Líbano, una crisis que nunca ha dejado de ser tal
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Líbano, una crisis que nunca ha dejado de ser tal

Domenico Spagnolo, psicólogo de Médicos Sin Fronteras en Líbano, describe la gestión de las emociones de la población que sufre una emergencia prolongada.

Silva Shouman, de cinco años, observa sentada detrás de un camión en un campamento improvisado en Beirut, Líbano, el 13 de abril de 2026, tras escapar de las bombas de Israel.Adnan Abidi / Reuters

Fuera de los refugios, unos ancianos están sentados en sillas improvisadas. Sujetan con fuerza contra las piernas unas bolsas de plástico con las pocas pertenencias que han podido llevarse. A su alrededor, corren los niños. Nadie llora; se respira una sensación de inmovilidad en el aire.

Y un sonido constante: el de los drones. Un zumbido perpetuo en la cabeza, que se te clava en el cerebro. Te recuerdan que podrías estar en peligro, o quizá no. No saber qué esperar es lo más difícil.

Ser un trabajador humanitario en Líbano hoy significa moverse en medio de una crisis que nunca ha dejado de serlo: la guerra de 2006, los refugiados sirios, la explosión en el puerto de Beirut, luego el colapso económico, y de nuevo la guerra.

Muchas de las personas desplazadas a causa de los últimos bombardeos no lo son por primera vez, sino por segunda o tercera. Llega un momento en que el cuerpo deja de reaccionar, porque ya ha sentido demasiado. Pocos están traumatizados en el sentido canónico del término: cuando hablas con ellos, dicen que sólo están cansados, un agotamiento debido a haber consumido todos sus recursos sin haber tenido tiempo de recuperarse de verdad.

Se llama alexitemia situacional, un nombre difícil, aunque no resulta extraño para quienes trabajan en situaciones de emergencia prolongadas. [Es un trastorno caracterizado por la dificultad para identificar, expresar y procesar las emociones propias. El término proviene del griego: a- (sin), lexis (palabra) y thymos (emoción), lo que literalmente significa "sin palabras para las emociones". Las personas con alexitimia pueden experimentar emociones, pero tienen problemas para reconocerlas y comunicarlas]. Las emociones no desaparecen: se dejan de lado. Llegan después. O nunca. Es un mecanismo de supervivencia que tiene un coste que se paga con retraso, con intereses.

Lo he experimentado en carne propia, en Gaza, donde trabajé hace poco. Dos niñas de 13 años tenían quemaduras en gran parte del cuerpo; una de ellas me había dicho que quería morir. Hablé con ella, hice lo que sabía hacer. Pero sólo sentí las lágrimas cuando me llevé la mano a la cara, por casualidad, y la descubrí mojada. No las había sentido brotar. No había sentido nada.

"Sólo sentí las lágrimas cuando me llevé la mano a la cara, por casualidad, y la descubrí mojada. No las había sentido brotar. No había sentido nada"

Algo similar les ocurre a los niños, sobre todo a los más pequeños, que no tienen las herramientas cognitivas para dar sentido, un significado, a esta situación. Para ellos es un juego. Su reacción se manifiesta principalmente a través del cuerpo y el comportamiento. A menudo sufren regresiones: niños que habían dejado de mojar la cama vuelven a hacerlo, algunos dejan de hablar, otros no se separan de sus padres ni un minuto.

La impotencia del trabajador humanitario no es una metáfora. Es la sensación concreta de sentarse frente a una persona que ha perdido su hogar, sus hijos, su salud, y saber que puedes ofrecerle tu escucha, alguna técnica de regulación, tal vez un medicamento. Pero no puedes detener el dron. No puedes traer de vuelta a quien ya no está. No puedes llenar el vacío que deja un desplazamiento cuando es el tercero en cinco años.

"La impotencia del trabajador humanitario no es una metáfora. Es la sensación concreta de sentarse frente a una persona que ha perdido su hogar, sus hijos, su salud, y saber (...) que no puedes detener el dron"

Según Judith Lewis Herman, psiquiatra estadounidense, la recuperación sólo se produce en el marco de una relación. No en la soledad. Pero el trabajador humanitario suele vivir una soledad particular: demasiado cerca del sufrimiento como para ignorarlo, demasiado alejado cultural y biográficamente como para formar parte de él por completo. Un testigo que no está ni dentro ni fuera.

Los equipos de Médicos Sin Fronteras responden. Pero el personal sanitario sufre repetidos ataques y se ve llevado al límite. Los médicos trabajan sin descanso, tratando de seguir el ritmo de algo que nunca se detiene.

Algunos colegas libaneses duermen en el coche, no tienen otro sitio adónde ir, y al día siguiente vuelven al trabajo. Las personas con las que trabajo -colegas libaneses, pacientes, familias en los refugios- llevan todo esto en el cuerpo. Yo también lo llevo, de otra manera, con el privilegio de quien puede marcharse.

Mi pierna se mueve sola sobre el colchón, mientras el dron sigue volando fuera. Un temblor que no puedo detener. Se conoce como respuesta adaptativa: el sistema nervioso se desregula antes de que la mente procese la información. El cuerpo reacciona antes que la mente, huye incluso cuando no tiene adónde ir. Pero hago mi trabajo. Hablo. Escucho. Mañana volveré al hospital. Habrá otras personas, otros cuerpos, otras historias.

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