Sobrevivir a la violencia sexual en Darfur
En abril de 2026, Sudán entra en su cuarto año de guerra. Para la población civil, el conflicto ha significado una violencia implacable: ejecuciones masivas, tortura, detenciones y la destrucción de hogares, hospitales e infraestructura esencial.
En Tawila, el estado de Darfur Norte, Sudán, el paisaje se ha transformado a medida que sucesivas oleadas de personas que huyen de la violencia en todo Darfur han llegado en busca de refugio desde el inicio de la guerra en 2023.
Campamentos como el de Daba Naira continúan creciendo después de que muchas familias huyeran de los ataques perpetrados por las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) en El Fasher, Zamzam y los pueblos alrededor, con picos de llegadas masivas en abril, agosto y, de nuevo, en noviembre de 2025, tras la caída de El Fasher el 26 de octubre.
Muchos llegaron cargando apenas lo que podían llevar consigo; a menudo, nada más que la ropa que llevaban puesta.
En abril de 2026, Sudán entra en su cuarto año de guerra. Para la población civil, el conflicto ha significado una violencia implacable: ejecuciones masivas, tortura, detenciones y la destrucción de hogares, hospitales e infraestructura esencial.
En todo Sudán, la violencia sexual se ha convertido en una característica omnipresente de la guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) y las FAR, afectando a mujeres y niñas no solo en las líneas de frente, sino también en las rutas de desplazamiento y dentro de comunidades que ya luchan por sobrevivir. Los informes describen agresiones perpetradas por múltiples atacantes, a menudo frente a familiares, y señalan patrones de ataques étnicos dirigidos contra comunidades no árabes como herramienta de humillación y terror.
Muchas de las personas que llegan a Tawila han caminado durante días. Traen consigo historias de pérdidas profundas, de familias desgarradas y de una violencia inimaginable sufrida a lo largo del camino.
En uno de los espacios seguros establecidos por Médicos Sin Fronteras (MSF) en Tawila, en el estado de Darfur Norte, Sudán, miembros de la comunidad y equipos de MSF se reúnen para hablar sobre salud mental y violencia sexual. Estos espacios están diseñados para ofrecer información, reducir el estigma y alentar a los sobrevivientes a buscar atención médica.
En muchos casos, la primera vez que las supervivientes escuchan que existe apoyo médico y psicológico disponible es en estas conversaciones.
En poco más de un mes, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, MSF brindó apoyo básico -incluyendo primeros auxilios psicológicos y derivaciones a atención clínica- a 732 sobrevivientes de violencia sexual.
Las historias que emergen en estos espacios suelen ser dolorosamente similares: ataques durante la violencia en El Fasher, agresiones a lo largo de las rutas de desplazamiento, familias separadas o asesinadas, y largos trayectos a pie en busca de seguridad.
Sin embargo, el miedo, el estigma, la falta de recursos y la inseguridad siguen impidiendo que muchas supervivientes accedan a la atención que necesitan con urgencia.
Aisha, de 28 años, ha sido desplazada por el conflicto durante la mayor parte de su vida. Vivía en el campo de refugiados de Zamzam, en Darfur Norte, cuando los combates y el asedio se intensificaron en 2025.
“Mataron a mi hijo, de 12 años, frente a mi puerta”, recuerda. “Mi propio hijo”. Estaba jugando con otros niños cuando un proyectil impactó en la casa de un vecino. Tres de ellos murieron.
Esa misma noche, Aisha enterró a su hijo. Su esposo ya había sido asesinado anteriormente en el conflicto en El Fasher.
A medida que los bombardeos se intensificaban y la gente huía en todas direcciones, Aisha reunió a sus hijos y escapó a pie hacia Abu Delaig. “Caminamos durante casi cuatro horas”, dice. “La gente corría por todas partes”.
En el camino, Aisha fue violada mientras sus hijos se encontraban a poca distancia. Meses después, se dio cuenta de que había quedado embarazada como consecuencia de la agresión.
“No le conté a nadie lo que pasó. Mi esposo ya no estaba y su hermano tampoco. Me guardé todo para mí”.
Su camino no terminó ahí. Meses después, ya instalada en El Fasher, la violencia volvió a intensificarse y Aisha fue atacada nuevamente.
“Me golpearon y me violaron. Pasó dos veces. Luché contra ellos y me pegaron”, recuerda. “Las bofetadas que me dieron me causaron dolor en los ojos. Me golpearon un diente y se me cayó”.
Tres días después, comenzó a sangrar.
“Me golpearon tan fuerte que se me bajó. Ahí supe que había perdido el embarazo”, dice. “El sangrado duró casi un mes entero”.
“Nuestra vida era bonita, pero después de que mataran a mi esposo y a mi hijo… ojalá hubiera muerto yo también. Pero nadie muere hasta que llega su hora”.
Cuando se sienta con otras personas, escucha historias similares a la suya. “Dicen: ‘mi hijo murió’, ‘mi esposo murió’, ‘mi hermano murió’. Al escucharlos pienso que todos somos iguales”.
A pesar de todo, su atención sigue centrada en sus hijos. “Ahora solo quiero criarlos”, dice. “Si pudiera encontrar trabajo, lo haría. Pero todavía estoy demasiado enferma para trabajar”.