Una socióloga explica por qué Rusia no quiere que sus soldados vuelvan a casa: "La paz también es muy costosa para Putin"
Una vez en casa, esos combatientes podrían convertirse en un factor de inestabilidad.
Puede parecer contradictorio y cruel, pero la sociología está para explicar lo que a veces no se entiende o es difícil de digerir, como es el caso de la guerra en Ucrania, Vladimir Putin y el proceso de paz que quizá no quiere tanto o en absoluto. Según la socióloga Anna Colin Lebedev, no es casualidad. "La paz también es muy costosa para Putin", sostiene en el diario Liberation. No solo en términos geopolíticos, sino internos.
En vísperas del cuarto aniversario de la invasión de Ucrania, que el Kremlin bautizó como "operación especial" y que debía durar apenas unos días, la guerra sigue abierta. Rusia fue avanzando muy lentamente y afianzando posiciones, pero no ha logrado sus objetivos militares estratégicos, además de pérdidas de terreno ganado. Ucrania resiste pese a las pérdidas humanas y materiales. No hay mayor motivación que proteger y defender tu tierra y tu gente.
Se podría pensar que Rusia quiere tanto o más la paz, teniendo en cuenta que, mal que bien, tiene ocupada una parte del territorio ucraniano. Sin embargo, el Kremlin no ha dado señales reales de querer negociar. El presidente Putin no se ha movido de sus "líneas rojas" y, según Colin Lebedev, el régimen está más preparado para prolongar el conflicto que para asumir el precio político de detenerlo, en la tradición de resistir y sacrificar población.
La gran paradoja: una guerra que sostiene la economía rusa, pese a las sanciones
Puede parecer contradictorio y frustrante desde el punto de vista occidental, pero la guerra ha transformado la economía rusa. Según datos oficiales del Gobierno ruso y estimaciones del Banco Mundial y el FMI, el gasto en defensa se ha disparado hasta niveles nunca vistos desde la Guerra Fría.
El presupuesto militar ruso superó en 2024 el 6% del PIB y cerca de un tercio del gasto público federal, según cifras publicadas por el Ministerio de Finanzas ruso.
El Estado ha reorientado su aparato productivo hacia la industria armamentística. Las fábricas civiles se han reconvertido y regiones enteras dependen de contratos militares. Se hace difícil de creer que muchos no quieran que se acabe la guerra, pero es así.
En este contexto, Colin Lebedev explica que una desmovilización masiva supondría un choque económico y social difícil de gestionar.
La otra cara de la moneda: lo humano. Decenas de miles de hombres han sido enviados al frente. Las estimaciones occidentales —entre ellas las del Ministerio de Defensa británico— hablan de cientos de miles de bajas entre muertos y heridos desde 2022. Moscú no publica cifras oficiales completas, pero las pérdidas son reconocidas incluso por fuentes rusas independientes.
El riesgo político de que los soldados regresen
Pero el Kremlin, el regreso de soldados movilizados no es solo una cuestión militar. Es también política. Una vez en casa, esos combatientes podrían convertirse en un factor de inestabilidad.
Rusia ha endurecido la represión interna y ha reforzado la narrativa patriótica a través de medios estatales. El aislamiento respecto a Europa se ha profundizado, tanto en el plano económico como cultural.
Según el Centro Levada, uno de los pocos institutos demoscópicos independientes que siguen operando en Rusia, el apoyo declarado a la "operación especial" se mantiene alto, pero en un entorno mediático fuertemente controlado.
Negociaciones sin avances reales y un conflicto enquistado
El expresidente estadounidense Donald Trump ha afirmado en varias ocasiones que la paz está "más cerca que nunca". Sin embargo, sobre el terreno no hay señales de avances sustanciales.
Rusia no ha retirado tropas ni ha flexibilizado sus exigencias territoriales. Ucrania, por su parte, insiste en la recuperación de su integridad territorial reconocida internacionalmente.
Se puede hablar de alto el fuego o de cambios en la intensidad del conflicto, pero no de un proceso de negociación estructurado. Según la socióloga francesa, Moscú no ha dado "el más mínimo paso hacia concesiones".
Cuatro años después, la guerra no solo ha devastado Ucrania. También ha transformado Rusia. La economía gira en torno al esfuerzo bélico. La política interior se ha endurecido. Y el país se ha distanciado aún más de sus antiguos socios europeos.
Para el Kremlin, detener la guerra no implica únicamente firmar un acuerdo. Implica reconfigurar un sistema que hoy depende del conflicto para sostenerse. En palabras de Anna Colin Lebedev, la paz no es gratis. Y para Putin, puede ser demasiado cara.