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29/11/2013 07:18 CET | Actualizado 28/01/2014 11:12 CET

Irán, aunque firme, es una dictadura

A los demócratas el árbol nos debería impedir ver el bosque: nos vemos obligados a dialogar y a pactar con un régimen que, aunque desista de conseguir el poderío nuclear al que aspira, no dejará de ser una dictadura en la que se violan sistemáticamente los derechos humanos.

Es difícil saber si el acuerdo alcanzado con Irán para controlar su programa nuclear e impedir que derive en la posesión de la bomba atómica por Teherán terminará alcanzando sus objetivos. ¡Ojalá!

Pero a los demócratas, ni en este ni en otros casos, el árbol nos debería impedir ver el bosque: nos vemos obligados a dialogar y a pactar con un régimen que, aunque desista de conseguir el poderío nuclear al que aspira, no dejará de ser una dictadura en la que se violan sistemáticamente los derechos humanos. Cada vez que los Estados de derecho se ven forzados a negociar con gobiernos ajenos a los principios democráticos se corre el riesgo de cometer el error de dulcificar la realidad para argumentar lo positivo de lo acordado. El caso de Irán no es, lamentablemente, una excepción.

Hay que impedir, evidentemente, que los autócratas de Teherán tengan armamento nuclear. Nos va mucho en garantizarlo. Pero eso no significa que firmar un acuerdo con ellos les convierta en algo distinto de lo que son, transformándose de la noche a la mañana en gente honorable y reformista, a quienes hay que comprender porque la tradición histórica de su país o de la región no es igual a la de quienes viven en libertad en otras zonas del mundo. En realidad, cuando las dictaduras acceden a este tipo de acuerdos lo hacen por múltiples razones, y una de ellas puede ser precisamente conseguir un pasaporte de legitimidad que en otras condiciones nadie les hubiera otorgado.

Pero el Irán del Persépolis de Marjane Satrapi les guste o no a quienes han firmado el acuerdo a ambos lados de la mesa, sigue existiendo en toda su crudeza. Así lo afirman desde las Naciones Unidas -a través de su relator especial- a las principales organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos.

Basta con leer el resumen ejecutivo del Informe 2013 de Amnistía Internacional para constatarlo, de forma que lo mejor es reproducirlo literalmente:

"Las autoridades siguieron restringiendo severamente la libertad de expresión, reunión y asociación. Se detuvo de forma arbitraria, se recluyó en régimen de incomunicación, se encarceló tras juicios injustos y se prohibió viajar al extranjero a disidentes y a defensores y defensoras de los derechos humanos, incluidos los derechos de las minorías y las mujeres. Había decenas de presos y presas políticos y de conciencia. La tortura y los malos tratos eran habituales y quedaban impunes. Las mujeres, las minorías étnicas y religiosas y las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales estaban discriminadas en la ley y en la práctica. Seguían imponiéndose crueles penas judiciales de flagelación y amputación. Fuentes oficiales reconocieron 314 ejecuciones, pero se registró un total de 544. La cifra real podía ser bastante más elevada".

Mientras los Estados Unidos y la Unión Europea, Kerry y Ashton, entre otros, firmen el acuerdo sobre la capacidad nuclear de Irán sin olvidar esos detalles y actuar en consecuencia, bienvenido sea lo pactado. Pero si no lo hacen y tratan de engañarse a sí mismos -es decir, también a los demás-, el viaje no habrá merecido la pena. Que se lo pregunten al recuerdo de Chamberlain y Daladier para comprobarlo.

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