La única alternativa al Estrecho de Ormuz solo puede transportar un tercio del petróleo bloqueado: faltan 10 millones de barriles diarios que no tienen sustituto
Hay dos opciones pero ninguna garantiza -por mucho- el abastecimiento de Ormuz.
La principal arteria energética del planeta ya no es un estrecho marítimo, sino una larga cicatriz de acero que atraviesa desiertos y montañas. En medio de la actual crisis en el Golfo, dos grandes oleoductos se han convertido en el último salvavidas para el suministro global de petróleo. Sin embargo, su capacidad dista mucho de cubrir el vacío que ha dejado el bloqueo del Estrecho de Ormuz.
A lo largo de casi 1.200 kilómetros, el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí —conocido como Petroline— recorre el país desde los yacimientos del Golfo Pérsico hasta la costa del mar Rojo. En su trayecto cruza desiertos abrasadores, formaciones rocosas como las montañas Tuwaiq y zonas urbanas como Riad, antes de desembocar en el puerto de Yanbu. Por esta infraestructura, formada por dos tuberías de gran diámetro, circulan millones de barriles diarios que hoy resultan más valiosos que nunca.
Diseñado para transportar hasta siete millones de barriles al día, este sistema representa por sí solo cerca del 7% del consumo mundial. Junto a él, existe una segunda vía: el oleoducto de Abu Dabi (ADCOP), que conecta los campos de Habshan con el puerto de Fujairah, fuera del alcance directo del estrecho controlado por Irán. Este conducto, mucho más corto —unos 400 kilómetros—, puede mover hasta 1,8 millones de barriles diarios.
Un parche insuficiente
Ambas infraestructuras fueron concebidas precisamente para escenarios de crisis como el actual, aunque durante años su importancia estratégica se mantuvo en segundo plano. Hoy, en cambio, funcionan al límite. El cierre de facto del Estrecho de Ormuz —por donde normalmente transita entre el 15% y el 20% del petróleo mundial— ha obligado a exprimir al máximo estas rutas terrestres.
El problema es que no basta. Incluso operando a plena capacidad, estos oleoductos solo pueden desviar una parte del flujo habitual. Según estimaciones del sector, apenas logran sustituir un tercio del petróleo que antes cruzaba el estrecho. En términos absolutos, eso deja un agujero de unos 10 millones de barriles diarios que no tienen una alternativa clara en el corto plazo.
El impacto es global. Desde el transporte aéreo hasta la industria química, pasando por la fabricación de productos cotidianos, prácticamente todos los sectores dependen de ese suministro. Y, por supuesto, también las economías del Golfo, que ven cómo el encarecimiento del crudo dispara sus ingresos en un mercado extremadamente volátil.
Rutas bajo presión
La actividad en los puertos conectados a estos oleoductos se ha intensificado de forma notable. En Yanbu, en la costa saudí, el tráfico de superpetroleros se ha multiplicado. Se espera la llegada de decenas de grandes buques capaces de cargar hasta dos millones de barriles cada uno, muy por encima del ritmo habitual.
Algo similar ocurre en Fujairah, donde el volumen de crudo exportado se ha disparado en cuestión de días. Las cifras reflejan un esfuerzo logístico extraordinario para compensar el cierre del paso marítimo, pero también evidencian los límites físicos del sistema. Las tuberías no pueden transportar más allá de su capacidad, y ya están cerca de alcanzarla.
Para maximizar el flujo, los operadores recurren incluso a técnicas como la inyección de aditivos químicos que reducen la fricción del petróleo en el interior de los conductos. Aun así, el margen adicional es mínimo.
Infraestructuras vulnerables
A esta limitación estructural se suma otro problema: la seguridad. Estas rutas alternativas no están exentas de riesgos. De hecho, ya han sido objetivo de ataques en el pasado. El oleoducto saudí fue golpeado en 2019 por drones de los rebeldes hutíes, alineados con Irán. Y el acceso al mar Rojo implica atravesar el estrecho de Bab al-Mandab, otra zona caliente donde se han registrado ataques a buques.
El sistema emiratí tampoco está a salvo. Las instalaciones en Fujairah han sufrido incidentes recientes, lo que demuestra que incluso estas vías consideradas “seguras” pueden verse interrumpidas en cualquier momento.
En este contexto, la conclusión es clara: no existe una alternativa real capaz de reemplazar al Estrecho de Ormuz. Los oleoductos actuales son esenciales para evitar un colapso inmediato del suministro, pero su capacidad es limitada y su vulnerabilidad evidente.
Mientras la crisis continúe, el mundo seguirá enfrentándose a un déficit energético difícil de cubrir. Diez millones de barriles diarios siguen sin tener sustituto, y eso convierte cada kilómetro de tubería en una pieza crítica de la estabilidad económica global.