¿Avance histórico o teatro diplomático? Las insuperables grietas del plan de desarme de Hamás en una Gaza devastada
El triunfal anuncio de Trump prometía romper el prolongado estancamiento en la franja palestina Sin embargo, sobre el terreno, los mortíferos bombardeos de Israel, sus demandas de seguridad y las exigencias islamistas revelan un abismo insalvable.
Apenas unas horas después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, proclamara el último día de julio un "hito histórico" en la marcha hacia la paz en Oriente Medio, la cruda realidad sobre el terreno, en Gaza, se encargó de desmentir su vano triunfalismo. El anuncio de que la organización islamista Hamás había aceptado un plan detallado para entregar su armamento y dar paso a un nuevo esquema de gobernanza civil en la franja, bajo la supervisión de la Junta de Paz (la rimbombante Board of Peace) se vendió desde Washington como el avance total para cerrar el conflicto. Sin embargo, para los más de dos millones de palestinos hacinados en el enclave, el optimismo de la diplomacia estadounidense sonó dolorosamente ajeno. El día a día lo desmiente.
Durante toda esta semana, una devastadora serie de ataques aéreos e incursiones del ejército israelí ha sacudido la zona, de norte a sur. Sólo a caballo entre el domingo y el lunes fueron asesinadas 18 personas, las 24 horas más sangrientas registradas desde la entrada en vigor del alto el fuego, en octubre de 2025. Entre las víctimas inocentes figuraban un matrimonio y su hijo pequeño, cuyo apartamento en Ciudad de Gaza fue alcanzado por un proyectil, además de trabajadores asistenciales, que cayeron en el bombardeo de un almacén de medicamentos clave, en un momento en que el sistema sanitario palestino colapsa.
"Fue como si la guerra hubiera comenzado de nuevo. Había un ataque cada hora o menos. Los aviones golpearon lugares en toda la Franja de Gaza, norte, centro y sur, en todas partes", exponía Reuters Aya Mohammad Zaki, 32 años, el pasado día 3. La misma agencia hablaba con Soumah Dawla, de 60 años, que, mientras observaba los escombros de lo que solía ser su barrio, señalaba que la reciente expansión de las posiciones militares israelíes -nunca un paso atrás, sino adelante, pese a lo pactado- la ha obligado a desplazarse por quinta vez: "Toda nuestra vida ha desaparecido, nuestro futuro se ha ido, el futuro de nuestros hijos se ha ido. Trump habla de paz, pero sobre el terreno la destrucción aumenta y el desplazamiento aumenta". Eso es Gaza. Lo de Washington, un espejismo.
Queda así de manifiesto la profunda brecha que separa las promesas diplomáticas de la dinámica militar en suelo palestibno. Mientras la Casa Blanca intenta consolidar la llamada "Fase Dos" del plan de paz de 20 puntos diseñado por la Administración Trump, las fuerzas operativas sobre el terreno y los cálculos políticos internos en Tel Aviv (con elecciones a la vista en octubre) y de los grupos armados palestinos (sumidos en un debate existencial de primer orden) amenazan con congelar, o destruir definitivamente, cualquier posibilidad de acuerdo realizable. Ya se esperaba desde el principio.
La letra pequeña: ¿desarme, entrega o inhabilitación?
Para comprender la fragilidad del momento actual, es crucial desentrañar exactamente qué se ha acordado y dónde residen las trampas del lenguaje negociador. Mientras Donald Trump se apresuró a declarar el "desarme completo" de Hamás como un requisito previo indispensable para la retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), el texto real de la hoja de ruta diseñada por la Junta de Paz y las declaraciones de los mandos del Movimiento de Resistencia Islámica revelan una interpretación radicalmente distinta.
En primer lugar, el término "desarme" (disarmament) ni siquiera aparece expresamente en el documento técnico suscrito por los mediadores. En su lugar, el texto emplea el concepto de "inhabilitación" o "desmantelamiento" (decommissioning), un modelo conceptual inspirado en parte en los acuerdos de paz de Irlanda del Norte del Viernes Santo, firmados por el Gobierno de Reino Unido e Irlanda y los principales partidos de Irlanda del Norte, incluyendo al Sinn Féin. Bajo este esquema, el armamento pesado de Hamás -incluidos sus cohetes de largo alcance, talleres de fabricación de municiones, depósitos principales y la vasta red de túneles subterráneos- no sería destruido unilateralmente por Israel, sino inhabilitado y almacenado bajo la custodia y supervisión de la Junta de Paz y el recién formado Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés).
Desde la perspectiva de Hamás, el pacto no representa, pues, una capitulación incondicional ni una entrega de armas a su enemigo histórico. Ghazi Hamad, destacado miembro del equipo negociador del grupo palestino, ha enfatizado en diversos medios árabes que la organización está realizando "concesiones históricas por el bien" de su pueblo en la franja de Gaza, "para salvarlo de las matanzas y el desplazamiento". Sin embargo, dejó claro el límite de su postura: "Israel no intervendrá en el asunto del armamento. Si Israel no implementa sus obligaciones de retiro y cese de agresiones, nosotros tampoco implementaremos el acuerdo", señala.
Además, existe una discrepancia fundamental sobre el tipo de armamento implicado. Aunque el partido-milicia ha mostrado disposición a renunciar a sus arsenales pesados y proyectiles de largo alcance -que, según analistas militares, ya han sido desmantelados en gran medida tras meses de combates, pero no están borrados por completo, tampoco-, la dirigencia islamista insiste en mantener armamento ligero, como fusiles AK-47 y pistolas. ¿Qué argumentan para ello? La necesidad de garantizar la seguridad interna y proteger a la población civil frente al caos social y la proliferación de milicias armadas -críticas con ellos- y bandas criminales que operan en las zonas devastadas.
Por el contrario, la postura oficial de Tel Aviv, reiterada por su Ministerio de Defensa y su gabinete de seguridad, exige una interpretación absolutista: la erradicación total de cualquier artefacto militar, hasta el último fusil y pistola, y la destrucción completa de la infraestructura subterránea antes de considerar el movimiento de un solo soldado israelí.
Disolver el Gobierno para desarmar el relato de Israel
La aceptación por parte de Hamás de los términos de la Junta de Paz no se produce en el vacío. Se trata del segundo paso de una cuidada maniobra política iniciada semanas antes. El 6 de julio de 2026, en una conferencia de prensa celebrada en el Hospital al-Aqsa de Deir al-Balah, el portavoz del Gobierno de Gaza, Ismail al-Thawabta, junto con el funcionario Abdel Hadi al-Agha, anunció la disolución formal del Gobierno de Emergencia de Hamás y la renuncia de sus comités ejecutivos y ese fue el primer paso que llevaría a las fanfarrias de Trump.
Aquel movimiento, calificado por observadores independientes como la concesión administrativa más significativa de Hamás en dos décadas, buscaba transferir formalmente la autoridad civil y la gestión de los servicios esenciales al NCAG, el órgano compuesto por tecnócratas palestinos independientes sin filiación partidista que ahora ha cuajado, en el que poco poder tiene, tampoco, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), el legítimo Gobierno de Palestina, reconocido internacionalmente como tal.
La intención declarada de Hamás es la de arrebatar a Israel el principal pretexto esgrimido ante la comunidad mundial para bloquear el inicio de la reconstrucción masiva y el ingreso de ayuda humanitaria sin restricciones: la presencia de un gabinete controlado por el grupo islamista. Es así, dicho sea de paso, desde que Hamás ganó las elecciones en enero de 2006; tomó el control al año siguiente.
Sin embargo, como señala a Mondoweiss el analista Tareq S. Hajjaj, al disolver su administración civil pero posponer la resolución final sobre las armas, Hamás buscó "lanzar la pelota al tejado contrario". Bajo la nueva dirección de Khalil al-Hayya -que asumió las riendas políticas del movimiento tras el asesinato sucesivo de los líderes del grupo por parte de las FDI, con Yahya Sinwar como último rostro conocido-, Hamás ha adoptado una postura pragmática diseñada para preservar su relevancia política y colocar la presión diplomática sobre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, apoyado por ultranacionalistas y religiosos en el poder.
En la misma línea va el análisis publicado por el centro de pensamiento británico Chatham House, al aceptar nominalmente el plan de la Junta de Paz, "Hamás está intentando romper el farol de Israel". Durante meses, el Gobierno de Bibi justificó el mantenimiento de su presencia militar y el bloqueo de suministros amparándose en la negativa de Hamás a ceder el poder o desarmarse. Al decir "sí" al plan apadrinado por Washington, traslada la carga de la intransigencia a Tel Aviv, forzando a la Administración Trump y a los mediadores regionales a exigir responsabilidades a Israel, concluye.
Esta maniobra ha sido posible gracias a la intensa mediación de Egipto, Turquía y Qatar. Estos tres países no sólo han ejercido una presión sin precedentes sobre la cúpula de Hamás para que firmara el borrador, sino que también han ofrecido garantías políticas y financieras futuras al grupo, esencial porque, de lo contrario, se habría comprometido a su propia sentencia de muerte. No obstante, como advierte Chatham House, el apalancamiento de estos mediadores disminuye drásticamente cuando se pasa de los compromisos verbales a la ejecución física sobre el terreno, donde carecen de tropas para supervisar el cumplimiento final.
La encrucijada de Netanyahu
En Tel Aviv, la noticia de que Hamás aceptaba el plan de la Junta de Paz fue recibida no como una oportunidad para la paz, sino como un serio dolor de cabeza político y una amenaza estratégica. Medios como Haaretz han publicado que, realmente, Netanyahu nunca pensó que el grupo palestino fuera a dar el paso y por eso se comprometió con la hoja de ruta. Contentaba a Trump y, en algún momento, podría echarle la culpa a los islamistas de que todo se desmoronase. Con ese mismo argumento contentaba a sus socios, radicales que no quieren negociar sobre la franja sino colonizarla de nuevo, como antes del verano de 2005.
Y es que el primer ministro se encuentra atrapado entre las exigencias diplomáticas de su principal aliado en la Casa Blanca y las exigencias de supervivencia política interna, ante las elecciones generales de otoño en las que esta vez puede perder: los sondeos dicen que no podrá reeditar su mayoría de gestión actual y hay nuevos líderes (Gadi Eisenkot, Yair Lapid, Naftali Bennett) que sí podrían lograrlo, haciendo muchas sumas y malabares.
La reacción de la extrema derecha israelí ante las nuevas de Hamás ha sido tan inmediata como feroz. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, utilizó su canal de Telegram para calificar el borrador de "completamente inaceptable para Israel", añadiendo que aceptar semejante esquema equivaldría a "dar luz verde a Hamás para organizar la próxima masacre". Ben-Gvir (de Otzmá Yehudit) exigió que las operaciones bélicas se redoblen. "Los asesinatos selectivos en Gaza deben continuar", abunda. Por su parte, el titular de Defensa, Israel Katz (del Likud de Netanayhu, supuestamente menos radical), fue aún más lejos al sugerir públicamente la posibilidad de reconstruir asentamientos judíos dentro de la franja.
Durante la reunión de alto nivel mantenida entre Trump y Netanyahu en Washington a finales de julio, el tema específico de la Hoja de Ruta de Gaza ni siquiera se abordó en detalle, según han informado de AP al New York Times, lo que refleja el deseo del mandatario israelí de esquivar compromisos vinculantes al respecto. De hecho, el mensaje transmitido por el equipo de Netanyahu a los diplomáticos estadounidenses ha sido inflexible: no habrá la menor retirada militar de las líneas actuales a menos que Hamás ejecute un desarme real, verificado e integral.
El cálculo electoral de Netanyahu es claro. Para el electorado de la derecha israelí, cualquier concesión que implique la retirada de tropas de Gaza o la aceptación de un organismo palestino con participación indirecta de sectores islamistas sería visto como una derrota estratégica. Como señala para el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) el investigador Muhammad Shehada, para Netanyahu aceptar los términos propuestos por la Junta de Paz en este momento "equivaldría a un suicidio político".
Esta dinámica interna explica por qué, lejos de preparar un repliegue, el Ejército israelí ha consolidado y ampliado de forma drástica su presencia territorial en Gaza. Mientras que el acuerdo inicial de alto el fuego de octubre de 2025 delimitó una demarcación conocida como la "Línea Amarilla" que dejaba bajo control israelí el 53% del territorio, datos oficiales confirman que las FDI han ampliado esa zona de ocupación hasta alcanzar entre el 60% y el 70% de Gaza. Ahora es la "Línea Naranja".
Mediante la colocación de bloques de hormigón, montículos de arena, posiciones fortificadas y carreteras militares, además de zonas de exclusión militar, las tropas israelíes han depuesto y expulsado a la población de más de dos tercios del territorio, apretujando a más de dos millones de personas en una estrecha franja costera desprovista de servicios básicos. La prensa palestina explica que entre la población hay temor a que se esté preparando el terreno para incipientes asentamientos, contrarios al derecho internacional. En los formales, desde hace décadas, ya residen hasta 600.000 personas en el este de Jerusalén y en Cisjordania, los otros dos territorios sobre los que Palestina quiere levantar su estado de pleno derecho.
La arquitectura del plan
Frente a las visiones irreconciliables de las partes en conflicto, la Administración estadounidense apuesta por una compleja arquitectura institucional y diplomática para intentar forzar la transición gazatí. El corazón de este esfuerzo es la ya citada Junta de Paz, el organismo supranacional establecido bajo los auspicios de Trump para supervisar la posguerra en Gaza, en el que confía con demasiada alegría-
El plan operativo articulado por la Junta se fundamenta en tres pilares interconectados que deben ejecutarse de forma sincronizada. Es complejo porque las tres patas tienen de por sí retos brutales para sostenerse y, más, por ese trabajo en común que se requiere. Tenemos, para empezar, a la autoridad civil del Comité Nacional para la Administración de Gaza, que asume gradualmente la gestión de los ministerios, los servicios públicos, la sanidad y la distribución de ayuda.
Unos 30.000 funcionarios técnicos y profesionales que prestaban servicios bajo el Ejecutivo anterior mantendrán sus puestos para evitar el colapso institucional, aunque ahora bajo la supervisión directa del NCAG. Para la etapa de transición, Abdel Hadi al-Agha supervisará este cuerpo administrativo temporal.
Luego está la Fuerza Internacional de Estabilización (ISF, por sus siglas en inglés), diseñada como un contingente militar y policial multinacional. Tendría la tarea de desplegarse en las zonas de las que se retiren las tropas ocupantes, separando a los combatientes y garantizando la seguridad en los puntos de control y los pasos fronterizos. Posteriormente, colaboraría en la formación de una nueva fuerza policial palestina no vinculada a facciones armadas. No está muy claro qué países van a colaborar en su composición, aunque por ahora se ha anunciado a Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania. Egipto y Jordania participarían en el entrenamiento de las fuerzas policiales palestinas y Argentina, mediante asistencia humanitaria extra.
A modo de pegamento de todo esto está el Mecanismo de Inhabilitación y Verificación. Dirigido por el Alto Representante de la Junta de la Paz para Gaza, el diplomático búlgaro Nikolay Mladenov, este pilar contempla un calendario por fases para la localización, catalogación, inhabilitación y almacenamiento seguro del armamento que se entrega, así como la destrucción de los talleres de producción y los túneles militares.
El lunes 3 de agosto de 2026, Mladenov mantuvo una reunión calificada de "constructiva y detallada" en Jerusalén con Benjamin Netanyahu y altos mandos de la defensa israelí. En un comunicado posterior publicado en la red social X, la Junta de la Paz intentó calmar las alarmas israelíes reafirmando el objetivo: "El objetivo es claro y no está en duda: la inhabilitación completa de las armas en la Franja y la transición desde el dominio de las armas hacia la gobernanza civil. La retirada completa del Ejército israelí más allá de la línea amarilla tendrá lugar únicamente una vez que el desmantelamiento de las armas se haya completado, tal como Hamás se comprometió ante los mediadores".
No obstante, esa declaración generó una inmediata ola de preocupación entre las facciones palestinas y los negociadores árabes. Un alto funcionario palestino cercano a las conversaciones reveló a la agencia WAFA que existía un profundo malestar porque la declaración de la Junta "se centró exclusivamente en la cuestión del armamento, omitiendo cualquier referencia a los compromisos acordados sobre el cese inmediato de los bombardeos israelíes y el fin de los asesinatos selectivos".
La catástrofe humanitaria: el coste real sobre los civiles
Mientras las diplomacias internacionales debaten sobre conceptos, en el papel, la situación humanitaria dentro de Gaza ha alcanzado niveles sin precedentes de desesperación. El periodo transcurrido desde la firma del primer alto el fuego, en octubre de 2025, no ha traído la paz a los civiles, sino una lenta y desgastante sangría. Según los datos oficiales aportados por las autoridades sanitarias de la Franja, al menos 1.230 palestinos -en su inmensa mayoría civiles, incluidos cientos de niños y mujeres- han muerto como consecuencia de los ataques aéreos, artilleros y disparos israelíes desde octubre de 2025 hasta los primeros días de agosto de 2026.
En el mismo periodo, las autoridades militares israelíes han reportado la muerte de cuatro soldados en incidentes armados en el enclave.
El impacto sobre la infraestructura de salud es catastrófico. A la destrucción masiva de hospitales se suma un asedio persistente que impide la entrada de suministros vitales. En la primera semana de agosto de 2026, el Ministerio de Salud emitió un SOS que hace eco por el mundo: el 61% de los medicamentos esenciales para el tratamiento de enfermos de cáncer se han agotado por completo. Decenas de pacientes enfrentan una sentencia de muerte inevitable ante la imposibilidad de acceder a quimioterapias o diálisis o trasladarse al exterior para recibir esa atención médica vital.
A la escasez de fármacos se une el hacinamiento extremo. Más del 90% de los 2,2 millones de habitantes de Gaza sobreviven en campamentos de tiendas de campaña improvisadas situados en la zona costera de Al Mawasi y áreas circundantes, carentes de agua potable, red de alcantarillado o suministro eléctrico regular. Los bombardeos de esta semana destruyeron depósitos centrales de medicinas e inmuebles residenciales en Deir al-Balah y Ciudad de Gaza y, también, los pocos reductos de estabilidad que las familias habían logrado reconstruir en estos meses.
"Las conversaciones de Washington o las declaraciones de la Junta de Paz suenan a fantasía cuando uno vive bajo el ruido constante de los drones y los cazas. Aquí la gente no discute sobre la Fase Dos o el NCAG; la gente discute sobre cómo conseguir un trozo de pan o cómo evitar que sus hijos mueran en el próximo ataque aéreo", expone una fuente médica del Hospital al-Aqsa, Deir al-Balah a France 24.
El sufrimiento es tal desde el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás lanzó su cadena de atentados contra Israel y Tel Aviv replicó con un genocidio, que la llegada de estas promesas de avance, lógicamente, han sido felizmente acogidas por la comunidad internacional. Desde Naciones Unidas, su secretario general, António Guterres, calificó el anuncio del acuerdo de inhabilitación de armas como una de las pocas noticias positivas en un panorama regional sumido en la escalada. El socialista portugués subrayó que la renuncia de las facciones armadas a sus equipos militares y la retirada del ejército israelí son los dos pilares indispensables para evitar "un colapso definitivo del derecho internacional en Oriente Medio".
Por su parte, la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, también acogió con satisfacción los avances, pero advirtió de que la ejecución práctica enfrentará barreras colosales. "Muchas piezas tienen que encajar para que esto funcione", declaró Kallas a través de sus canales oficiales. "Verificar el cumplimiento real por parte de Hamás será un desafío colosal e Israel necesitará eventualmente retirar sus tropas de Gaza si se pretende lograr una estabilidad duradera", dijo.
Los países mediadores árabes -Egipto, Qatar y Turquía- hicieron frente común el 3 de agosto pasado mediante una declaración conjunta en la que condenaron la reanudación de los mortíferos bombardeos israelíes. Los tres Gobiernos recordaron que "la continuación de estas violaciones por parte de Israel constituye un incumplimiento de los acuerdos alcanzados y mina directamente los esfuerzos internacionales orientados a implementar la Segunda Fase de la Hoja de Ruta". A ellos se ha sumado el secretario general de la Liga Árabe, Nabil Fahmy, quien el lunes a Israel de "sabotear" el proceso.
Los pies de barro
En el fondo de la crisis subyace una ausencia absoluta de confianza entre las partes en conflicto, los pies de barro de este gigante de deseos, anhelos y necesidad que es la paz justa entre palestinos e israelíes, empezando por la herida Gaza. Hamás teme que si entrega o inhabilita sus armas pesadas, Israel incumplirá su promesa de retirada, mantendrá el control permanente de más del 70% del territorio y continuará con la eliminación sistemática de sus cuadros dirigentes. Tel Aviv, por su parte, está convencido de que el grupo armado utiliza las pausas diplomáticas y el lenguaje ambiguo de la diplomacia para rearmarse, reclutar nuevos combatientes en los campamentos de desplazados y reconstruir en secreto su red militar.
Como destacan los expertos del Atlantic Council -un tanque de pensamiento con sede en Washington-, los acuerdos de esta naturaleza en la región corren el peligro recurrente de convertirse en una lista de buenas intenciones frustradas: "Las declaraciones y los anuncios públicos son relativamente sencillos de escenificar; la implementación real, que requiere sincronización perfecta y verificación independiente, es inmensamente compleja. Sin un compromiso duradero y una presión constante de la Casa Blanca sobre el gobierno israelí, este plan corre el riesgo de sumarse a la larga lista de pactos fallidos".
Trump plantea el teatro como una victoria diplomática incontestable. Sin embargo, el proceso ha entrado en una fase sumamente peligrosa: la del "secuestro del tiempo" mediante la batalla por la secuenciación, exponen. El problema fundamental de la hoja de ruta es que exige un alto grado de simultaneidad entre dos acciones de enorme coste político y militar para cada bando: desmantelar, desocupar. Ante esa desconfianza mutua de partida, ambas partes han adoptado estrategias defensivas basadas en exigir que el rival dé el primer paso de forma completa e irreversible. No es prometedor.
Para Netanyahu, dilatar las negociaciones sobre los detalles técnicos del desarme resulta sumamente conveniente. Le permite mantener satisfechos a los socios más extremistas de su coalición, evitar el coste político de una retirada militar antes de las elecciones y continuar destruyendo la infraestructura de Gaza bajo el pretexto de la seguridad. Mientras pueda argumentar ante Trump que el desarme de Hamás no es "suficientemente genuino o absoluto", mantendrá las manos libres para prolongar el statu quo militar.
Para Hamás, por su parte, la aceptación del plan representa un cálculo pragmático de supervivencia. Busca detener la masacre de su población, aliviar la presión de sus aliados árabes y obligar a Washington a poner freno a las ambiciones anexionistas de la derecha israelí. Pero no -dice el informe elaborado por diez especialistas del Atlantic-, nunca renunciará al armamento ligero ni a su identidad como movimiento de resistencia armada mientras la ocupación militar de dos tercios de Gaza siga siendo una realidad sobre el terreno. Va contra natura. Puede, pues, negociar la creación de un Estado palestino y, si no se logra, reducir al menos el sufrimiento de Gaza, rendirse por completo o lanzar una última ofensiva, a lo mártir.
La efectividad del plan general no dependerá de las publicaciones entusiastas de los norteamericanos en redes sociales ni de los anuncios triunfales desde Camp David, sino de la voluntad real de la Administración estadounidense para aplicar una presión diplomática y política efectiva sobre el Gobierno de Netanyahu, que es lo que ahora toca. Si la Junta de Paz permite que Israel redefina unilateralmente las condiciones del acuerdo y mantenga los bombardeos diarios, la fase dos del proceso colapsará por completo.
Hace falta una visión política global que vincule la reconstrucción de Gaza y la desmilitarización con una vía creíble hacia la autodeterminación palestina y el fin de la ocupación. De lo contrario, el plan idílico corre el riesgo de convertirse en un mero ejercicio de gestión de la catástrofes eternizadas, dejando a la población de Gaza atrapada en un ciclo interminable de escombros, promesas rotas y bombas.