Por qué nos agobian tanto las videollamadas

Hasta el punto de que ya preferimos las reuniones presenciales, pese a todo.

Estás en una videoconferencia. Tus compañeros aparecen ordenados en recuadros en tu pantalla y puedes ver el rincón más aceptable de sus casas. Es una situación familiar para muchas personas ahora mismo.

Las videollamadas se han convertido en parte del día a día de muchas personas que teletrabajan y probablemente así será durante un buen tiempo, pero ¿por qué son tan agobiantes?

Los motivos desde el punto de vista psicológico son muchos, desde el momento en el que te unes a la llamada hasta que cuelgas.

Sigue leyendo para saber por qué te pasa y cómo hacerlo más llevadero.

Queremos que las videollamadas sean iguales que las reuniones presenciales

Uno de los problemas de las reuniones virtuales es que mucha gente espera que sean como las reuniones presenciales, pero eso no es posible.

“Muchas personas han empezado a reunirse por videoconferencia y piensan que va a ser igual que reunirse en persona, solo que a través de la pantalla”, afirma el doctor Aaron Balick, psicoterapeuta y director de Stillpoint Spaces. Sin embargo, una reunión por videollamada no es el “equivalente funcional” de una reunión en persona ni nada parecido. “No es posible trasladar una cosa en la otra, hay que enfocarlo de forma distinta”, advierte.

Una adaptación clave para que las reuniones por videoconferencia fluyan mejor es que haya una persona al mando que organice la reunión, informe de los puntos que hay que tratar y determine el orden y el tiempo de intervención. Eso debería reducir las probabilidades de que los participantes alcen la voz para hacerse oír o de que se solapen varias voces al mismo tiempo.

Echamos de menos el lenguaje corporal

En cuanto alguien entra en una videoconferencia, tiene que estar concentrado en las imágenes que tiene enfrente para compensar la falta de información no verbal que no puede ver. Las videoconferencias con más de una persona presentan aún más desafíos, ya que cuantas más caras hay, más complicado es el proceso.

Normalmente en persona nos enteramos de la comunicación no verbal implícita, asegura el doctor Balick. Pueden ser detalles sutiles: si alguien se inclina hacia ti, es porque está interesado en lo que dices; si se inclina hacia atrás o mira a otras partes, está perdiendo interés y deberías moderar lo que estás diciendo.

Sin embargo, cuando estás en una videoconferencia, solo ves la cara y los hombros de las otras personas. “Perdemos un 90% de las señales que normalmente utilizamos”, señala Balick. La gente tiene que deducir lo que se pierde. Utiliza otra parte del cerebro para fijarse más en los rostros y rellenar vacíos de comunicación. Por eso nos agobian las videollamadas, porque normalmente esta información la recibimos de forma pasiva.

Cuanta mayor es la carencia de señales sociales, más espacio hay para malinterpretar información, de modo que no es extraño acabar la videollamada mosqueado por un comentario que haya hecho alguien.

“Un comentario puede sonar mucho más crítico de lo que era en realidad”, comenta. “Puedes acabar sintiéndote mucho peor por no haber recibido la calidez del lenguaje corporal, el contacto visual o el tacto de otra persona en tu hombro diciéndote: ‘No pasa nada, estoy contigo’”.

Las conversaciones también parecen fluir con menos libertad en una videoconferencia y da la impresión de que la gente se interrumpe. Las investigaciones demuestran que en las reuniones presenciales, las señales no verbales permiten a la gente saber cuándo intervenir, explica Balick, “pero como por videoconferencia solo puede haber una voz, resulta irritante cuando dos personas hablan al mismo tiempo”.

En el extremo contrario, también se producen más silencios que, al otro lado del ordenador, y son más incómodos. Resulta extraño sentarte en silencio en una reunión virtual, de modo que algunas personas tienden a compensarlo hablando más, pero Balick sugiere aceptar ese silencio. No pasa nada por tomarse un momento para reflexionar.

Balick sostiene que los líderes de equipos y los directores de recursos humanos pueden ponerse en contacto con los trabajadores de forma infividual después de las reuniones para asegurarse de que cualquier posible problema emocional se resuelva en vez de esperar a que se enfríe.

No podemos centrar toda la atención en la videollamada

Cualquier persona que haya participado en una videoconferencia sabe lo difícil que es mantener la concentración, algo llamado atención parcial continua. El problema ya está en tu ordenador antes de que empiece la reunión virtual: responder correos, arreglar un documento de Word, preparar una presentación de PowerPoint, etc.

Cuando empieza la reunión, no cierras esas ventanas, solo las minimizas. Si llega un correo nuevo, le echas un ojo. Abres otra ventana, actualizas Twitter y, sin darte cuenta, ya no estás prestando atención a la reunión.

“Sin querer, estás haciendo varias cosas a la vez, y aunque no abras ese correo, tu cerebro empieza a pensar en él”, explica Balik.

Una forma de superar este obstáculo es cerrar las demás ventanas y tomar notas a mano. Está demostrado que aumenta la retención de datos en la escuela, que facilita la concentración y que ayuda a recordar lo que se está diciendo.

Mostramos más de lo que nos gustaría

Algunas personas opinan que la tecnología ha humanizado los lugares de trabajo y ayuda a que los compañeros se sientan más identificados entre ellos. Así como antes había que ir al despacho de los jefes y percibías de inmediato la dinámica de poder, ahora puedes ver a tus jefes en salones y dormitorios desordenados con niños correteando por el fondo.

Quizás por eso la gente tiende a mostrar más de lo que le gustaría sobre sus vidas, aunque sean reuniones informales. De repente, todo el mundo muestra cómo se siente: “se me está haciendo muy duro”, “tengo ansiedad”, “mis hijos me están volviendo loco”. Es el efecto de la desinhibición online: al hablar por internet, las personas tienden a aflojar las restricciones e inhibiciones sociales que normalmente hay en las interacciones en persona.

“En algunos casos, la gente habla más sobre sus sentimientos”, comenta Balick. “Ya no tienes a toda esa gente rodeándote y haciendo que sientas vergüenza por decir lo que piensas”.

Echamos de menos las interacciones sociales informales

La propia naturaleza del teletrabajo implica que ya no hay interacciones informales, lo que Balick llama “descansos en el dispensador de agua”. “Después de una reunión de equipo, la gente podía ir a comer junta o simplemente charlar por el pasillo”, dice.

“Todos estos momentos informales que permitían a los trabajadores ponerse al día, hablar del último episodio de una serie y de las cosas que pasan en el trabajo ya no suceden”.

Mantener interacciones puramente sociales entre compañeros de trabajo beneficia a todo el mundo, sostiene. Por eso recomienda hacer un esfuerzo para que se dé la ocasión: “No debes pensar en el teletrabajo solamente como una misión basada en resolver tareas”. A las propias empresas les debería interesar organizar videollamadas sociales o un juego semanal que sustituya las quedadas para tomar algo después del trabajo.

Los empleadores también deberían animar a los compañeros a hacerse videollamadas individuales entre ellos sin tratar asuntos del trabajo. “No es tarea del empleador cohesionar socialmente a los trabajadores, pero sí deberían tener en cuenta que lo echan de menos”.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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