Monica Sharp, escritora afincada en Florencia, sobre el turismo masivo: "La ciudad absorbe el coste, la comunidad no es compensada"
¿Realmente viajamos o simplemente consumimos destinos?

Las redes sociales han cambiado por completo la lógica del turismo. Muchas ciudades ya no son descubiertas poco a poco, sino recorridas como un catálogo visual previamente conocido: la foto en el puente, el vídeo frente al monumento más famoso o la cafetería viral.
La experiencia se planifica antes de llegar y, muchas veces, termina reducida a confirmar aquello que uno ya esperaba encontrar. Una forma de recorrer el mundo que choca de frente con la idea de viajar como una forma de abrir la mente, descubrir otras culturas y ampliar horizontes.
Florencia es uno de los ejemplos más claros de esa tensión. Una ciudad histórica convertida en símbolo del turismo global, donde cada día conviven miles de visitantes con residentes que sienten que su vida cotidiana se diluye lentamente bajo el peso de una industria pensada para quien está de paso.
“El lugar ha sido utilizado”
La escritora estadounidense Monica Sharp, afincada en Florencia, reflexiona sobre ese fenómeno lanzando una crítica especialmente dura contra el turismo masivo contemporáneo. “Florencia no eligió esto. Florencia fue elegida por un algoritmo”, resume.
Sharp describe cómo su trayecto diario por el centro histórico se mezcla constantemente con miles de turistas que recorren la ciudad siguiendo rutas ya prefabricadas por redes sociales y plataformas digitales.
“Los Uffizi, el Ponte Vecchio, el David. Aparecen en los feeds, se guardan en carpetas llamadas ‘Lugares para visitar’ y posteriormente se visitan, se fotografían y se archivan. Nada, o casi nada, ha pasado entre el viajero y el lugar. El lugar ha sido utilizado”, lamenta la escritora.
Turistas, viajeros y la “economía de la selfie”
“El turista tiene intención de regresar a casa. El viajero, tal vez no”, recuerda Sharp citando al escritor estadounidense Paul Bowles, quien en su novela El cielo protector, describe la diferencia entre turista y viajero.
Para la escritora, el problema no es viajar, sino la lógica consumista que domina gran parte del turismo actual. Un modelo basado en acumular destinos, producir imágenes y consumir experiencias rápidas sin apenas transformación personal.
“Son turistas con derecho a estar presentes, mientras desmantelan lentamente la ciudad”, afirma, haciendo una dura crítica a las masas de turistas que recorren diariamente Florencia.
La autora insiste en que el visitante medio no es necesariamente culpable individualmente: “No es un villano. Es un consumidor que responde a los incentivos que todo un aparato industrial ha creado a su alrededor".
“La ciudad absorbe el coste”
Además, Sharp también plantea un aspecto clave en todo este fenómeno: quién gana realmente con el turismo masivo. “¿A quién beneficia esto realmente?”, se pregunta la autora en tono crítico.
Según ella, existe toda una cadena de responsables: aerolíneas low cost, plataformas digitales, alquileres vacacionales y una industria turística diseñada alrededor de la comodidad inmediata. Mientras tanto, sostiene, “la ciudad absorbe el coste. La comunidad no recibe ninguna compensación”.
Y la consecuencia es visible en muchas ciudades europeas: vecinos expulsados por los alquileres, centros históricos convertidos en escaparates y barrios que pierden poco a poco su vida cotidiana y, con ella, su esencia.
Sharp describe incluso escenas que simbolizan esa desconexión total entre visitante y lugar: “La gente se para frente a El nacimiento de Venus de espaldas al cuadro, se fotografía con él y luego se va en segundos”.
Viajar debería implicar incomodidad
Lejos de defender un mundo cerrado o elitista, Sharp insiste en que viajar sigue siendo algo valioso. Pero cree que se ha perdido una parte esencial de la experiencia: la incomodidad.
Recuerda sus viajes de juventud estudiando idiomas, viviendo fuera y enfrentándose constantemente a errores, malentendidos y situaciones incómodas. “La humillación no fue incidental a la experiencia; fue la experiencia misma”, asegura.
Por eso Sharp reivindica otra forma de viajar: más lenta, más consciente y menos obsesionada con demostrar que se ha estado en un lugar.
Porque, según concluye, la industria turística actual “no se organiza en torno a la transformación”, sino “al consumo, la comodidad y la fidelización del cliente”. Y quizá ahí esté el verdadero problema.
