Qué importancia tienen Donetsk y Lugansk y qué supone el reconocimiento de Rusia

El paso dado por Putin respalda a los rebeldes prorrusos que tienen abierta una guerra con Kiev en la zona desde 2014, aunque nadie en el mundo asume esa independencia.
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Un vecino llamado Valery, camina entre los restos de su granja, dañada por un ataque en la ciudad de Tamarchuk, en Donetsk, el 20 de febrero.
Un vecino llamado Valery, camina entre los restos de su granja, dañada por un ataque en la ciudad de Tamarchuk, en Donetsk, el 20 de febrero.
STANISLAV KOZLIUK / EFE

Donetsk y Lugansk. Son los nombres del día, los de dos áreas de la región del Donbás, en el este de Ucrania, que acaban de ser reconocidas como territorios independientes y soberanos por parte de Rusia, algo que no asume ni el Gobierno de Kiev ni la comunidad internacional. Tomadas desde 2014 por separatistas prorrusos, sufren la guerra con la capital desde hace casi ocho años, lejos ya del foco mediático de los primeros años. Se calcula, según los datos más fiables, que más de 14.000 personas han muerto desde entonces, al menos 25.000 han resultado heridas y 1,6 millones más han tenido que dejar sus hogares, hoy son desplazados internos. Y lo que está por venir si la diplomacia no se impone, la “mayor conflagración armada en Europa desde 1945”, en palabras, por ejemplo, del británico Boris Johnson.

¿Qué supone que ahora Putin haya avalado esa independencia, tal y como le había pedido la Duma que hiciera? De momento, ha sido el paso previo para enviar a tropas rusas en “misión de pacificación” a las regiones, como la ha llamado el Kremlin. En teoría, el Ejército ruso tiene ahora luz verde para entrar a un área en disputa, que para ellos no es tal. La agencia Reuters ha enviado imágenes de la zona en la que se ven tanques sin banderas ni identificación, pero que podrían ser rusos.

El Gobierno de Kiev, en manos de Volodimir Zelenski, califica “de manera inequívoca las últimas acciones de Rusia como una violación de la soberanía e integridad territorial de su Estado” y advierte de que “no lograrán modificar las fronteras internacionalmente reconocidas” de su país. Donetsk y Luhansk son parte de su territorio, insiste, al tiempo que pide ayuda a sus socios internacionales.

Más allá de ese cruce de soberanías, el paso dramático dado por Putin rompe con los acuerdos que, hasta ahora, mantenían la zona relativamente controlada. No había paz, eso es demasiado generoso, se declaró un alto el fuego en 2014, reforzado en 2015 por su fragilidad, que ha sido violado reiteradamente por las dos partes en liza, según ha denunciado la ONU en diversos informes.

Estos acuerdos, los de Minsk, eran la única verdadera esperanza de la diplomacia para frenar la escalada que se estaba viviendo desde hace semanas en la zona. En su momento, con el aval de Francia y Alemania en el llamado Cuarteto de Normandía, estos textos esbozaron un plan sobre cómo poner fin al conflicto entre las fuerzas separatistas respaldadas por Ucrania y Rusia en el Donbás. Ha sido un marco, no ha resuelto la situación, pero eran algo. Las tropas rusas y separatistas controlan en la práctica sólo un tercio de las regiones ubicada en el área, por lo que se desconoce si el reconocimiento implicará que Rusia también considerará parte de ellas el territorio ahora controlado por Ucrania.

Desde 2019, el Kremlin ha emitido una gran cantidad de pasaportes a personas que viven en Donetsk y Lugansk y los expertos habían señalado que, al ser reconocidas ahora como independientes, Rusia podría enviar tropas al este de Ucrania con el pretexto de proteger a sus propios ciudadanos. Era una de las opciones estudiadas, más allá de la hipotética invasión como tal, que preocupa porque altera por completo el tablero.

Prorrusos en pie de guerra

En 2014, los ucranianos salieron a las calles para pedir que se reiviera el político Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio que estaba próximo a acercar oficialmente a Ucrania con la UE, y que naufragó justamente por las presiones de Rusia. Había estallado el Euromaidán. La presión popular fue tal que, en febrero de ese año, fue destituido el presidente Yanukovych y, tras nuevas elecciones, Petro Poroshenko tomó las riendas del país. La caída de Yanukovych y el tumulto posterior fue aprovechado por Moscú, que desplegó sus tropas en Crimea bajo la justificación de que Ucrania era un estado fallido, gobernado por dirigentes “antirrusos”.

Las protestas ya fueron mucho más allá del nudo europeo y de la capital y contaminaron zonas del Donbás que, con el apoyo de Moscú, acabaron en conflicto abierto entre las fuerzas independentistas de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk (llamada RPD) y Lugansk (RPL) y el Gobierno central de Ucrania. Los señores de la guerra se han hecho fuertes en la zona en este tiempo, ocupando grandes extensiones en la zona prorrusa, una región minera e industrial, tras la consolidación de años y años de combates. Allí donde hasta hace no mucho iba en masa el turismo internacional o se celebraban competiciones deportivas de calado.

Ambas regiones están situadas en el llamado “cinturón del óxido” de Ucrania, por ser un área rica en minerales, principalmente acero, y las dos son testimonio del pasado soviético y de las divisiones que dejó. Están ubicadas en una cuenca en la frontera con Rusia, en la orilla norte del Mar Negro, hogar de vastas reservas de carbón, y por su ubicación geográfica, constituyen una ruta de acceso natural hacia Crimea, la península ucraniana anexada por el Kremlin en 2014.

Donetsk fue llamada Stalino, en honor a Joseph Stalin, hasta la caída de la URSSS, y es actualmente la principal ciudad de la región minera del Donbás. Se cree que su población es de dos millones de habitantes. Mientras que Lugansk, antes llamada Voroshilovgrad, es un poco menor, otra ciudad industrial con una población de 1,5 millones de vecinos.

Gran parte de sus poblaciones hablan ruso, ya que, además de la conexión fronteriza con Rusia, muchos trabajadores soviéticos fueron enviados a trabajar allí durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, que la población sea masivamente rusoparlante ha sido uno de los argumentos tradicionales del Kremlin para justificar un apoyo a los insurgentes, aludiendo a la nostalgia, a la hermandad. A que Ucrania y Rusia son la misma cosa, aunque Ucrania lleve más de 30 años de independencia y su soberanía esté avalada por todas las entidades internacionales.

Tras el conflicto de 2014, ambas zonas realizaron un referéndum para separarse de Ucrania, que fue reconocido por Rusia, pero no por la comunidad internacional, nuevamente. Desde entonces, cada una cuenta con sus propios presidentes autoproclamados (Denis Pushilin en Donetsk y Leonid Pasechnik en Lugansk) ambos aliados del Gobierno de Moscú, con los que no se negocia en otros lados y que ayer estuvieron en el Kremlin con Putin justo antes de que firmase el decreto que ha hecho estallar todo.

No ha habido bombardeos ni fuego pesado desde tierra, como anunciaban las Inteligencias occidentales, sino que el conflicto ha acabado rompiendo por donde ya estaba el jirón, dos territorios en guerra que no están completamente en manos de los rebeldes y que ahora temen una guerra abierta, con Rusia completamente implicada, para que los dos bloques queden completamente en manos de los independentistas.

El paso esperado ahora es, más allá del puramente militar, que el Donbás, pida sumarse a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, una especie de OTAN creada por Moscú para los países de su órbita y que tienen la posibilidad de acogerse a la ayuda común si uno de los miembros es agredido, parecido a lo que supone el artículo 5 de la Alianza Atlántica. Rusia, hoy mismo, ha llamado además a otros países a seguir su ejemplo y reconocer la independencia de las repúblicas separatistas.

No es un poco más de leña al fuego, son toneladas.

Tensión en Donetsk y Lugansk