Ni trincheras ni balas: el espacio, el nuevo campo de batalla y disuasión del mundo
Más allá de la atmósfera, se transforman los conflictos, se alteran las influencias, se cambian las condiciones de la pelea, se multiplican las fuerzas y se hace negocio. La invasión rusa de Ucrania ha sido ejemplar para entender lo que se viene.
Horas antes de que los tanques cruzaran la frontera de Ucrania, hace cuatro años, el asalto ruso ya había comenzado. Poco después de las 03:00 de la madrugada de aquel 24 de febrero de 2022, decenas de miles de módems satelitales en el país y en varias naciones de Europa Central quedaron fuera de servicio. Y es que el primer objetivo de la invasión rusa fue un sistema satelital, Viasat. Sin trincheras, sin balas, sin tanques, sin cazas y sin misiles. Así empezó la guerra que oprime el corazón de nuestro continente.
El ciberataque fue hecho hasta sin uniforme, porque fue atribuido a ciberdelincuentes patrocinados por los de Vladimir Putin, tuvo como objetivo una red comercial y buscaba inutilizar las comunicaciones militares ucranianas, pero también provocó una interrupción generalizada de los servicios de internet en toda Europa. Es la guerra moderna, en la que una línea de código malicioso dirigida a satélites en órbita o infraestructura crítica en la Tierra lo altera todo.
El viceprimer ministro y ministro de Transformación Digital de Ucrania, Mykhailo Fedorov, ahora en Defensa, ya escribía en X dos días después de la invasión: "Elon Musk, mientras intentan colonizar Marte, ¡Rusia intenta ocupar Ucrania! Mientras sus cohetes aterrizan con éxito desde el espacio, ¡los cohetes rusos atacan a la población civil ucraniana! te pedimos que proporcionen estaciones Starlink a Ucrania y que insten a los rusos cuerdos a que se mantengan firmes".
Durante los tres años siguientes, Kiev recibió más de 50.000 terminales Starlink, el servicio de internet satelital de alta velocidad y baja latencia desarrollado por SpaceX, empresa de Musk, dueño de X, de paso. Así, el Ejército de Volodimir Zelenski ha podido conectar mejor el campo de batalla y proporcionar comunicación ininterrumpida en los lugares donde más se necesita: hospitales, escuelas, instalaciones de infraestructura crítica. Eso, sin contar con los apagones que, del otro lado, ha ordenado Musk sobre los servicios que se prestaban al invasor ruso.
En estos años, ha surgido una cantidad sin precedentes de imágenes satelitales, que han acabado en manos de Ucrania y en el dominio público, documentando los movimientos de las fuerzas con un nivel de precisión y rapidez desconocido. Es otra de las características de esta nueva guerra espacial: la capacidad de generar información fiable.
Ha sido, sin duda, un punto de inflexión en el papel del espacio en la guerra. Considerado antaño un ámbito remoto y predominantemente estratégico, lo que hay más allá de la atmósfera es ahora fundamental para el día a día de los conflictos armados. Claro que no es nuevo, que países como Estados Unidos ya se apoyaron en el espacio exterior en operaciones como Tormenta del Desierto, en 1991, pero Ucrania ha demostrado el valor añadido que supone, cuando tienes las de perder ante un Ejército como el ruso, a la hora de lograr resistir o incluso aventajar al adversario en el campo de batalla de siempre. Comunicaciones, vigilancia, selección de objetivos e intercambio de información... todo con base en informaciones aportadas por empresas privadas, lo que ha llevado a bautizar esta crisis como la primera guerra espacial comercial conocida.
Está pasando también en la nueva guerra, la de EEUU e Israel en Irán, desde la que llegan imágenes satelitales esenciales para informar sobre ataques, tanto en la República Islámica como en los países de la región. Unos por oscurantismo y control de la información clásicos y otros por miedo a las consecuencias económicas de los bombardeos, están tapando parte de esas agresiones, pero desde arriba se ven y se cuentan por los grandes medios y las grandes agencias (previo pago, cómo no).
Si el espacio da poder, también se convierte en diana. Es algo visto también en la guerra europea, en la que Rusia ha tratado de bloquear satélites para dejar tuerto al enemigo, y también a la inversa, cuando han llegado los recursos. Las interferencias y ciberataques han estado y están al orden del día. La tierra, el mar, el aire, el ciberespacio y, ahora, el espacio, son dominios que pueden ser explotados, atacados y defendido en tiempos de guerra.
"Ecualizador" y "multiplicador"
Kari A. Bingen, directora del Proyecto de Seguridad Aeroespacial e investigadora del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Georgetown (EEUU), ha publicado un informe en el que repasa las características principales de este nuevo uso del espacio para la defensa y la seguridad.
Estima que uno de los aspectos más "impactantes", visto claramente en Ucrania, ha sido el uso "extensivo y eficaz" de esas capacidades espaciales para reforzar las defensas y la resiliencia de una nación ante un ataque. "Es probable que esta tendencia sea más frecuente en futuros conflictos a medida que las tecnologías espaciales proliferen cada vez más y los datos y servicios satelitales se vuelvan más accesibles", augura. "En muchos sentidos, las capacidades espaciales se convirtieron en un gran ecualizador y multiplicador de fuerza, permitiendo a Ucrania superar sus límites en el campo de batalla", detalla.
Kiev se apoyó no sólo en la firma de Musk, sino en la empresa estadounidense Maxar o en la finlandesa ICEYE, que aportaron información en los días previos y posteriores a la invasión. Y por eso se sabía el enorme potencial que Putin había desplegado, aunque pocos Gobiernos escucharon a las inteligencias que avanzaban lo que acabó pasando. "Junto a los drones guiados por GPS y otras municiones, esas imágenes permitieron a las fuerzas ucranianas rastrear los movimientos militares rusos, dirigir contraataques (incluso en las profundidades del territorio ruso) y planificar estrategias defensivas con mayor precisión", convirtiendo una guerra que se quería rápida en cuatro años de resiliencia. Aquella famosa serpiente de tanques que iba hacia la capital se paró por toda esa información, por ejemplo.
En el campo de batalla, los satélites comerciales que proporcionan servicios de internet de banda ancha también han desempeñado un papel crucial. El despliegue generalizado de las terminales Starlink de SpaceX, impulsado por el llamamiento de Fedorov en Twitter, ayudó a garantizar que las fuerzas ucranianas mantuvieran comunicaciones resilientes a pesar de las interrupciones cibernéticas y de interferencias rusas. Un salvavidas que permitió a los comandantes mantenerse en contacto con unidades dispersas, compartir inteligencia y realizar operaciones descentralizadas, una ventaja clave para resistir a un adversario más centralizado y convencionalmente superior.
El campo de batalla ucraniano se ha convertido "en un crisol para la experimentación, el desarrollo de tácticas y la asunción de riesgos, con empresas privadas desplegándose en zonas de guerra y el gobierno ucraniano adoptando sus tecnologías", dice el informe. "Las capacidades espaciales han desempeñado un papel crucial en esta convergencia de tecnologías, que ha permitido un nivel de conocimiento del espacio de batalla e innovación en el campo de batalla impensable para un país como Ucrania hace tan solo unos años", ahonda.
Los recursos espaciales también se han empleado con fines humanitarios y diplomáticos, de forma revolucionaria. Las imágenes satelitales se han utilizado "para trazar rutas de evacuación, evaluar los daños a la infraestructura y documentar pruebas de crímenes de guerra". En un ejemplo claro, un satélite capturó la palabra "дети" ("niños", en ruso) pintada en el suelo frente al teatro de operaciones de Mariupol antes del bombardeo ruso del lugar. "Estas imágenes no clasificadas no solo han sido útiles para la planificación operativa ucraniana, sino también como herramientas de diplomacia pública, permitiendo al Gobierno ucraniano y a sus aliados contrarrestar la desinformación rusa y conseguir apoyo internacional", detalla Bingen.
Rusia no se ha quedado quieta en esta rama, más aún viendo los beneficios que sacaba su agresor. Sigue siendo una potencia espacial global, pero su programa espacial "se ha atrofiado en los últimos años, afectado por las sanciones, el envejecimiento de la población y la corrupción", dice el CSIS. Como resultado, ha recurrido al uso de satélites de teledetección civiles y comerciales de otros países para complementar sus propias capacidades.
Por ejemplo, el Grupo Wagner adquirió imágenes satelitales de empresas chinas como Spacety y HEAD Aerospace, lo que llevó al Departamento del Tesoro de EEUU a imponer sanciones contra dichos proveedores en enero de 2023. Según diveros informes, las fuerzas rusas también han obtenido Starlink, ilícitamente, para mejorar su propia conectividad y coordinar ataques contra posiciones ucranianas.
"Hoy en día, cualquier nación que busque ventaja militar o de información, o cualquier nación con menos armamento que desee igualar las condiciones, puede aprovechar la ventaja del espacio. Ya sea defensor o agresor, dispondrá de una amplia gama de datos y servicios espaciales, y de empresas comerciales dispuestas a proporcionárselos", recuerda la autora.
Una nueva realidad
No hablamos sólo de Ucrania y Rusia, sino de una nueva realidad instalada ya en la guerra moderna, en la que los sistemas basados en el espacio son los principales objetivos en fases iniciales de un ataque, especialmente aquellos que proporcionan capacidades de comando, control, comunicaciones, ordenadores, inteligencia, vigilancia, reconocimiento y selección de objetivos.
Los conflictos recientes subrayan esta tendencia. Por ejemplo, el 7 de octubre de 2023, Hamás atacó las cámaras de vigilancia fronteriza y las torres de comunicaciones israelíes para inhabilitar las comunicaciones militares y el comando y control (nodos C2, abreviatura de Command and Control, o Comando y Control) y ralentizar cualquier respuesta a sus atentados en cadena, que dejaron 1.200 muertos y 251 secuestrados en Israel. Y, a la contra, durante la Operación León Ascendente, el 13 de junio de 2025, Tel Aviv llevó a cabo ataques generalizados contra nodos C2 militares iraníes, junto con ataques a instalaciones nucleares y personal clave. No se dirigieron a satélites (Irán tiene pocos), pero sirvió para erosionar sus comunicaciones y su coordinación militar, ralentizando la respuesta en la Guerra de los 12 Días. Y el pasado miércoles, Teherán informó de que lanzó ataques contra centros de recepción de datos satelitales de Israel, sin ir más lejos.
"El Ejército estadounidense ha evaluado desde hace tiempo que sus sistemas C4ISR, en particular los basados en el espacio, serían uno de los primeros objetivos en un conflicto con China", reconoce la especialista. Se refiere a unas infraestructuras tecnológicas críticas de defensa que integran sensores, redes y análisis de datos para proporcionar conocimiento situacional en tiempo real.
En el Indopacífico, las fuerzas estadounidenses dependen en gran medida de la posición estratégica del espacio para la disuasión, la defensa y el combate. Por eso, los satélites son vitales para proporcionar indicaciones y alertar sobre la actividad militar china, conectar fuerzas distribuidas a lo largo de vastas distancias marítimas y permitir el empleo de armas de precisión.
Durante las últimas tres décadas, Washington ha sido quien ha dominado el espacio, en particular, proyectando, organizando y maniobrando fuerzas "con relativa impunidad", dominando todos los ámbitos de la guerra y llevando a cabo "operaciones de C2, análisis de señales y persecución de objetivos prácticamente sin obstáculos". Pero ese tiempo parece acabar, porque la apuesta ahora es global y se desafía su poder. Y surge el miedo, claro, cuando se desvela que Ejército Popular de Liberación chino pretende aprovechar sus propias redes C4ISR para obtener una ventaja competitiva.
"En conflictos futuros, la capacidad de interrumpir o negar el C4ISR de un adversario será a la vez una objetivo estratégico y una vulnerabilidad: dar prioridad a las propias arquitecturas, capacidades y procesos C4ISR resilientes y adaptables en entornos operativos disputados, así como a las inversiones en capacidades contra C4ISR".
De la reserva al arsenal diario
Luego está "el uso y la producción de sistemas de guerra electrónica que interfieren con el sistema global de navegación por satélite (GNSS) y las transmisiones SATCOM", marítimas, que también ha sido central en la guerra ucraniana, donde "los esfuerzos rusos se han dirigido a socavar el rendimiento de las armas de precisión suministradas por Occidente, complicando el uso de drones e interfiriendo con el C2 y las comunicaciones militares".
Estas armas de guerra electrónica, también consideradas armas antiespaciales porque sus objetivos son capacidades y servicios espaciales, se han integrado en las fuerzas terrestres convencionales y se han desplazado por el campo de batalla, en todo el mundo. Antes, esas capacidades se mantenían en reserva estratégica. Ahora, se emplean y son "parte del arsenal diario" de las fuerzas terrestres en los niveles táctico y operativo de la guerra.
Israel es otro empleador asiduo de esta tecnología, al llevar a cabo "interferencias y suplantación generalizadas y persistentes de GPS", ante las amenazas constantes de misiles y drones lanzadas por Irán, Hamás, Hezbolá y los hutíes de Yemen. EEUU también ha comenzado a aumentar sus inventarios de sistemas de guerra electrónica desplegados por el Ejército y la Fuerza Espacial para "interrumpir las comunicaciones de sus adversarios, sus cadenas de eliminación y sus enlaces de selección de objetivos".
El peligro no es sólo para los conflictos armados, sino que la fuerza de esas intervenciones puede afectar al campo civil y comercial, a la seguridad pública, por la "ubicuidad" de la guerra electrónica. El Programa de Seguridad Aeroespacial del mismo tanque de pensamiento, en las ediciones de 2024 y 2025 de sus Amenazas Espaciales, se destacan interferencias y suplantación de GPS diarias en regiones como el Mar Báltico, Oriente Medio y partes del sur de Asia.
En 2023, la Federación Internacional de Asociaciones de Pilotos de Líneas Aéreas emitió advertencias a los pilotos sobre buques de guerra chinos involucrados en interferencias de señales de radio y GPS sobre el Mar de China Meridional, el Mar de Filipinas, el Océano Índico oriental y el noroeste de Australia. Varias agencias de la ONU han enfatizado los daños de las interferencias y la suplantación, señalando que la interferencia con las señales de navegación por satélite es una amenaza para la seguridad aérea y marítima.
Las consecuencias de una mayor transparencia
La proliferación de capacidades espaciales, incluyendo activos espaciales comerciales, ha introducido un nuevo nivel de transparencia en la guerra actual. Desde profesionales de inteligencia y fuerzas militares hasta empresas privadas de inteligencia de código abierto y analistas aficionados, pasando por periodistas, más personas podrán evaluar las fuerzas militares y su postura. Incluso, podrán contrarrestar la desinformación gracias al acceso a imágenes comerciales y otras fuentes de datos de acceso público.
Esta transparencia tiene implicaciones estratégicas. "Permite la rápida atribución de la actividad militar, contrarresta la desinformación y mejora el conocimiento de la situación", dice el informe. Durante los primeros días de la guerra de Ucrania, la disponibilidad de imágenes satelitales ayudó a desmentir las narrativas rusas y proporcionó evidencia en tiempo real de las atrocidades y los acontecimientos en el campo de batalla. Las imágenes generaron, también, "una mayor conciencia pública sobre la agresión rusa"y ayudaron a las naciones a unirse para condenar las acciones de Moscú en foros diplomáticos, responder con asistencia de seguridad a Ucrania y evaluar los daños a la infraestructura y los lugares de importancia cultural de Ucrania.
Pero poner más información y tan detallada en circulación "es un arma de doble filo", porque los adversarios también se benefician de un mayor acceso a las capacidades y servicios espaciales. EEUU está aterrado con los avances que puede lograr China en breve si es capaz de integrar lo que le llega por esta vía con su tecnología propia, sobre todo en IA. "Esto exige un cambio fundamental en el entrenamiento, la doctrina, la planificación operativa y la postura", avisa la autora.
También ambivalente es la disuasión, que es uno de los efectos más claros que genera esta carrera espacial. Como en otro tiempo las armas nucleares, todos los avances en el cielo amedrentan al contrario y conocer más y mejor lo que se cuece preocupa. Sin embargo, de nuevo, depende todo de en qué manos caiga dicha información: a Putin saber lo que ha ido sabiendo no le ha frenado en nada en su afán expansionista. Lo que no ha podido hacer es negar sus acciones ni taparse ante una orden de arresto por crímenes de guerra de la Corte Penal Internacional.
La apuesta de EEUU y de Europa
Pese a los avances de sus adversarios, aún es EEUU quien lleva adelanto en esta carrera por el espacio. Durante mucho tiempo, ha estimado el control del espacio como una misión central, pero se ha mostrado reticente a discutir públicamente sus capacidades. Esa postura está cambiando. En abril de 2025, la Fuerza Espacial de EEUU publicó un marco de combate espacial que enfatiza tanto las "acciones ofensivas como defensivas" para lograr la superioridad espacial.
Se establece el espacio como un dominio de guerra independiente, enfocado en proteger los intereses estadounidenses, garantizar la libertad de operación y proyectar poder militar. Se centra en tres pilares: preservar la libertad de acción, facilitar la letalidad conjunta y brindar opciones independientes. Por encima de apuestas y números, destaca porque normaliza, sin vuelta de hoja, la guerra orbital.
Clayton Swope, subdirector del Proyecto de Seguridad Aeroespacial e investigador, igualmente, del CSIS, dice claramente que la nueva estrategia "es un multiplicador de fuerza ahora para la fuerza conjunta y lo será aún más en el futuro si el Pentágono juega bien sus cartas".
A este lado del Atlántico, Francia ha sido particularmente franca entre las naciones occidentales, describiendo planes para desarrollar y desplegar capacidades orbitales contraespaciales y satélites de guardaespaldas, potencialmente con sistemas de retroceso o interferencia a bordo. Incluso empresas comerciales, como True Anomaly, con sede en EEUU, están desarrollando nuevas "naves espaciales construidas específicamente para la superioridad espacial". Esto plantea el espectro de que en el futuro los operadores de satélites podrían contratar a empresas privadas para proteger sus activos. Hay muchas y potentes, de Airbus a Eutelsat, de SES Satellites a OHB BE y Thales, por citas apenas unas cuantas.
En Capacidades espaciales para apoyar operaciones militares en el teatro de operaciones europeo, un informe del londinense Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés), se destaca que el sector espacial en el viejo continente está creciendo, pero se ve afectado por la fragmentación y los intereses nacionales. Si se pone sobre la mesa dinero suficiente y hay voluntad política común "el progreso será constante y progresivo", pese a que Europa es hoy un peso pesado en ciencia civil, más que en militar.
Hace falta "más cohesión interna" y un mejor intercambio de datos, para aprovechar los dos grandes instrumentos de que ya se ha dotado: el Programa Espacial de la UE y las iniciativas en la materia de la OTAN.
Las preguntas
El uso del espacio, como se ve en el conflicto de Ucrania, plantea profundas cuestiones políticas para el futuro de la guerra, en las que coinciden los expertos. En primer lugar, la importancia de las capacidades espaciales comerciales para las operaciones militares exige un replanteamiento de las relaciones público-privadas. Los Gobiernos occidentales, por ejemplo, han dependido tradicionalmente de las capacidades comerciales como complemento a los sistemas nacionales. Cada vez más, estas capacidades son fundamentales para la planificación operativa y países como Polonia adoptan soluciones espaciales comerciales como base para sus constelaciones de satélites soberanos. Les va la supervivencia en ello, estando como están cerca de Rusia.
Esto genera nuevos desafíos en materia de adquisición, integración y protección, también. ¿Cómo pueden las fuerzas aliadas incorporar rápidamente servicios espaciales comerciales en operaciones conjuntas y de coalición? ¿Cómo se pueden estructurar los contratos y las alianzas para garantizar la capacidad de respuesta y la resiliencia en situaciones de conflicto? ¿Y qué obligaciones tiene un Ejecutivo para proteger los activos comerciales que se convierten en objetivos militares?
Otro tema de intenso debate es si los satélites comerciales usados con fines militares se convierten en objetivos legítimos, según las leyes de los conflictos armados. Funcionarios rusos han hecho declaraciones recurrentes que sugieren que consideran dichos sistemas como objetivos militares válidos. Esto genera preocupación sobre la protección de la infraestructura de doble uso y la posible escalada del conflicto en el espacio.
Y otro tema clave es la disuasión. ¿Cómo se pueden disuadir los ataques a activos espaciales, incluidos los operados por proveedores comerciales? ¿Qué combinación de señales, posturas y capacidades se requiere para transmitir resolución sin provocar una escalada?
La clasificación también es una barrera, especialmente en EEUU, "Gran parte de la arquitectura espacial estadounidense sigue siendo altamente clasificada, al igual que ciertas capacidades aliadas e iniciativas de cooperación en defensa espacial, lo que dificulta el intercambio de información entre aliados y la integración de socios comerciales. A medida que el espacio se vuelve más disputado y congestionado, el intercambio de información y la interoperabilidad serán vitales", dice el CSIS.
Finalmente, los líderes del sector espacial se verán cada vez más involucrados en cuestiones geopolíticas y de seguridad global. Empresas como SpaceX, Maxar y otras se han visto obligadas a tomar decisiones geopolíticas, como la prestación de servicios en regiones en disputa, la gestión del acceso de adversarios y el equilibrio entre los intereses comerciales globales y la seguridad nacional. Eso es nuevo, más allá del negocio.
También hay indicios emergentes de cooperación adversaria en el espacio. Rusia y China han expresado interés en una mayor colaboración espacial, y el apoyo chino a los esfuerzos militares rusos en Ucrania sugiere una creciente disposición a compartir capacidades. Una "coalición de conveniencia" en el espacio de las naciones contrarias puede ser el contrapeso.
Queda mucho por aclarar, en lo tecnológico, lo legal, lo militar y hasta lo moral. Hay lecciones de Ucrania, tan urgentes como perdurables, de las que hay que tomar nota, pero cada país, cada continente, es un mundo, con sus necesidades y urgencias. Lo que está claro es que nadie puede perder el tren del espacio, porque es el del presente y el del futuro, el que marca la diferencia.