Lo que Ucrania ha enseñado a la OTAN: Occidente admite que el modelo que usa desde la Guerra del Golfo de 1991 es una trampa frente a los misiles de Rusia y China
La guerra en Ucrania está obligando a la Alianza Atlántica a replantearse una de las bases de su doctrina militar.

Durante más de tres décadas, las fuerzas aéreas occidentales han combatido desde enormes centros de mando perfectamente organizados. Grandes bases, grandes cuarteles generales y grandes centros de operaciones desde los que coordinar aviones, defensas antiaéreas, misiones de vigilancia y ataques de precisión.
Funcionó en la Guerra del Golfo de 1991 y en los Balcanes. Funcionó en Afganistán y funcionó porque Estados Unidos y sus aliados disfrutaban de una ventaja clave: sus enemigos no podían alcanzar esas instalaciones. Pero esa época se está acabando.
Al menos eso es lo que cree uno de los máximos responsables militares de la OTAN.
"Esa era fácil ha terminado"
El mariscal del aire británico Sir John Stringer, vicecomandante supremo aliado de la OTAN en Europa, ha reconocido que el modelo occidental de guerra aérea necesita cambiar de forma urgente.
Según explicó a Business Insider, la idea de concentrar el mando en unos pocos centros gigantescos ya no encaja con el escenario actual.
"El concepto de un gran centro único de operaciones aéreas, con el que mucha gente ha crecido durante los últimos 35 años y que probablemente vimos a gran escala por primera vez en la Guerra del Golfo de 1991, va a tener que cambiar", advirtió.
La razón tiene nombre y apellidos: Rusia, China y los nuevos arsenales de misiles y drones.
El problema de tener todos los huevos en la misma cesta
Durante décadas, la OTAN ha centralizado gran parte de sus operaciones en instalaciones estratégicas como las bases de Ramstein, en Alemania, o Lakenheath, en Reino Unido.
El sistema tiene ventajas evidentes: facilita la coordinación, simplifica las comunicaciones y permite concentrar recursos, pero también genera un enorme problema.
Si un adversario es capaz de localizar y atacar esas instalaciones, puede paralizar una parte importante de la capacidad militar occidental con unos pocos golpes bien dirigidos. Y eso es precisamente lo que preocupa a los estrategas de la Alianza.
Rusia posee uno de los mayores arsenales de misiles del mundo. China lleva años desarrollando capacidades similares. Y ambos países han observado atentamente las lecciones de la guerra moderna.
La lección que llega desde Ucrania
Buena parte de esta reflexión nace de lo que está ocurriendo en Ucrania desde la invasión rusa de 2022.
Los militares ucranianos comprendieron desde el primer momento que mantener sus aviones, centros de mando o sistemas de defensa concentrados en pocos lugares equivalía a convertirlos en objetivos perfectos. Por eso optaron por una estrategia radicalmente distinta.
Sus aeronaves rara vez despegan y aterrizan siempre en el mismo aeródromo. Los sistemas antiaéreos cambian constantemente de ubicación. Los centros de mando se dispersan. Incluso muchas fábricas de armamento reparten la producción entre distintos emplazamientos para evitar convertirse en un blanco único.
La movilidad se ha convertido en una cuestión de supervivencia.
La OTAN quiere copiar el modelo
Stringer reconoce que la Alianza necesita avanzar hacia una estructura mucho más distribuida. En lugar de depender de un gran centro de operaciones, el futuro pasaría por repartir las funciones de mando entre múltiples bases, barcos, aeronaves e instalaciones conectadas entre sí.
El problema es que eso complica enormemente el trabajo. "Reunir a todo el mundo en un mismo lugar es fácil", admite el militar británico. "Cuanto más distribuido está todo, más difícil y complejo se vuelve".
Aun así, considera que no existe alternativa. "La movilidad, la redundancia y la capacidad de supervivencia del mando y control no serán esenciales en el futuro. Son esenciales ahora", subraya.
Una carrera contrarreloj
La OTAN ya está realizando ejercicios para probar estos nuevos modelos de funcionamiento, pero algunos responsables militares reconocen que la organización está jugando a ponerse al día.
Durante años, Occidente dio por sentado que sus bases estaban a salvo. La guerra de Ucrania ha demostrado que esa seguridad ya no existe.
Y la conclusión empieza a abrirse paso entre los estrategas occidentales: en una futura guerra contra una potencia como Rusia o China, los grandes centros de mando que parecían una fortaleza podrían convertirse en una trampa.
