En el regreso constante de referencias pop y de la obsesión colectiva por revivir la infancia hay una causa mucho más profunda: la frustración económica y vital de los millennials.
Trabaja 30 horas semanas por el sueldo que gana y tiene el problema de que si quiere pagar sus estudios, tiene que trabajar pero no puede asistir a las clases.
La brecha salarial en España ronda el 18% según Eurostat y dedican de media más del doble de horas que los hombres a cuidados y tareas domésticas no remuneradas.
Una reforma reciente de la asistencia social en Finlandia está perjudicando a los jóvenes vulnerables que tienen que endeudarse pidiendo préstamos para vivir.
La joven activista defiende que, sin estabilidad ni incentivos materiales, resulta lógico que muchos jóvenes solo estén dispuestos a dar “lo justo” en el trabajo.
Un mensaje de WhatsApp con aires de sermón, un contrato laboral que nunca llegó y una joven que solo pidió lo básico: que se cumplan sus derechos laborales.
El testimonio de Nano ha dado pie a que otros cinco jóvenes más quieran contar su situación y hablar del incremento de las cifras y de los sectores más precarios.
Las fiestas que cierran el año suelen ligarse a un descenso del paro y aumento del consumo, un fenómeno que empezó a producirse en la Revolución Industrial.