación y la masificación turística está alterando profundamente la vida cotidiana de sus residentes, hasta el punto de cambiar la forma en que se habitan, se perciben y se estructuran los espacios urbanos.
Según recoge una información de eldiario.es, esta transformación tiene además una dimensión poco visibilizada: su impacto en la seguridad y en la experiencia urbana de las mujeres.
Sobre esto, la arquitecta y urbanista María Tomé advierte de que el vaciamiento de los barrios, la desaparición del comercio local y la pérdida de vida en las calles generan entornos más inseguros.
En este contexto, iniciativas como los paseos feministas buscan repensar la ciudad desde una perspectiva más inclusiva, poniendo el foco en aquello que no se ve en los datos: la vida que desaparece cuando el turismo lo ocupa todo.
Una ciudad pensada para unos pocos
"No hay nada más inseguro que una ciudad en silencio", resume con contundencia Tomé. Una frase que sintetiza una realidad cada vez más visible en muchos centros históricos: calles llenas durante el día, pero desiertas por la noche.
El diagnóstico de Tomé parte de una mirada feminista del urbanismo, que cuestiona para quién están diseñadas las ciudades. Durante décadas, explica, las ubicaciones se han pensado desde una lógica centrada en un perfil muy concreto: el sujeto "BBVAH" (blanco, burgués, varón, adulto y heterosexual).
Y entonces, quienes quedan fuera de ese molde, especialmente mujeres, niños pequeños o personas mayores, experimentan el espacio urbano de forma más insegura.
Cuando el turismo vacía las calles
En La Laguna, además, este problema se agrava por la presión turística. El auge de tiendas orientadas al turista, cafeterías y negocios con horarios limitados ha transformado la dinámica de las calles. Cuando estos cierran, muchas veces adaptándose a los horarios de los visitantes, desaparecen los llamados “ojos en la calle”: esa vigilancia informal que generan los vecinos, los comercios de proximidad y la vida cotidiana.
"Cuando la ciudad se queda vacía, se vuelve insegura para todos, pero especialmente para las mujeres", señala Tomé. La falta de actividad, de mezcla de usos y de presencia vecinal convierte el espacio público en un lugar hostil.
La pérdida de identidad y comunidad
Frente a este modelo, el urbanismo feminista propone ciudades vivas, diversas y funcionales. Espacios donde convivan viviendas, comercios, centros educativos y equipamientos públicos. Lo que hoy se conoce como la “ciudad de los 15 minutos”, donde todo lo necesario está cerca y la vida se desarrolla en comunidad.
Sin embargo, en La Laguna la realidad apunta en dirección contraria. La turistificación ha ido desplazando poco a poco a los residentes y a los negocios tradicionales, erosionando el sentimiento de pertenencia. Tomé lo explica con una metáfora muy cotidiana: la desaparición de costumbres tan simples como tomar una “pulguita” o un “barraquito” en los bares de siempre.
"Es una ciudad Patrimonio de la Humanidad, pero para mí es el lugar donde me he criado. Y ya no lo reconozco", lamenta. La identidad del barrio, dice, ha sido "expropiada" por una dinámica que prioriza el consumo turístico frente a la vida local.
Espacios vacíos y barrios sin vida
Además, a esto se suma la paradoja de los llamados "elefantes blancos": grandes edificios infrautilizados o abandonados mientras los vecinos reclaman espacios para reunirse, debatir o desarrollar proyectos comunitarios.
El caso de San Cristóbal de La Laguna no es aislado. Es el reflejo de un modelo turístico que, llevado al extremo, convierte las ciudades en escaparates y reduce su vida real a un segundo plano. La advertencia de María Tomé es clara: sin comunidad, no hay ciudad. Y sin ciudad, tampoco hay seguridad.
