Irán en llamas: todos los motivos por los que clamar contra el poder de los ayatolás
La revolución fue un levantamiento general contra una monarquía autoritaria de la que los religiosos se apropiaron. Hasta hoy, han mandado con puño de hierro: no hay democracia, no hay derechos, no hay libertad. Hay represión, cárcel, exilio y muerte.
Las protestas por la crisis económica que vive Irán, iniciadas hace tres semanas, se han transformado con los días en masivas manifestaciones que van más allá, reclamando un cambio en el país. No hay derechos, no hay libertades, no hay democracia, pero sí hay represión, cárcel, exilio y muerte. Ahora, además, no se llega ni a fin de mes, así que el descontento se ha generalizado.
Los iraníes viven atrapados en un estado totalitario y teocrático, que no es el que deseaban cuando se comenzaron a levantar contra el viejo sha, Mohammad Reza Pahlevi, a partir de 1977. Su empeño por acabar con una monarquía autoritaria rompió en una revolución que lo mandó al exilio pero de la que se fueron adueñando los religiosos, alterando las agendas, las políticas y las apuestas.
Así, hasta hoy, han mantenido décadas de un poder sin límites, asfixiante, indeseado, denunciado por Naciones Unidas o por las principales organizaciones mundiales de defensa de los derechos humanos: ejecuciones, detenciones arbitrarias, juicios inexistentes o injustos, condenas disparatadas, cierre de medios de comunicación, control de la educación, elecciones limitadas...
De dónde viene el régimen religioso
Mohammad Reza Pahlavi reinó como monarca de Irán durante más de 37 años. Bajo su liderazgo, el país experimentó un período de occidentalización y crecimiento económico, también cierta corriente de orgullo nacional por el antiguo patrimonio y la historia preislámica. Hasta se llevaba bien con Israel y Estados Unidos. Las mujeres obtuvieron el derecho al voto en la década de 1960 y disfrutaron de derechos relativamente similares a los de los hombres. Famosas son esas fotos que corren por las redes sociales de minifaldas, tacones y estudiantes universitarias.
Sin embargo, a pesar de estas libertades sociales, el sha se enfrentó a críticas por su estilo autocrático y la falta de democracia. Por ejemplo, instauró un partido único llamado Rastajiz (Resurgimiento) y las rentas del petróleo (bastante lucrativas tras 1971 y la crisis del petróleo), fueron invertidas casi exclusivamente en defensa, no en el bienestar de su pueblo. La oposición y disidencia fue duramente reprimida, sofocada con uno de los servicios secretos más implacables y poderosos del mundo, el SAVAK, la policía secreta que llegó a tener unos 15.000 agentes.
El clero musulmán chiita, en particular, lo acusaba con frecuencia de socavar los valores islámicos, mientras que los grupos de izquierda, influidos por la entonces Unión Soviética, que hacía frontera con Irán por el norte, reclamaban una mayor igualdad dentro del país.
Hasta mediados de 1978, pocos podían imaginar una revolución capaz de alterar profundamente Irán, pero cuando llegó, englobó a intelectuales de izquierda, nacionalistas, laicistas e islamistas. A medida que avanzaba el año, los manifestantes contrarios al sha planteaban cada vez más sus reivindicaciones en términos religiosos.
A finales de ese año, la retórica islamista era la que predominaba en las calles. Entrado 1979, el sha fue derrocado en una revolución en toda regla y nació la nueva República Islámica de Irán, la que hoy conocemos. La élite religiosa se hizo con el poder.
Fue el ayatolá Ruhollah Jomeini, el líder de la revolución, quien acabó mandando, aunando a todos los opositores, pero con el tiempo, también, llevó el curso del río donde quiso, impulsando una nueva visión del mundo que defendía predominantemente el Islam y cargaba contra quien lo viera de otra manera a base de detenciones y ejecuciones. Millones de personas le veneraban como una figura sagrada que luchaba por transformar Irán en la prometida sociedad islámica descrita en el libro sagrado del Corán.
Cuando murió, en 1989, fue Ali Jamenei quien ocupó, contra pronóstico, su lugar. A sus 86 años, ni muestra clemencia con los opositores ni tiene relevo elegido, lo que sumado a la contestación actual, cada vez más frecuente en los últimos 15 años, lo deja en una posición de debilidad.
Un sistema blindado
En Irán, en estos casi 47 años desde la revolución, las esperanzas de libertad han quedado pisoteadas. Cambió un poder absoluto por otro, de otra naturaleza, con otros líderes, y son los iraníes los que siguen sometidos. Revueltas y levantamientos ha habido muchos, pero siempre han sido silenciados a base de sangre y tampoco es que la comunidad internacional haya hecho mucho por ayudarles.
Viven sometidos por un sistema sin escapatoria.
- Líder Supremo: El ayatolá Alí Jamenei es el actual mandatario y la figura más poderosa de Irán. Tiene la autoridad final sobre todas las políticas importantes, incluyendo la política exterior y las fuerzas armadas. Su designación no proviene de una elección popular directa, sino de la Asamblea de Expertos, un consejo de clérigos.
- Control de las elecciones: Aunque existen un presidente (actualmente Masoud Pezeshkian, un reformista) y un parlamento electos, el Consejo de Guardianes, cuyos miembros son directa o indirectamente designados por el líder supremo, tiene el poder de vetar candidatos y leyes que considere contrarias a la ideología de la República Islámica. Esto limita severamente la competencia política real.
- Represión de la oposición: Las oposiciones más significativas han sido brutalmente reducidas y no se les permite consolidarse, lo que es característico de los regímenes dictatoriales. La mayoría de los disidentes acaban abandonando la lucha, encerrados en la cárcel o, peor, ejecutados, o bien en el exilio.
- Fuerzas Armadas: Además del Ejército, Irán cuanta con la Guardia Revolucionaria, una poderosa organización político-militar, reportan directamente a Jamenei y que controla una parte significativa de la economía e infraestructura del país. También actúa con contundencia la llamada Policía de la Moral, que revisa sobre todo que se vista como los clérigos quieren, que no se bebe alcohol o no se escuche música prohibida.
Todo lo que falla
Año tras año, los informes de entidades como Human Rights Watch y Amnistía Internacional recuerdan que no hay reformas ni cambios en Irán. La represión de estas protestas, que ya supera los 2.500 muertos según ONG independientes, lo constata. En el dossier anual de la primera de las organizaciones se explica que, pese a la llegada de un reformista al poder, las autoridades iraníes sigue "reprimiendo toda forma de disidencia pacífica y protesta política".
Esa represión se dirigió "contra defensoras de los derechos humanos, miembros de minorías étnicas y religiosas, y familiares de algunas de las personas detenidas o asesinadas en las protestas antigubernamentales de 2022. Además, se registró un alarmante aumento de las ejecuciones", expone.
Estas son sus principales conclusiones:
- Irán sigue siendo uno de los cinco principales practicantes de la pena de muerte en el mundo, aplicándola a individuos condenados por crímenes cometidos cuando eran niños, en casos de personas acusadas de vagos cargos relacionados con la seguridad nacional, y en ocasiones la ha utilizado para delitos no violentos. A septiembre de 2025, llevaba más de mil ejecutados en el año, dice Amnistía. Se teme que ese sea ell futuro de parte de los casi 17.000 arrestados de estos días.
- Se siguen restringiendo severamente las libertades de reunión y expresión. En 2024, las fuerzas de seguridad arrestaron a decenas de activistas , abogados y estudiantes . Las autoridades también atacaron abiertamente a los familiares de las personas asesinadas o ejecutadas durante las protestas de 2022 que exigían justicia por las violaciones cometidas contra sus seres queridos.
- "El impacto acumulativo de décadas de represión sistemática ejercida por las autoridades contra los bahá'ís es una privación intencional y grave de sus derechos fundamentales y constituye un crimen de lesa humanidad de persecución", dice HRW. Decenas de bahá'ís fueron arrestados , juzgados y condenados a prisión por cargos como "propaganda contra el Estado" y "participación en la realización de propaganda engañosa y actividades educativas contrarias a las leyes sagradas del Islam". Human Rights Watch documentó la violación, tortura y agresión sexual de hombres como mujeres de regiones de minorías kurdas, baluchis y azeríes.
- Las autoridades iraníes han intensificado sus esfuerzos para hacer cumplir la legislación sobre el hiyab obligatorio. Han procesado a mujeres y niñas, incluidas celebridades, por no llevarlo en público; han emitido multas de tráfico a pasajeros sin hiyab; y han cerrado negocios que no cumplen con la legislación sobre el hiyab.
- Decenas de defensores de derechos humanos, muchos de ellos mujeres, permanecen en prisión mientras las autoridades continúan hostigando, deteniendo y procesando a quienes exigen justicia y rendición de cuentas. Las autoridades iraníes han intensificado la represión contra las mujeres activistas y defensoras de derechos humanos, empleando medidas más severas e imponiendo sentencias severas para reprimir la disidencia y silenciar las voces de la oposición.
- Los tribunales iraníes, y en particular los tribunales revolucionarios, suelen incumplir las garantías procesales y utilizan como prueba confesiones obtenidas probablemente mediante tortura. Las autoridades no han investigado exhaustivamente las numerosas denuncias de violación y tortura contra detenidos y restringen sistemáticamente su acceso a asistencia letrada, especialmente durante el período inicial de investigación.
- Según la legislación iraní, las relaciones homosexuales se castigan con la flagelación y, en el caso de los hombres, con la pena de muerte. Si bien Irán permite y subvenciona la cirugía de reasignación de sexo para personas transgénero, ninguna ley prohíbe la discriminación contra ellas.