Donald Trump: 365 días que estremecieron, agotaron e indignaron al mundo
El presidente norteamericano, en su retorno a la Casa Blanca, no sólo ha venido a revertir políticas demócratas, sino también reglas, equilibrios y límites que parecían claros. Lejos de levantar el pie, esprinta ante las elecciones parciales de este año.

Este martes, 20 de enero, se cumple un año de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Un segundo mandato al que el republicano llegaba tras hundir en la miseria a su contrincante demócrata, Kamala Harris, con el aval de más de 77 millones de votos. Su promesa: aplicar un cambio radical en la potencia más poderosa del planeta en su segundo mandato. 365 días después, gobierna como si tuviera el mandato de revertir no sólo las políticas woke de sus adversarios, sino también reglas, equilibrios y límites que se creían estables, claros, a salvo.
Con el magnate neoyorquino no hay convenciones ni lealtades, no hay pasado sino presente, no hay diplomacia, sino negocios. Se suele hablar de su asertividad, pero va mucho más allá de eso: ha abandonado el poder blando de EEUU en el mundo por la brutalidad, ha mostrado un desprecio manifiesto por los derechos democráticos básicos de su propio pueblo (de la soberanía de otros países ya no hablamos), está erosionando las instituciones nacionales y enemistándose con aliados históricos. Eso sí, todo le está saliendo bien, por ahora, y de eso se vanagloria.
¿Que rompe con el bloque atlantista, que ningunea a las instituciones internacionales, que cae en el autoritarismo y tiene el 95 de sus decisiones políticas recurridas en los tribunales, que viola el derecho internacional? Da igual. El fin justifica los medios, y ese fin es un poder desconocido hasta ahora en el país, hasta el punto de que ha habido manifestaciones masivas que le recuerdan que no es un rey ni monarquía hay en la Tierra de la Libertad.
La idea central que atraviesa este año es doble: una represión severa donde pueda mostrar resultados mensurables (como las fronteras o los intereses en Venezuela) y, al mismo tiempo, una concentración de poder en el Despacho Oval que todo lo puede, asfixiante, que evidencia a golpe de poderes de emergencia y decretos ante los que nada se puede alegar. Y eso ha llevado al país a una crisis de liderazgo, respeto y empatía desconocida. Oderint dum metuant, o sea, "que me odien con tal de que me teman", que diría Calígula. El caso es sacar tajada.
En El HuffPost hacemos repaso a sus grandes apuestas, esas que desde el minuto uno nos han estremecido, agotado e indignado, para saber si está logrando su meta de revolución y mejoras, para hacer grande a América (sic) de nuevo.
Inmigración: el resultado más tangible
La inmigración fue el eje central de su campaña. A medida que la inmigración ilegal aumentaba bajo el mandato del expresidente Joe Biden, Trump aprovechó la ansiedad que sentían los votantes porque la frontera parecía más porosa que nunca.
En la práctica, el Gobierno republicano ha intensificado la represión contra las personas indocumentadas, pero es que ha ido más allá, atacando no sólo la entrada ilegal, sino también la legal. Mediante una orden ejecutiva, restringió drásticamente el acceso al asilo para quienes ingresaban sin permiso, pese a que hablamos de un derecho internacional fundamental, reconocido en tratados clave como la Declaración Universal de Derechos Humanos (artículo 14) y la Convención de Ginebra de 1951, que protege a las personas que huyen de la persecución y garantiza el principio de no devolución, prohibiendo expulsarlas a lugares donde su vida o libertad estén en peligro.
Al mismo tiempo, Trump ha presionado severamente a México, su vecino del sur, para que frenara los flujos antes de que llegaran a la frontera. El resultado ha sido "espectacular", en sus palabras: menos de 10.000 cruces ilegales al mes en la frontera suroeste, niveles que recuerdan a otras épocas. El bloqueo total de procedimientos y citas ha sido más efectivo, incluso, que el famoso muro con el que se coronó en las elecciones de 2016. Son datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP), que denomina "encuentros" a la localización de migrantes en la frontera sur. En septiembre de 2024, antes del inicio de la campaña electoral, se contabilizaban 101.790.
Sin embargo, en cuanto a las deportaciones, la meta no se ha cumplido. Se estima que llegarán a 600.000 este año, por debajo del millón prometido. Y a pesar de la retórica sobre "lo peor de lo peor", los datos muestran que muchos de los arrestados en operativos de alto perfil no tenían antecedentes penales.
La Administración Trump también ha desplegado agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para arrestar a tantos inmigrantes indocumentados como sea posible, batiendo récords en el proceso, dice el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Se estima que 1,9 millones de inmigrantes ilegales también se han deportado voluntariamente, aunque es hasta ofensivo usar esa palabra cuando se tiene enfrente la presión actual: detenciones arbitrarias, violencia policial y vistas de asilo convertidas en encerronas. Pese a las denuncias al ICE, Trump se niega a replegar efectivos y va a más la toma de ciudades, especialmente gobernadas -casualidad- por demócratas.
Su gabinete ha estado aterrorizando a ciudadanos estadounidenses no blancos y hay que ver ahora si paga algún precio en las urnas, en las elecciones intermedias del Congreso de este 2026, o si su mano dura gusta a los electores.
El marco general también se endureció institucionalmente este año, con dos leyes aumentaron la detención de inmigrantes bajo ciertas condiciones y triplicaron el presupuesto del ICE. Al mismo tiempo, el Gobierno recortó el programa de refugiados a su nivel más bajo en la historia, mantuvo cupos limitados para africanos blancos de Sudáfrica (dijo falsamente que se enfrentan a un "genocidio") y endureció el proceso de residencia permanente para los países cubiertos por la prohibición de viajes.
Gobierno federal: demolición y purgas
Este año también ha venido marcado por una especie de vaciamiento de los estamentos públicos y los servicios prestados a los ciudadanos. Como en el caso de la inmigración, en realidad nadie puede llamarse a engaño, porque el republicano está haciendo exactamente lo que dijo que quería hacer: acometer la demolición del Estado profundo.
La implementación de ese plan comenzó con purgas en el Departamento de Justicia y el Buró Federal de Investigaciones (FBI). Se llevaron a cabo destituciones masivas de funcionarios vinculados a casos en su contra, mientras que el director actual del FBI, Cash Patel, redirigió recursos federales hacia la detención de inmigrantes ilegales y restringió otras áreas, como la corrupción pública. Manga ancha para los míos, persecución para los que me han perseguido, esa es la dinámica.
Bajo el nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental de Elon Musk (que acabó dejando el Gobierno a los cuatro meses de la jura de Trump), la Administración norteamericana ha realizado recortes, ha congelado subvenciones y ha desmantelado unilateralmente agencias creadas por el Congreso, como USAID, dedicada a la cooperación internacional, y el Departamento de Educación.
En materia de recursos humanos, la Oficina de Administración de Personal (OPM) estima que se han producido 317.000 salidas de empleados este año, en comparación con 68.000 contrataciones (apenas un 21%). "Esos empleos no son necesarios", dijo Trump a los periodistas. "No se pueden tener empleos en el Gobierno. Hay que tener empleos en el sector privado".
Se reforzó la aplicación de las leyes migratorias, pero, según datos oficiales difundidos por el Partido Demócrata, se debilitaron en paralelo funciones públicas como la salud, la gestión de desastres y la investigación del cáncer. Al mismo tiempo, Trump socavó los mecanismos de control al depurar a los inspectores generales independientes que supervisaban el despilfarro y el abuso.
El eterno problema de los costos de la atención médica también está minando las cuentas bancarias de los estadounidenses y se ha convertido rápidamente en uno de los mayores problemas sociales. Las primas se han disparado y se espera que sigan aumentando aún más, a menos que el Congreso logre un avance para extender los subsidios federales del Obamacare, recuerda la CBC. Trump ha prestado poca atención al tema. Es famoso que, durante un debate presidencial en 2024, bromeara diciendo que tiene "conceptos de un plan", conceptos que aún no se han revelado.
Ahora, eso sí, para tirar media Casa Blanca e instalar un salón de baile como el que tiene en su casa floridense de Mar-a-Lago, para eso sí parece haber dólares.

Un importante cacao económico
En el plano comercial, Trump ha tomado decisiones de enorme impacto, dentro y fuera de su país, como los castigos arancelarios, una guerra comercial en toda regla que ha causado y causa incertidumbre en un sistema que ya viene debilitado por las sucesivas crisis económicas, del coronavirus a la invasión rusa de Ucrania. Su visión de los mercados es puramente transaccional, como ha quedado claro en este año, y busca beneficios para EEUU en función de lo que cada país le puede ofrecer. Lo quiere al mejor precio, en las mejores condiciones, y para eso emplea las tasas, para forzar.
Su salto más drástico en materia comercial ha sido la imposición de aranceles del 25 % a Canadá y México, del 20 % a China y, posteriormente, una oleada de tasas a docenas de socios, con pausas y reinicios que aumentaron la angustia en los mercados y en los ciudadanos. La tasa arancelaria efectiva de EEUU superó en estos meses el 18 %, la más alta desde 1934. Pekín respondió con restricciones a los minerales y suspendiendo las compras de soja estadounidense hasta que se alcance una tregua y se conceda un rescate agrícola. Ahora el miedo en Europa es a que se añada un extra de impuestos, como enfado por la protección que se está haciendo de Groenlandia, el capricho eterno de Trump en el Ártico.
La promesa de reindustrialización del país no se cumplió en este año. El sector manufacturero ha seguido perdiendo empleos, más de 50.000 desde que Trump asumió el cargo. Las empresas se apresuraron a importar antes de la entrada en vigor de los aranceles, acumularon inventarios y ahora están empezando a trasladar los aumentos a los consumidores a medida que estos disminuyen.
Pero lo que más pesas es la inflación, que fue precisamente un elemento clave en la derrota de Harris, por la herencia de Biden. Trump prometió controlar la inflación desde el primer día, una meta ambiciosa que nunca ha logrado. Ahora, está pagando las consecuencias de la crisis del costo de vida, ya que los votantes están descontentos con su gestión económica y eso se traduce en una valoración general de popularidad muy por debajo de la que 12 meses atrás, cuando todo eran promesas.
Si la inflación era del 3% cuando Biden se fue, ahora es del 2,7, pero ha tenido picos de ese mismo 3% (en septiembre, por ejemplo), por lo que el llamado "problema de asequibilidad" persiste. Así que, en líneas generales, precios son más altos que el año pasado, a pesar de la retórica de la Casa Blanca sobre la gasolina cercana a los tres dólares por galón. Populismo. En alimentos y productos básicos, no se observa el alivio que esperaban los votantes.
El Gobierno ha comenzado a reducir los aranceles sobre productos como el café, el plátano, la carne de res y los tomates. Sin embargo, la economía continuó funcionando hasta finales de septiembre, lo que demuestra que los aranceles no frenaron el crecimiento como muchos temían. Trump está presionando a la Reserva Federal para recortar las tasas de interés (algo que está logrando tras muchos meses de presión), pero las hipotecas siguen siendo altas. Por cierto, en la Fed se da otro episodio de persecución a quien piensa distinto, en este caso su presidente, Jerome Powell, que afronta una investigación federal relacionada con su testimonio ante el Congreso, el pasado junio, sobre la renovación multimillonaria de la sede del banco central. Un enemigo en apuros.
Encuestas recientes como la elaborada por Reuters sugieren que aproximadamente dos tercios de los estadounidenses encuestados desaprueban la gestión de la economía por parte de Trump. En general, su popularidad está en un 38%, nueve puntos por debajo de enero del 2025.
El déficit comercial de 2025 sigue siendo mayor que el del año anterior y la Corte Suprema parece recelosa de utilizar poderes extraordinarios para imponer aranceles, informa Associated Press.
Los últimos datos de desempleo, publicados a mediados de diciembre, muestran que la economía creó 64.000 puestos de trabajo en noviembre. Muchos expertos, como los del Institute for Business in Global Society de la Universidad de Harvard, afirman que las medidas comerciales de Trump han perjudicado a los consumidores y las empresas estadounidenses al aumentar los precios.
Expresamente, dijo que se iban a "disparar" los empleos en el país por los nuevos aranceles y su postura proteccionista, pero en este centro sostienen, de hecho, que la economía estadounidense perdió más de 100.000 empleos en octubre, muchos de ellos en el sector manufacturero, uno de los que se quería proteger.
¿Y qué pasa con los impuestos? El partido de Trump aprobó un proyecto de ley brutal, One Big Beautiful Bill, una legislación ómnibus que recorta impuestos y programas federales de salud mientras desmantela iniciativas amigables con el clima.
La idea de Trump es que esta iniciativa prorrogue los recortes presupuestarios a las empresas que impulsó en su primer mandato e incluya otros nuevos; implemente requisitos para acceder a programas sociales y a créditos estudiantiles; retire incentivos a inversiones que promuevan la lucha contra el cambio climático y destine multimillonarios fondos a la seguridad fronteriza. Una ambiciosa agenda que, según la no partidista Oficina Presupuestaria del Congreso, aumentaría la deuda del país en 2,4 billones de dólares en la próxima década, una deuda que ya supera los 36 billones de dólares.
Según dijo en junio Claudio Loser, exdirector del Fondo Monetario Internacional para el Hemisferio Occidental, la peor consecuencia del "gran y hermoso" proyecto de ley es, precisamente, la profundización de esta deuda, pues "a pesar de que Estados Unidos se puede dar el lujo de tener un déficit más grande que otros países, porque tiene el dólar, lo que (esta ley) hace es debilitar el dólar, lo cual incluso puede impactar la economía mundial".

Ordeno y mando
No sólo importa lo que hace Trump, sino cómo lo hace. "La presidencia se ha vuelto descontrolada", dice la historiadora Joanne B. Freeman, profesora de la Universidad de Yale, a AP. Es algo "que no habíamos visto antes de esta manera". ¿Por qué? Porque el mandatario ha emitido más órdenes ejecutivas en el primer año de su presidencia que cualquiera de sus predecesores recientes, según datos federales, una manera de gobernar que deja de lado el consenso y el filtro parlamentario.
En su primer día en el cargo, el presidente firmó una serie de ellos, retirándose de la Organización Mundial de la Salud y de los acuerdos climáticos de París, e incluso rescindiendo el derecho de ciudadanía por nacimiento, que muchos expertos en derecho consideran un derecho protegido constitucionalmente.
Desde entonces, no ha parado de usar la pluma presidencial. Se ha enfrentado a Canadá y México con aranceles onerosos, utilizando para ello autoridades constitucionalmente cuestionables. Ha restablecido la pena de muerte federal o recientemente ha ampliado su llamada "prohibición musulmana" al limitar los viajes desde casi el 20% de los países del mundo, en un intento por erradicar a la gente de lo que él llama "países del tercer mundo".
Hasta diciembre, Trump había firmado un asombroso número de 220 órdenes de ese tipo, cifra que eclipsa fácilmente la que produjo en su primer mandato. Y a Trump le gustan las órdenes ejecutivas porque no necesitan pasar por el Congreso. Simplemente puede escribir en un papel: "Eso ya no está en vigor", incluso si es inconstitucional. No es solo que tenga una agenda expansiva, es una señal de ilegalidad.
Trump ha optado, a su vez, por una instrumentalización abierta del Departamento de Justicia: órdenes directas para investigaciones y enjuiciamientos, con Pam Bodie abandonando la tradición independentista posterior al Watergate. Casos como los de James B. Comey y Leticia James avanzaron con agresividad, pero tropezando con cuestiones procesales y continuaron como un mensaje político.
En cuanto a las políticas de igualdad, el Gobierno intenta convertir la "diversidad" en un tabú, recortando fondos, restringiendo el acceso a las escuelas, controlando bibliotecas, atacando a corporaciones y bufetes de abogados, restringiendo la enseñanza en torno al racismo y las cuestiones trans, reinstaurando símbolos confederados y modificando documentos estatales para que reflejen el sexo biológico. Probablemente no estemos hablando solo de una “guerra contra la cultura progresista”, sino de una desviación de los principios centrales de la Ley de Derechos Civiles de 1964.
El magnate no parece inmutarse ante las posibles consecuencias de sus extralimitaciones. Aunque no siempre cumple, parece decidido a redoblar y triplicar sus esfuerzos siempre que sea posible. "Ahora mismo me siento bastante bien", dice, incluso con las protestas por su autoritarismo en la calle.

Drogas, guerras y Ejército en casa...
En la "guerra contra los cárteles", Trump ha recurrido a una escalada sin precedentes: califica a los cárteles de "terrorismo". Y eso se ha llevado por delante muchas explicaciones en el Congreso, muchos derechos, muchas explicaciones.
Los gestos más vistosos han sido los ataques militares contra buques sospechosos en aguas internacionales, con 29 ataques y 105 muertes desde el 2 de septiembre, en el Caribe y en el Pacífico. Expertos legales en Estados Unidos rechazan el argumento del "conflicto armado" con los narcos. La contradicción se agrava cuando hasta se fuerza un cambio de liderazgo en Venezuela, arrestando a Nicolás Maduro y a su esposa. Un precedente que puede alentar más a otros totalitarios del mundo.
En el extranjero, ayudó a lograr un alto el fuego en Gaza, pero no cumplió la promesa de "paz en 24 horas" en Ucrania. Al mismo tiempo, ha invocado la mediación en muchos frentes, con resultados inestables o parciales. Y en la acción más explosiva, dio luz verde a un ataque contra instalaciones nucleares iraníes y luego anunció un alto el fuego, lo que generó temores de una ignición generalizada.
En el ámbito nacional, puso a prueba los límites: tropas en la frontera con un truco legal que les otorgó un rol de arresto, despliegue de la Guardia Nacional y la Infantería de Marina en Los Ángeles sin el consentimiento del gobernador, movimientos de poder en Washington y otros lugares. Los tribunales han frenado algunos despliegues, pero el precedente… La “normalización” de la presencia de tropas en las calles ya está establecida.
... y fuera diplomacia
Finalmente, en materia exterior, Trump ha decidido ampliar el papel de EEUU en asuntos complejos, lo que parece alejarse de la política de "Estados Unidos primero" que prometió durante la campaña electoral e impone, además, una mirada trumpista sobre la diplomacia. Dijo que su éxito sería no entrar en más guerras y prevenirlas, y las está fomentando él mismo, con un militarismo al alza. Además, con el peligro de afirmar que el derecho internacional no le importa, porque su único límite es su "propia moralidad", como dijo la semana pasada en una entrevista con The New York Times.
Ninguna acción fue más significativa que la operación militar estadounidense a principios de este mes para expulsar del país al presidente venezolano Maduro. En los meses previos al ataque, Trump insistió con frecuencia en que atacaba al chavista por su papel en el narcotráfico. Rápidamente, ha recurrido a presentar la medida como una oportunidad económica para Estados Unidos.
Trump ha dicho que Estados Unidos comenzará a controlar la venta de parte del petróleo venezolano y declaró que la nación sudamericana será gobernada desde Washington. Incluso publicó un meme en el que se declara "presidente interino de Venezuela".
También ha amenazado a los líderes de Cuba e Irán, insistiendo en que Estados Unidos controlará Groenlandia " de una forma u otra ", una postura que ha suscitado dudas sobre las relaciones de Estados Unidos con sus aliados europeos. Groenlandia pertenece a Dinamarca, miembro de la OTAN. "La OTAN se vuelve mucho más formidable y eficaz con Groenlandia en manos de Estados Unidos", escribió en redes sociales el miércoles pasado. "Cualquier cosa menos que eso es inaceptable".
Eso es lo que queda en el 26, parece, un recrudecimiento de lo vivido en este año. El control de Venezuela, el ansia por el Ártico, nuevos aranceles a socios europeos y más agentes enmascarados del ICE por las calles de EEUU. No importa si lleva a un atolladero exterior o si debilita su propio sistema financiero. La duda es si esta enorme transformación es reversible o, tras los cuatro años de esta temporada dos, EEUU y el mundo ya nunca serán los mismos.