El regalo extra a Israel que Trump quiere imponer en el pacto con Irán: los Acuerdos de Abraham
El presidente de EEUU vincula la normalización de relaciones de países árabes y musulmanes con Tel Aviv a sus negociaciones con Teherán. Hablamos del Acuerdo del Siglo, que mueve mucho dinero pero deja atrás los derechos políticos palestinos.
Las armas nucleares, los misiles, la libertad de los iraníes... Esos son los motivos que Estados Unidos e Israel han enarbolado para justificar los ataques contra la República Islámica, iniciados el 28 de febrero pasado. Pero había uno también, no declarado, pero bastante transparente: impedir que Teherán amplíe su poderío e influencia en Oriente Medio y que ese papel de líder regional sea para Tel Aviv.
Así que ahora, llegado el momento de la verdad, de sentarse a negociar los extremos de una paz que el mundo ansía, se ponen todas las cartas sobre la mesa: además de negociar qué se hace con el uranio altamente enriquecido de Irán, con su programa de misiles o con la apertura del estrecho de Ormuz, hay que hablar del establecimiento de relaciones entre países árabes y musulmanes con Israel.
El presidente estadounidense, Donald Trump, declaró este lunes que había solicitado a Arabia Saudí, Qatar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania que se unieran en masa a los llamados Acuerdos de Abraham para tender lazos normalizados con Tel Aviv, en el marco de sus negociaciones generales con los ayatolás. Ahora mismo, sólo cuatro naciones se han adherido a esos pactos: Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin, Marruecos y Sudán.
"Todos dijeron que nos apoyan en este acuerdo. Y si no funciona, también estaremos con ustedes", dijo un funcionario estadounidense al portal de inteligencia Axios. Sin embargo, en caliente, Islamabad ya rechazó la propuesta. Ninguno de los demás países implicados ha reaccionado públicamente hasta el momento a esa exigencia de Trump y una respuesta positiva parece hoy improbable, dada la alta desconfianza pública hacia el Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en estas naciones citadas, debido a la magnitud de su ofensiva militar en Gaza -hasta el genocidio- y a la ocupación en Cisjordania.
Trump desveló que tuvo una videollamada el pasado sábado con los líderes de esos países, así como con los de los EAU y Baréin, que ya han firmado los pactos, impulsados en la primera legislatura del republicano (2017-2021). Y dejó claro que no es una sugerencia, sino una imposición. "Exijo obligatoriamente que todos los países firmen de inmediato los Acuerdos de Abraham, y que, si Irán firma su acuerdo conmigo, como presidente de los Estados Unidos de América, sería un honor que también formaran parte de esta coalición mundial sin precedentes", escribió en una publicación en Truth Social, en la que además se felicitó a sí mismo por "todo el trabajo realizado por EEUU para intentar resolver este complejo rompecabezas".
Según una fuente pakistaní familiarizada con el asunto y citada por la agencia Reuters, la declaración de Trump reflejó un intento de utilizar la diplomacia del alto el fuego con Irán para impulsar un mayor acercamiento a su aliado. La fuente también afirmó que ambos temas "no están interrelacionados y no pueden estarlo". De ahí la molestia generada entre los presentes en la conferencia online. "Pakistán no tiene ninguna obligación de acatar tal exigencia", declaró la fuente.
No fue la única representación incómoda porque Axios ha desvelado que hubo un "silencio" entre paquistaníes, qataríes y saudíes cuando el magnate mostró sus intenciones, hasta el punto de que irónicamente preguntó a sus interlocutores si "seguían ahí", informa a este medio una fuente norteamericana.
Trump avanzó que uno o dos de los países con los que habló podrían tener razones para no unirse, pero que la mayoría debería estar "lista, dispuesta y capacitada para convertir este acuerdo con Irán en un acontecimiento mucho más histórico de lo que sería de otro modo". Sus dos negociadores en la zona, el enviado especial Steve Witkoff, y su yerno y empresario Jared Kushner, serán los responsables de hacer un seguimiento de las posturas en las "próximas semanas". También se espera que se repita una llamada multibanda con los países ya contactados, a la que debería sumarse Netanyahu.
Espera sentado, Donald (por ahora)
Para Arabia Saudí, cuna del islam y custodio de sus dos lugares más sagrados (La Meca y Medina, más la Jerusalén palestino-israelí), el reconocimiento de Israel sería mucho más que un simple hito diplomático. Se trata de un asunto de seguridad nacional sumamente delicado, vinculado a la resolución de uno de los conflictos más antiguos y complejos de la región, el palestino. Ya en noviembre pasado, el príncipe heredero y primer ministro, Mohamed bin Salmán, estuvo en la Casa Blanca y recibió la recomendación de Trump de que se sumara, lo que generó una importante tensión en la sala, añade Axios.
La postura tradicional del reino ha sido que no firmaría esos acuerdos, cuyas líneas maestras se presentaron a bombo y platillo en 2019, a menos que existiera un acuerdo sobre una hoja de ruta para la creación de un Estado palestino, soberano y seguro. Con compromisos irreversibles y plazos claros. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora, porque Israel se niega. El rey Salmán bin Abdulaziz sigue vivo, aunque poco operativo para la toma de decisiones. Sin embargo, su hijo no quiere llevarle la contra, lo que sería tremendamente ofensivo. Se dice que estaría inclinado a ceder si no fuera por eso.
Las autoridades de Riad siempre han abordado las relaciones con Tel Aviv como la mayoría del mundo árabe, con el lastre de entender que han causado daño al pueblo "hermano" de Palestina. A Netanyahu se le mira de reojo, también, por su alianza con ultranacionalistas y religiosos, que han profundizado en la colononización y la violación de derechos humanos de los palestinos. En un año de elecciones israelíes, no se va a mover hasta ver quiénes son los elegidos.
Ahora, además ese peso se ha amplificado no sólo por el escenario post 7-O, sino por la propia separación de Arabia de EAU (que tan bien parece llevarse con Israel) y por la propia guerra en Irán, que ha salpicado con ataques a una docena de países del golfo Pérsico. Teherán había sido, hasta ahora, su mayor nexo, porque los dos anhelan que tenga menos poder en Oriente Medio.
En el verano de 2023, la prensa norteamericana (del Washington Post a la CNN) afirmaba que la entrada de Arabia en los Acuerdos de Abraham era inminente, tras un trabajo de zapa importante del presidente demócrata Joe Biden. Es ampliamente entendido por los expertos que precisamente los ataques en cadena del partido-milicia palestino Hamás del 7 de octubre de ese año, que dejaron 1.200 muertos y 251 secuestrados en el lado israelí, se diseñaron en parte para impedir ese mutuo reconocimiento Riad-Tel Aviv.
Por supuesto, Trump tampoco tiene sencillo convencer a Qatar. Idénticas son las razones que tienen que ver con Palestina, cuando incluso ha sido un importante financiador de infraestructuras (carreteras, escuelas, hospitales) en Gaza. Pero es que, además, en septiembre del año pasado, Israel atacó su capital, Doha, con el fin de acabar con el equipo negociador de Hamás. La andanada, en un distrito civil, fue la primera de Tel Aviv contra el país pérsico. Hubo seis muertos, uno de ellos, un agente de seguridad local. Por dicha acción, Trump obligó a Netanyahu a disculparse. Una manera no sólo de rebajar tensiones sino de allanar el camino a exigencias como la que ahora se conocer.
En respuesta a aquel ataque, ese mismo mes, la Liga Árabe y la Organización para la Cooperación Islámica pidió a todos los Gobiernos que "impidan que Israel continúe sus acciones contra el pueblo palestino" y que "revisen sus relaciones diplomáticas y económicas con él". Revisar sólo rima en lo formal, en este caso, con normalizar. No están por la labor.
En el caso de Egipto, Jordania y Turquía, ya mantienen relaciones diplomáticas con Israel, aunque se han visto tensas desde el inicio de la guerra de Gaza, tras los atentados de Hamás. Los bombardeos, la hambruna, el bloqueo, la falta de asistencia humanitaria... ¿cómo estrechar manos con quien daña a un aliado como Palestina? El caso es especialmente serio con El Cairo, que podría ser un mediador excelente para convencer a los demás estados: a lo largo del conflicto de 2023-2025, se ha opuesto al posible desplazamiento de palestinos de Gaza, como quería Netanyahu, y le preocupa que Israel pueda atacar a miembros de Hamás en su territorio.
En septiembre de 2025, el presidente egipcio, Abdel Fattah al-Sisi, se refirió a Israel como el "enemigo", la primera vez que lo hacía desde que llegó al poder en 2014. En una cumbre de estados árabes y musulmanes, declaró que las acciones israelíes habían "puesto obstáculos en el camino de [...] nuevos acuerdos de paz" y advirtió que estaban "incluso anulando los acuerdos de paz existentes".
Qué suponen los acuerdos
Trump ha aprovechado la coyuntura -creada por él mismo y Netanyahu tras atacar a Irán- para rescatar uno de los proyectos de política exterior más emblemáticos de su primer mandato. Los Acuerdos de Abraham son una serie de compromisos para normalizar las relaciones diplomáticas entre Israel y otros estados, con una base eminentemente económica, denunciados desde su planteamiento por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) porque supone, dice, una manera de cerrarle la boca a su pueblo ante exigencias territoriales o de seguridad, a cambio de inversiones. Un poco de dinero para Palestina, para que los países árabes e Israel puedan hacer negocios sin que les duela la conciencia. De nuevo, la transaccionalidad, trumpista marca de la casa.
Los primeros acuerdos se firmaron en la Casa Blanca en 2020 entre Israel y dos estados del Golfo, Bahréin y Emiratos Árabes. Posteriormente, Marruecos y Sudán se adhirieron mediante convenios separados firmados en 2020 y 2021, y, más recientemente, Kazajstán se unió el año pasado. Esta última nación no es árabe, es centroasiátrica, pero se subía al carro por quedar bien con Trump, alejado como estaba también de Israel. y ampliando el alcance geopolítico original del acuerdo más allá de Medio Oriente. Antes de los acuerdos, únicamente Egipto (desde 1979) y Jordania (desde 1994) habían reconocido formalmente al Estado de Israel, proclamado en 1948. Las Naciones Unidas, un año antes, habían acordado partir la tierra del antiguo Mandato Británico en dos estados, Israel y Palestina, pero se produjo la declaración de independencia israelí y la contienda con los estados árabes vecinos y todo quedó en nada. Desde entonces, el bloque árabe ha vivido de espaldas a Israel y viceversa, guerra tras guerra.
Los documentos de Abraham fueron negociados por la Administración Trump como parte de un impulso mayor para integrar más plenamente a Israel en la región y su líder fue su entonces asesor, Kushner, el marido de su hija Ivanka, judío con enormes intereses familiares y empresariales en Israel, incluyendo las colonias ilegales de Cisjordania y Jerusalén Este en las que residen unas 700.000 personas, según Naciones Unidas. Fue él quien trabajó junto a líderes del Golfo y funcionarios israelíes para lograr los acuerdos, de forma callada y eficaz, permitiendo romper un aislamiento de décadas de Tel Aviv.
El nombre del pacto hace referencia a Abraham, una figura compartida por el judaísmo, el cristianismo y el islam, las tres grandes religiones del Libro. Antes, Kushner había llamado al proyecto "Plan para la Prosperidad" o "el Acuerdo del Siglo". La idea original contaba con inversiones de 50.000 millones de dólares a repartir en diez años, dinero que sentara las bases a una solución "definitiva" sobre el conflicto palestino-israelí y, por extensión, calmase todo Oriente Medio. "Es el proyecto más ambicioso impulsado hasta la fecha para el pueblo palestino", defendía la hija de Trump, entonces también asesora en la Casa Blanca.
La idea era que, una vez que la diplomacia estuviera ya establecida, con legaciones abiertas y una relación serena, se multriplicasen los contactos económicos y académicos, sobre todo: abrir vuelos directos de un lado al otro, establecer convenios de seguridad y hasta de defensa, mejorar las telecomunicaciones en la región común (de toda naturaleza), cooperar en cuestiones energéticas, hacer convenios entre universidades y hospitales...
Más de la mitad de ese fondo debía invertirse en Palestina y el resto, en Jordania, Líbano y Egipto, países donde hay una alta presencia de refugiados palestinos (hay más de cinco millones en el mundo, de nuevo, según la ONU). Siria no se citaba porque entonces estaba sumida en la guerra civil y aún mandaba Bachar el Assad. De forma grandilocuente, los Kushner-Trump prometieron crear en una década un millón de puestos de trabajo para palestinos, rebajar el paro a una cifra de un dígito (es del 68% en Gaza y del 31% en Cisjordania, dice la Oficina Central de Estadísticas Palestina.) y reducir la tasa de pobreza a la mitad (hoy es de casi el 100% en Gaza y supera el 30% en Cisjordania, según el Programa de la ONU para el Desarrollo).
Igual que ahora habla la Administración Trump de una Riviera para la franja de Gaza, entonces prometía agua potable, electricidad, gas e internet para todos, mejoras en educación y sanidad y hasta un corredor para unir suelo gazatí y suelo cisjordano, a 5.000 millones de dólares. Del Estado de Palestina y sus derechos reconocidos internacionalmente no se hablaba. Ni media palabra de la capitalidad de Jerusalén, del retorno de los refugiados de la Nakba, del ejército o la policía palestinas, de los recursos naturales.
Un parche para calmar estómagos (y gritos y levantamientos) que la ANP rechazó con contundencia. "No hace ningún favor al pueblo palestino", dijo su presidente, Mahmud Abbas. La ONU, en cambio, le dio la bienvenida, aunque con prudencia: veía en ellos una posibilidad de llevar "esperanza" al conflicto, pese a su parcialidad y al olvido de las múltiples resoluciones de sus propios órganos apostando por algo más que por subvenciones.
Lo logrado hasta ahora
Así que Trump propuso los acuerdos en su primer mandato, Biden los mantuvo vivos y los trató de ampliar y ahora el republicano vuelve a la carga, en un contexto radicamente distinto, más perentorio, más volátil. Pero ¿han funcionado los Acuerdos de Abraham en este tiempo?
Vistos los datos que arroja Palestina, queda claro que, al menos por ese flanco, no: además de las cifras de paro o pobreza aportadas, está el aumento de la colonización y la ocupación israelí (cuando se supone que, por ejemplo, cuando firmó Emiratos, fue con la condición expresa de que Israel suspendería sus planes de anexión), las agresiones de colonos a civiles, la pena de muerte a palestinos recién llevada al Parlamento (Knesset), la política de apartheid en suelo ocupado, las detenciones de menores y las administrativas, Gaza, al fin...
Ha habido otros flancos donde sí se han recogido frutos, pero hablamos de intereses puramente nacionales, nada que trascienda ni a la resolución del conflicto original ni a la estabilización de la región. Se levantaron restricciones de viaje de los firmantes a Israel y viceversa, potenciando el turismo, los contactos empresariales y tecnológicos y hasta el ocio. En algunos países árabes, incluidos los Emiratos, incluso las llamadas telefónicas directas a Israel habían sido bloqueadas durante años.
Desde la firma de los acuerdos, Israel y los Emiratos Árabes Unidos, en particular, han sido los más activos y han desarrollado estrechos vínculos económicos y de seguridad, incluyendo la cooperación en materia de defensa y un acuerdo de libre comercio. EAU se han convertido en un importante socio económico regional para Israel, eso es cierto. En menor medida, se ha llegado también a acuerdos de calado con Rabat, especialmente en materia de tecnología y defensa.
Si se repara en datos de 2023, el comercio entre los países batió nuevos récords en 2023, superando los 4.000 millones de dólares estadounidenses, según el Instituto de Paz de los Acuerdos de Abraham, que citó datos de la Oficina Central de Estadística de Israel. Este instituto, creado ex profeso para contar las bondades de los pactos, no aporta datos más recientes en su web. Israel ha informado, además, que ha exportado aproximadamente el 25 % de todos sus productos de defensa de producción nacional a los países signatarios de los Acuerdos de Abraham en los últimos tiempos. Esta cifra representa un aumento del 50 % con respecto a los tres años previos al pacto, destaca el del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), con datos hasta 2023.
Dana El Kurd, profesora en el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Richmond (Virginia, EEUU), publicó un análisis en el Arab Center de Washington en el que recordaba que no se puede esperar un impacto brutal de los acuerdos, un cambio radical en Oriente Medio, cuando para empezar los estados firmantes no estaban en guerra con Israel. Una cosa es la distancia y, otra, el conflicto. Y, faltan grandes por sumar, como Arabia.
Además, desmonta la idea de que todo es bueno, todo es progreso. Constata que hay una "mayor coordinación en materia de seguridad entre los países signatarios" pero, "a menudo, esto ha servido como eufemismo para una mayor coordinación en torno a la represión". Controles, seguimientos y espionaje contra "periodistas , activistas e intelectuales que fueron blanco de ataques y, a menudo, encarcelados". Los pactos no son la única explicación de este puño apretado, pero ayudan a un entorno ya de por sí generalmente autoritario.
También vende EEUU que Abraham sirve para estabilizar la región, pero la analista recuerda que los países tratados han dado pasos que no van en la línea de calma que quiere Washington: tanto Emiratos como Arabia se habían acercado a Irán, su adversario de años, y habían multiplicado sus negocios con China y hasta con la Siria aún de Assad. "En realidad, el impacto de la normalización árabe-israelí a nivel regional ha sido la normalización de la ocupación israelí del territorio palestino y el retraso de una solución justa al conflicto israelí-palestino", afirmaba en su análisis, mes y medio antes del 7 de octubre de 2023 que lo empeoraría todo hasta niveles desconocidos.
"Con el desarrollo de estos lazos, respaldados por la presión y el apoyo estadounidenses, los Gobiernos árabes e Israel pueden ignorar la necesidad de encontrar una solución a la cuestión palestina", destaca. Y si hablamos de ocupaciones y de derechos, el aval de Israel ha Marruecos, además, ha ayudado a debilitar la causa de los saharauis, de paso, apostando por el plan de autonomía de Rabat.
"Una paz sostenible exige abordar las causas profundas del conflicto, que en este caso son el desplazamiento original y la opresión continua de los palestinos, así como los ataques y la anexión de tierras árabes por parte de Israel en sus países vecinos. Estas son las condiciones que deben resolverse para lograr la paz. Los intentos de eludir estos problemas y buscar una paz sólo de nombre solo resultarán en la expansión del control autoritario, una mayor represión y una propaganda orwelliana que generará resentimiento y reacciones violentas", remarcaba Dana El Kurd. Y la carnicería de Gaza aún estaba en ciernes.
Las lecturas
El senador Lindsey Graham, antiguo aliado de Trump y republicano de enorme influencia, acogió ayer con beneplácito la idea de vincular a Irán con los Acuerdos de Abraham, porque entiende que es una palanca que accionará la integración regional y creará "una potencia para las oportunidades económicas".
Otros ven la estrategia como un intento de hacer que un acuerdo con Irán resulte más aceptable para los escépticos. "Trump está intentando vender un acuerdo con Irán como una continuación de los Acuerdos de Abraham: bueno para Israel, bueno para la región, lo suficientemente duro para Washington", declaró Ali Vaez a Reuters, director del proyecto sobre Irán del International Crisis Group. "Pero está cambiando una fantasía por otra: desde obligar a Irán a rendirse hasta pretender que un acuerdo frágil puede afianzar un nuevo orden en Oriente Medio", afirmó, además.
Dan Shapiro, exembajador de Estados Unidos en Israel y actualmente miembro del Atlantic Council (otro tanque de pensamiento norteamericano), calificó el intento de Trump de vincular los dos acuerdos como un gesto "innecesariamente complicado y poco realista". "Hay un concepto en diplomacia. Cuando el problema es demasiado difícil, hay que ampliar el enfoque. Hay que involucrar a más partes interesadas y resolver un problema combinándolo con otros", escribió en una publicación en redes sociales, de importante viralidad.
Trump no lo ve así, por eso presiona. ¿Hasta dónde? Veremos.