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Los expertos militares coinciden: China no necesita derrotar a la armada de EEUU en combate, solo necesita que tarde en llegar para que el conflicto ya esté decidido

Los expertos militares coinciden: China no necesita derrotar a la armada de EEUU en combate, solo necesita que tarde en llegar para que el conflicto ya esté decidido

Pekín tiene una estrategia muy concreta y que podría someter duramente o infringir una derrota importante a Washington. 

Portaaviones estadounidense Gerald Ford llegando a tierra
Portaaviones estadounidense Gerald Ford llegando a tierraAnadolu via Getty Images

Durante años, el debate sobre el equilibrio naval entre Estados Unidos y China se ha centrado en cifras: número de buques, tonelaje, capacidad tecnológica. Pero cada vez más expertos coinciden en que esa comparación puede ser engañosa. 

En un hipotético conflicto en el Pacífico, la clave no sería quién tiene la mejor flota, sino quién logra imponer los tiempos. Y ahí, China podría tener ventaja.

La guerra que se decide antes de empezar

Hoy por hoy, China cuenta con la mayor armada del mundo en número de barcos. Aun así, el consenso tradicional en círculos militares occidentales ha sido que la Armada de Estados Unidos seguiría siendo superior en combate real gracias a su experiencia, tecnología e integración operativa. Sin embargo, ese supuesto empieza a resquebrajarse.

El analista Andrew Latham, en un artículo para el portal especializado 19FortyFive, plantea un escenario distinto: el desenlace de una crisis podría decidirse antes siquiera de que Estados Unidos logre desplegar toda su capacidad en la zona.

La idea es simple, pero inquietante: no hace falta derrotar a la flota estadounidense si se consigue que llegue tarde o en condiciones desfavorables. Un sistema pensado para mantener a distancia.

La estrategia de Pekín

El núcleo del planteamiento chino gira en torno a lo que se conoce como estrategia de negación de acceso, o A2/AD (por sus siglas en inglés). No busca tanto destruir al enemigo como impedirle operar con normalidad.

En la práctica, se trata de levantar una especie de "burbuja defensiva" en torno a áreas consideradas estratégicas —como el entorno de Taiwán o el mar de China Meridional—.

Ese sistema combina varios elementos:

  • Redes de vigilancia avanzadas: sensores, satélites y sistemas de seguimiento capaces de detectar movimientos enemigos a gran distancia. A esto se suma el desarrollo de redes submarinas para monitorizar el tránsito naval.
  • Misiles de largo alcance: tanto antibuque como de crucero, diseñados para golpear objetivos antes de que entren en la zona de combate.
  • Presencia naval constante: una flota cada vez más numerosa que refuerza el control del área.
  • Milicias marítimas: embarcaciones civiles —muchas de ellas pesqueros— que pueden actuar como fuerza de bloqueo o apoyo logístico.

El resultado es un entorno cada vez más hostil para cualquier fuerza que intente acercarse.

El factor tiempo lo cambia todo

La clave del análisis de Latham no está tanto en la potencia de fuego como en la secuencia de los acontecimientos. Si Estados Unidos tarda en reaccionar o en desplegar sus fuerzas, China podría consolidar su posición antes de que el equilibrio militar entre realmente en juego.

"Si las fuerzas estadounidenses no pueden operar con plena eficacia desde el primer momento, el resultado político podría quedar decidido de antemano", viene a plantear el experto. Es un cambio de paradigma: la guerra no se ganaría necesariamente en una gran batalla naval, sino en las primeras fases de la crisis.

La respuesta de Estados Unidos

Consciente de este desafío, Estados Unidos lleva años adaptando su estrategia. La Armada de Estados Unidos está apostando por un modelo más flexible y difícil de neutralizar.

Entre los cambios más relevantes:

  • Operaciones distribuidas: en lugar de grandes formaciones navales, unidades más pequeñas y dispersas.
  • Mayor protagonismo de submarinos: más difíciles de detectar y clave en escenarios de alta amenaza.
  • Ataque a sistemas de detección: priorizar la neutralización de los sensores enemigos para “cegar” su capacidad de respuesta.

El objetivo es claro: seguir siendo letales, pero reduciendo la vulnerabilidad frente a un sistema diseñado precisamente para detectar y destruir grandes agrupaciones.

¿Es suficiente?

Aquí es donde surgen las dudas. Según Latham, el problema no es tanto si Estados Unidos dispone de estas capacidades, sino cómo responderían bajo presión real.

La cuestión clave es si la Armada estadounidense podría mantenerse operativa dentro de esa "burbuja" defensiva el tiempo suficiente como para cambiar el curso de los acontecimientos. Porque en ese escenario, resistir es tan importante como atacar.

Ventajas, pero también incógnitas

A pesar de todo, Estados Unidos sigue contando con bazas importantes. Su experiencia en conflictos reales, su superioridad en guerra submarina y su capacidad de integración entre fuerzas siguen siendo referencias globales.

China, por su parte, todavía está desarrollando muchos de los elementos de su sistema. No está claro hasta qué punto podría sostener una estrategia prolongada ni cómo respondería ante contramedidas complejas. En otras palabras, el equilibrio aún no está decidido.

Una nueva forma de medir el poder

Lo que sí parece evidente es que la lógica tradicional está cambiando. Ya no basta con tener más o mejores barcos. La velocidad de reacción, la capacidad de negar el acceso y el control del entorno inmediato pueden ser factores decisivos.

En ese contexto, la pregunta deja de ser quién ganaría una batalla naval clásica. La verdadera incógnita es si esa batalla llegaría siquiera a producirse.

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