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16/09/2015 07:30 CEST | Actualizado 15/09/2016 11:12 CEST

Cómo un paraíso vacacional se ha convertido en un imperio de las tinieblas

hungary migrantsHungría sigue siendo la ciudad más hermosa de Europa, pero ya no puedo volver allí. Hace algún tiempo que las personas decentes, bienintencionadas y de buen corazón han pasado a ser una minoría en este país. La UE debe hacer que Hungría asuma su responsabilidad ante todo este salvajismo y extremismo xenófobo, aunque a los líderes políticos europeos les sigan importando un comino los valores europeos.

ASSOCIATED PRESS
People arrive at a temporary holding center for migrants in the early morning near the border between Serbia and Hungary in Roszke, southern Hungary, Monday, Sept. 14, 2015. (AP Photo/Matthias Schrader)

Hubo un tiempo en que estuve enamorado de Hungría. Pasé un total de cinco veranos entre el Lago Balatón en Budapest y la Puszta, la gran llanura húngara, desde los seis a los dieciséis años. Volviendo atrás la mirada, ojalá hubiera pasado diez veranos más.

Aquellas templadas aguas del lago, aquella arena sedosa, como si hubiera sido creada especialmente para mis delicados pies de niño; allí tuve mi primera experiencia marítima y probé unas crêpes deliciosas, las mejores del mundo.

Y luego estaba la vida en la capital. La arquitectura art nouveau, las empinadísimas escaleras mecánicas del metro y el elegante Puente de Erzsébet, que reconocía por su estampa en las monedas de cincuenta céntimos de florín. En aquella época, Budapest era para mí la ciudad más hermosa del mundo. Y, de hecho, lo sigue siendo.

Pero ya no puedo ir de vacaciones a Hungría. Cada minuto que pasara allí me resultaría incómodo. Si me cruzara con cualquier persona afable y simpática --como me solía pasar--, de inmediato me asaltaría la duda de si la persona frente a mí habría votado durante las pasadas elecciones a los populistas de ultraderecha o a los fascistas.

¿Cómo podría un extranjero como yo viajar a un país inundado de xenófobos? Hablamos de un país que ha establecido zonas de tránsito en la frontera con Serbia para deportar a los migrantes, en unas condiciones que serán con toda seguridad paupérrimas.

El mundo entero ha podido ver que, durante los últimos cinco años, Hungría se ha transformado en un imperio de las tinieblas. Y a pesar de que Hungría no es una dictadura, el país ha dejado de ser una auténtica democracia.

Con más del cuarenta por ciento de los votos, el partido de Viktor Orban, Fidesz, había asegurado hasta hace poco dos tercios de los escaños del parlamento. Ahora, gracias a las reformas electorales, iniciadas por Orbán personalmente durante su primera legislatura, los distritos electorales húngaros están configurados de tal forma que la izquierda húngara no puede afianzarse en ningún sitio.

Imagine que este escenario tuviera lugar en Alemania: Angela Merkel tendría el poder de permitir a las regiones más conservadoras, como Baviera, Hesse y Sajonia, tener el doble de representación parlamentaria, al mismo tiempo que reduciría a la mitad el poder político de las regiones más a la izquierda, como Bremen, Renania del Norte-Westfalia y Brandemburgo. Menuda locura, ¿no? Pues esta locura se ha hecho más o menos realidad en Hungría.

Pero aquí no acaba la cosa. La libertad de prensa también está en peligro, al menos desde que en en 2011 se legislara una reforma para la supervisión de los medios de comunicación. Ahora, una autoridad orwelliana, apodada Autoridad Nacional de Medios de Comunicación y Telecomunicaciones (NMHH) tiene como tarea garantizar que los medios de comunicación ofrecen una cobertura "equilibrada". La NMHH puede imponer multas cuantiosas (hasta el equivalente a veinte años de salario) a periodistas y blogueros. Tiene incluso la autoridad para aprobar nuevas regulaciones. Y ni que decir tiene que la definición de equilibrado viene dada por la misma NMHH. Su presidenta, Monika Karas, es una jurista que ha representado a los medios de comunicación de Fidesz durante años. En su discurso inaugural, aseguró que los medios de comunicación deberían estar al servicio de la "la comunidad".

En el pasado, ya se produjo un escenario similar en Alemania. De 1933 a 1945 los periodistas tenían que rendir cuentas ante el Gobierno. Una medida parecida se impuso igualmente en el bloque oriental de la República Democrática Alemana. Hay una serie de motivos, excelentemente razonados, por los que este tipo de autoridades ya no existen en las democracias occidentales.

El antisemitismo ha regresado de la mano de Orbán. El pueblo gitano y su lengua, el romaní, corren peligro, al igual que los homosexuales. Por último, y por si fuera poco, el partido fascista Jobbik ha ganado fuerza, un grupo político que hace que los legendarios agitadores de la derecha europea, como Jörg Haider o Jean-Marie Le Pen, parezcan prácticamente inofensivos.

Jobbik tiene casi un treinta por ciento de popularidad en las encuestas. En las próximas elecciones, posiblemente nos encontraremos a sólo unos pocos miles de votos de ser testigos de la primera toma de poder fascista desde la Segunda Guerra Mundial.

En serio, Hungría, ¿en qué tipo de nación te has convertido?

Recientemente, una fotógrafa llamada Petra László sintió la necesidad de poner una zancadilla a un refugiado. Mientras el hombre caía, con su hijo en brazos, la cámara lo grababa en el suelo como si la cosa no fuera con ella.

Hasta hace poco no había un especial interés por el odio que se había estado acumulando en los corazones de los húngaros durante años. Pero László, que había sido contratada por un canal de televisión digital afiliado a Jobbik, ha puesto al fin un rostro a la abominable misantropía en Hungría.

A partir de ahora, gracias a Dios, nadie puede fingir ignorancia sobre los perturbadores acontecimientos en Hungría: personas de todo el mundo pueden identificar fácilmente a esta mujer en vaqueros gastados haciendo tropezar a un padre de pelo canoso con su hijo en brazos.

La reacción de su jefe, además, es digna de escuchar: despidió a la periodista veinte minutos después de que se emitiera el vídeo. En referencia a la infame escena, afirmó que la violencia contra otras personas nunca debería tolerarse, "ni siquiera cuando son refugiados".

Semejante declaración nos ofrece un pequeño atisbo de lo que yace en el interior de este hombre; para él, según parece, los refugiados podrían ser considerados como unos humanos de tercera clase.

Hay otros ejemplos, innumerables, de odio y salvajismo contra los refugiados en Hungría, entre los que se incluyen:

  • Las odiosasdeclaraciones del Obispo de Szeged, quien debería ser excomulgado por el papa Francisco en persona.
  • La pasividad de la política húngara, que permitió que la estación de trenes de Budapest, Keleti, se hundiera en el caos para más tarde usar el incidente en su propio favor.
  • Los abusos de los agentes de policía por casi todo el país en la actualidad.

Se percibe un hedor desde el corazón del sistema político, una actitud categóricamente vergonzosa para una nación que fue una vez poderosa y valiente, un pueblo que se mantuvo firme ante los tanques soviéticos en 1956 y que derribó el Telón de Acero en 1989.

Siento una lástima especial por las muchas personas en Hungría que se solidarizan con los refugiados y ayudan a aquellos que lo necesitan. A menudo tienen que asumir grandes riesgos para socorrer a los demás. En Hungría, hace algún tiempo que estas personas decentes, bienintencionadas y de buen corazón han pasado a ser una minoría.

La UE debe hacer que Hungría asuma su responsabilidad ante todo esto, aunque a los líderes políticos europeos les sigan importando un comino los valores europeos.

Hungría, en su situación actual, no tiene derecho a ser miembro de la UE.

A título personal, unas consecuencias tan dramáticas como éstas me entristecerían, pero espero vivir lo suficiente como para ver cambiar los tiempos que vivimos, para que pueda volver a visitar Hungría sin miedo a encontrarme con algún xenófobo.

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Este post apareció originalmente en HuffPost Alemania y ha sido traducido del inglés de la edición estadounidense de The WorldPost por Diego Jurado Moruno.