Maider, ceramista en una aldea de Asturias tras 16 años en una multinacional: "Esto no es un trabajo de 40 horas semanales, es una forma de vida. Ahora duermo por las noches"
Después de sufrir un episodio de estrés que la llevó al hospital, decidió dejar su empleo, mudarse a un pequeño pueblo asturiano y empezar de cero con un taller de cerámica.

Hay quienes pasan años persiguiendo el éxito hasta darse cuenta de que no era el suyo. Es lo que le ocurrió a Maider, una mujer que, tras pasar 16 años trabajando en una multinacional, decidió dar un giro radical a su vida. Dejó atrás la oficina, el estrés y una carrera consolidada para instalarse en una pequeña aldea del oriente de Asturias, donde hoy vive rodeada de naturaleza y dirige su propio taller de cerámica.
En una entrevista publicada en YouTube, Maider recuerda que llegó a ocupar puestos de responsabilidad y reconoce que aquella etapa le aportó mucho en lo profesional. Sin embargo, con el paso de los años empezó a sentir que se había alejado de la persona que era. "Me habían vendido un concepto de éxito y yo había peleado por ese concepto de éxito. Conseguí un poquito ese tipo de éxito, pero no fue el éxito real. El éxito real es ahora", explica.
El día que su cuerpo dijo basta
El punto de inflexión llegó cuando el estrés terminó pasándole factura. Durante una reunión comercial sufrió un episodio vasovagal que acabó con ella en una ambulancia camino del hospital. "Cuando te pasa algo así dices: '¿Qué estoy haciendo con mi vida?'", recuerda. Aquel momento le hizo replantearse su futuro, especialmente pensando en su hijo, que entonces tenía siete años.
Pese al vértigo de abandonar un empleo estable, decidió asumir el riesgo. "Me permito el lujo de fracasar", se dijo antes de renunciar a la empresa y empezar desde cero en un oficio del que apenas sabía nada. "Acabé un viernes a las tres de la tarde y el lunes a las ocho de la mañana me levanté pensando: 'Ahora soy ceramista'", relata entre risas.
"No es un trabajo, es una forma de vida"
Hoy su casa y su taller son el mismo lugar. Allí imparte clases, crea sus propias piezas y mantiene vivo un proyecto que, asegura, exige mucho más que una jornada laboral convencional. "Esto no es un trabajo de 40 horas semanales. Es una forma de vida", afirma. Explica que un taller requiere una dedicación constante, desde atender pedidos hasta limpiar, mantener hornos, comprar materiales o reciclar barro. "Puedes pasarte un mes sin descansar un solo día", reconoce.
Pese a esa intensidad, asegura que nunca se ha sentido mejor. "Ahora duermo por las noches; antes no dormía. Los 16 años que estuve en la multinacional tenía tanto estrés que ni digería el alimento", recuerda. Para ella, el éxito ya no se mide en el sueldo, sino en el tiempo compartido con su hijo, en la comunidad que ha construido alrededor de la cerámica y en la tranquilidad que ha encontrado. "No tengo muchos dineros, pero lo gestiono bien. Lo que más euros tengo es de abrazos, de sonrisas, de risas y de gente que quieres y que te quiere. Esto es el éxito", concluye.
