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La semana desquiciada de Trump: los bandazos e insultos que debilitan a EEUU

La semana desquiciada de Trump: los bandazos e insultos que debilitan a EEUU

El norteamericano ha revelado en una semana su verdadera esencia, la de un empresario que ve el mundo como un mercado, la de un caprichoso que desdeña vidas y leyes internacionales, capaz de decir una cosa y la contraria sin despeinarse. 

El presidente de EEUU, Donald Trump, gesticula mientras habla durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, en Washington, el 6 de abril de 2026.
El presidente de EEUU, Donald Trump, gesticula mientras habla durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, en Washington, el 6 de abril de 2026.Evan Vucci / Reuters

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha perdido la cordura en los últimos días. También las maneras. En apenas una semana, ha acumulado episodios que muestran lo que es, un empresario que ve el mundo con la lógica del mercado, un caprichoso que desdeña vidas inocentes y leyes internacionales, que capaz de decir una cosa y la contraria sin despeinarse, sin importarle las naves que queme.

El republicano parece querer un lugar en los libros de Historia, pero a qué costa. El líder de la mayor potencia del planeta solía ser una perdona formada, prudente, con capacidad de rodearse de personas que saben y de escucharlos. Pero lo que llega desde Washington estos días es un mandatario que se mueve a impulsos, capaz de creer antes al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, que a todo su espionaje y su ejército juntos. 

Alguien que desdeña la diplomacia y forja canales nuevos de comunicación oficial, vía redes sociales o telefonazos a las cadenas de televisión amigas, alejándose de toda prudencia y pudor, que promete aniquilar civilizaciones milenarias a golpe de ultimátum para luego elogiar la "inteligencia" de aquellos a los que quiere destrozar. 

No es que sea nuevo, nos acostumbró en el primer mandato y ha redoblado los motivos para la alarma en este segundo, pero es que ahora las alarmas llevan a plantearse incluso su salud mental. Ahora ha dado marcha atrás con el acuerdo de alto el fuego con Irán, que nadie sabe lo que durará, pero su amenaza ominosa pesa, no se olvida. Por eso los demócratas plantean hasta su inhabilitación por incapacidad. "No es verborrea, es cordura", dicen. 

Hay que remontarse al día 4 de abril para entender la cadena desquiciada. El magnate mandó un mensaje en Social Truth, su red social, en el que decía: "¿Recuerdan cuando le di a Irán diez días para llegar a un acuerdo o abrir el estrecho de Ormuz? Se acaba el tiempo: quedan 48 horas para que se desate el infierno sobre ellos. ¡Gloria a Dios!". Al día siguiente, insistía en apretar para que se abriera al 100% ese cuello de botella, por el que pasa el 20% del petróleo mundial. Y ahí ya el tono se disparó: "Abrid el puto [fuckin'] estrecho, locos bastardos, o vais a vivir en el infierno. ¡Ya lo veréis! Alabado sea Alá", escribió, dejando helados a todos. Un lenguaje tan soez que muchos medios norteamericanos ni siquiera lo reprodujeron. 

Es una suma de insultos, palabras malsonantes y referencias religiosas difícil de digerir. Sí, vienen de los dedos tuiteros del país que, dice la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, es "el faro del mundo libre". Más bien parecía un dictador. Hasta los suyos se asustaron porque, además, insistía en que sus dianas, si nadie hacía caso a su cuenta atrás, serían infraestructuras energéticas y puentes, o sea, dianas civiles. Dice el derecho internacional que este tipo de objetivos sólo son legítimos si están siendo usados militarmente por el enemigo, pero no es el caso. El presidente norteamericano ni siquiera se entretuvo en usar ese argumento. Directamente, entendió como legítimo y razonable cometer un crimen de guerra masivo. 

Pero faltaba la traca. Porque, si increíbles son los insultos, inconcebibles son las palabras que soltó cuando quedaban menos de 24 horas para que se cumpliera su amenaza. Entonces, dijo: "Esta noche morirá toda una civilización y nunca volverá". Sin mover una ceja, apostaba por acabar con una de las culturas que más han influido en el mundo a lo largo de la historia (también la suya y la de sus antepasados europeos), por una guerra de la que ni siquiera ha sido capaz de presentar objetivos claros ni pruebas de la supuesta legítima defensa por la que la ha iniciado, junto a Israel. 

La oleada de críticas fue tan larga como los siglos de conocimiento y arte que provienen de Irán. Pero nos quedamos con una, por precisa y clara, la de Agnès Callamard, la secretaria general de Amnistía Internacional: "El mero hecho de que el presidente Trump lance semejantes amenazas apocalípticas, incluida su advertencia de que acabará con 'toda una civilización', revela un nivel sobrecogedor de crueldad y de desprecio por la vida humana, que se vuelve más aterrador aún al ir acompañado de amenazas explícitas de atacar directamente infraestructuras civiles iraníes provocando 'la total destrucción' de las centrales eléctricas y los puentes del país". 

Más aterrador que la lectura de que está loco, demasiado simplista. 

"Revela un nivel sobrecogedor de crueldad y de desprecio por la vida humana"

Trump es como una montaña rusa de emociones y mensajes. Cuando faltaba hora y media para el fin del ultimátum dado al régimen de los ayatolás, accedió a un alto el fuego de dos semanas (que empezó el miércoles pasado y es extremadamente frágil), y de pronto se le fueron todas las preocupaciones. Sus intervenciones, desde entonces, han pasado de la ira y la amenaza a una esperanza infantil casi, de tan utópica. 

Ha augurado que vendrá una "Edad de Oro" para Oriente Medio, cuando estamos contando los muertos por más de 3.000 en Irán y por 1.600 en Líbano, el otro frente abierto a raíz de su operación. De golpe, se puso a hablar de negocios sin citar siquiera a las personas que han muerto, están heridas, han perdido sus casas o están desplazadas. Tampoco se acordó de los hasta 14 países que han sido atacados por Irán o los que han sufrido por el estrechamiento del paso de Ormuz, la incapacidad de mover mercancías y la crisis de precios y energética. Los mundos de Yupi, que se dice. 

Repite el esquema de Gaza, donde los 77.000 muertos largos (que se sepa) nunca han tenido una palabra escrita o hablada del presidente de EEUU, pero sí sus reservas de gas en el Mediterráneo o su preciosa costa para hacer una Riviera. "¡Habrá muchas medidas positivas! Se ganará mucho dinero!", promete ahora. 

Es más. Trump, el día que lanzó el primer ataque, el 28 de febrero, defendió que había que acabar con el sistema de poder de la República Islámica. Cuando se supo que los israelíes habían asesinado al líder supremo, Ali Jamenei, y que su hijo Mojtaba sería su sucesor, cargó contra él. Ahora, de pronto, dice que pertenece a una generación "diferente" de "líderes", "más inteligentes y menos radicalizados". O sea, gente con la que se puede hablar. Ahora. Dijo también. "Es un honor que este problema de larga duración esté cerca de resolverse". El tono era otro, claramente. 

El Partido Demócrata ha desplegado su artillería en redes sociales para evidenciar al Trumo cambiante, nada confiable, de estas jornadas de fiebre de guerra. Con dos días de diferencia, en los albores del conflicto, dijo que EEUU había "derrotado" a Irán y que debían atacarlo, que habían ganado y que todavía no habían ganado por completo, que no necesitaban reabrir Ormuz y que abrirían como fuera el "puto estrecho", que estaban llevando a cabo buenas negociaciones con Teherán y que machacarían su civilización en unas horas. 

Los liberales están intensificando sus críticas ante los discursos incoherentes y divagantes de Trump, de 79 años, pero es que se les han unido voces del movimiento MAGA, el más radical dentro del Partido Republicano, el que él representa, que están completamente anonadadas. Tucker Carlson, que conduce un pódcast de ultraderecha, dijo que el mensaje de Pascua del presidente había "destrozado" el día más sagrado del calendario cristiano. "Es demonía a todos los niveles", rechazó. "Comienza con la promesa de utilizar el ejército estadounidense, nuestro ejército, para destruir infraestructuras civiles en otro país, es decir, para cometer un crimen de guerra, un crimen moral contra la población del país, cuyo bienestar, por cierto, fue una de las razones por las que, para empezar, supuestamente entramos en esta guerra", añadió. 

No obstante, el grueso de su gente entiende que estos mensajes formaban parte del caótico estilo de negociación de Trump y pretendían sólo poner fin a su conflicto (autoinfligido) y persuadir a Teherán respecto a Ormuz. No más que una escalada retórica, una táctica negociadora, decían a la CNN, que daba a entender que estaba más interesado en encontrar una salida a la guerra que en seguir adelante con un ataque devastador. O sea, que era bueno, que apretaba para negociar, que sólo introducía un poco de suspense a la trama. Incluso había críticos que exponían que, siendo todo un exceso, había que achacarlo únicamente a la desesperación por la prolongación de un conflicto que esperaba raudo, fácil. 

Sin embargo, la repetitiva alusión a la salud del presidente se ha traducido en numerosos mensajes públicos y en redes, más allá de su falta de humanidad. La división en Washington recuerda a la presidencia de Joe Biden, el anterior presidente, cuando los conservadores y los medios de comunicación de derechas pasaron años afirmando que el octogenario sufría un deterioro cognitivo y se sintieron reivindicados cuando una floja actuación en el debate de precampaña la CNN puso fin a su campaña de reelección, en el verano de 2024.

La salud mental y física de Biden fue un tema espinoso durante años en Washington. Trump y otros republicanos lo ridiculizaron sin cortarse, tildándolo de senil y diciendo que hasta tenía que usar un bolígrafo automático para firmar documentos. Ahora se le da la vuelta a la tortilla, porque las especulaciones empiezan contra Trump. Esta semana, incluso, se ha llegado a publicar que ha estado hospitalizado en secreto, noticia que la Casa Blanca ha desmentido. Son cosas de "izquierdistas desquiciados", "teorías de la conspiración (quién lo iba a decir) sobre una "inexistente crisis sanitaria". 

Un daño real

Más allá de la confusión, la desolación y hasta el cabreo que pueden generar las idas y venidas de Trump, está el efecto real que sus palabras han tenido en el conflicto en liza. Afirma el diario The New York Times que "desgastó" la posición de su país a la hora de negociar con el enemigo, precisamente por un exceso de presión. 

Alex Wellerstein, historiador que estudia los conflictos nucleares, dijo al rotativo que, independientemente de atacar o no a Irán finalmente, la retórica violenta que emplea daña su credibilidad como negociador y la posición de su país en el planeta. "Estás hablando de un mundo que, en gran medida, considera que EEUU es un país desquiciado y peligroso, y no un socio fiable", dijo, "donde todos los países que suelen alinearse con la democracia y la libertad están en el lado contrario de EEUU".

En esa línea iba el mensaje en X de Joe Kent, exdirector del Centro Nacional Antiterrorista, quien renunció en marzo. "Trump cree que está amenazando a Irán con la destrucción, pero ahora quien está en peligro es EEUU". "Si intenta erradicar la civilización iraní -expuso-, EEUU ya no será visto como una fuerza estabilizadora en el mundo, sino como un agente del caos, lo que pondrá fin a nuestra condición de mayor superpotencia del mundo".

Palabras aparte, la táctica de amenazar y no dar, que es la que ha usado en estas semanas, también desgasta su imagen de estratega, dice el diario, más aún cuando se sabe que su Ejército no era partidario de este ataque. 

El presidente de EEUU Donald Trump simula disparar un arma durante una conferencia de prensa de la Casa Blanca sobre la guerra en Irán, el lunes 6 de abril de 2026.
El presidente de EEUU Donald Trump simula disparar un arma durante una conferencia de prensa de la Casa Blanca sobre la guerra en Irán, el lunes 6 de abril de 2026.Tom Williams / CQ-Roll Call, Inc via Getty Images

Suma y sigue

Las divagaciones de Trump no son nuevas y sólo hay que echar un vistazo a sus convocatorias y discursos para entender aún menos cómo funciona su cabeza. Por qué hace referencias al golf cuando está hablando de un soldado muerto en combate, por qué divaga sobre la decoración de la sala cuando va a amenazar con una hipotética ofensiva terrestre, por qué desconoce hasta los cargos de su plana mayor militar y lo reconoce con desdén.  

"Eso es lo que me molestaba de [Barack] Obama: no le tenía ningún respeto como presidente, pero bajaba las escaleras haciendo un ruido tremendo, nunca lo había visto... da da da da da da, bop, bop, bop, bajaba las escaleras sin agarrarse. Pensé: ‘Genial, no quiero hacerlo’. Supongo que podría hacerlo, pero al final siempre pasan cosas malas y solo hace falta una vez, pero hizo un pésimo trabajo como presidente", es una de sus frases. Que tenga sentido ya es otra cosa. 

"[Biden] tenía restricciones de agua. Viene del cielo, ¿no? Así que quieres lavarte las manos. O, como yo, quieres lavarte el pelo. Me enjabono y no hay agua. No voy a mencionar el tercer elemento del baño porque siempre me critican. Si no sabes de qué hablo, entonces no deberías tener una franquicia de McDonald’s", es otra de sus clásicas.

Más: "Lincoln probablemente fue un gran presidente. Aunque siempre me he preguntado: ¿por qué no se resolvió eso? ¿Sabes? Soy de los que piensan que no tiene sentido que hayamos tenido una guerra civil", ha llegado a decir.

En sus 15 meses de mandato, ha confundido Albania con Armenia, repetidamente. Ha confundido Groenlandia con Islandia, repetidamente también. Creía que la Administración Biden había gastado ocho millones de dólares para convertir a ratones en transgénero y así lo dijo. También afirmó que los somalíes tienen un coeficiente intelectual muy bajo y que los haitianos comen perros norteamericanos. 

"Si el tipo del asiento de al lado empezara a hablar así en el metro, te levantarías y te cambiarías de vagón", resume gráficamente el periodista Mark Bulgutch, histórico de la CBC.

"Si el tipo del asiento de al lado empezara a hablar así en el metro, te levantarías y te cambiarías de vagón"

Los desvaríos de Trump ya no se consideran noticia, pero han sido tantos, tan graves, tan gruesos, que hasta los mercados de predicción que monitorean la probabilidad de que Trump sea destituido de su cargo bajo la 25ª Enmienda constitucional (la que contempla la falta de facultades) experimentan un aumento constante. Según Newsweek, en Kalshi, una de las plataformas de apuestas reguladas más grandes del país, el martes, el día en que se cumplía la amenaza trumpista, se llegó al 27%, lo que suponía un quintuplicar los datos habituales y llegar al más alto desde que volvió al Despacho Oval, en enero de 2025. 

Polymarket, otra de las páginas de apuestas, mostraba ese día una probabilidad del 65% de que se le destituya en algún momento al presidente, por impeachment (juicio político) o por incapacitación. Con el alto el fuego, ha bajado cinco puntos, pero sigue alto porque nadie se fía del armisticio... ni de su presidente. 

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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