Los pinganillos en la PAU desatan una paradoja para los expertos: universidades se abren a espiar a los copiones
La proliferación de pinganillos para copiar también implica el auge de detectores que además tienen la capacidad de grabar conversaciones.
Cuando un chaval está a punto de empezar sus Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) los nervios los tiene a flor de piel. Ya no es solo la ansiedad por un examen de tanta importancia (determinará su futuro inmediato, sus siguientes años): la parafernalia que rodea al evento no ayuda. Para muchos es la primera vez que pisan una facultad o un centro universitario, y los examinadores no son sus profesores de siempre.
Por eso las caras de angustia son mayúsculas cuando muchos examinadores están recordando estos días que en los exámenes de la antigua Selectividad no está permitido llevar relojes o pulseras inteligentes, auriculares o gafas inteligentes. Los wearables, los accesorios de moda ya convertidos en minúsculos ordenadores, están a la orden del día. Y eso se está haciendo notar en la educación superior.
Aunque muchos de estos jóvenes en realidad no tengan intención de hacer trampas en las PAU, las consecuencias pueden ser fatales en caso de que a alguien se le olvide entregar su reloj. Así lo recoge un reciente reportaje publicado en el diario El País que destaca cómo los examinadores amenazan con el cero en caso de que se intuya la más mínima posibilidad de un intento de fraude.
Pero hay veces que esos excesos de confianza (o mesura de vergüenza) vienen del otro lado. En ese mismo reportaje se da cuenta de que hay ya centros universitarios utilizando herramientas para interceptar los minúsculos pinganillos con los que muchos estudiantes tratan de engañar a quienes vigilan estos controvertidos exámenes. La técnica tiene ya lustros: un cómplice fuera con acceso al examen te va cantando las preguntas con los apuntes delante.
¿Esas comunicaciones son privadas? Ese es el gran debate que ha suscitado la noticia: algunas universidades no solo están interceptando los pinganillos, algo que entraría dentro de su reglamento propio. Algunas están desplegando herramientas que además escuchan y grabarían las conversaciones que mantienen los copiones. Copiones espiados: ¿qué derecho impera aquí?
"Más allá de la tecnología, la conversación puede ser privada"
Ese es precisamente el debate que ha impulsado en redes el abogado y experto en derecho digital Borja Adsuara, quien además es docente universitario. "La conversación entre el alumno que usa un pinganillo para copiar en un examen y el cómplice que está fuera del aula, ¿está protegida por el secreto de las comunicaciones, o no es secreta?", se preguntaba en redes sociales.
La herramienta que se está utilizando en la Universidad Complutense de Madrid para prevenir estos fraudes, por ejemplo, permite grabar las conversaciones de los pinganillos. El creador de esa herramienta asegura que consultó a la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) y esta le indicó que la cuestión queda fuera del ámbito de la protección de datos porque las comunicaciones no son ni protegidas ni privadas.
Es cierto que el artículo 18.3 de la Constitución Española garantiza "el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial". Y también que las "comunicaciones abiertas" quedan fueras de la protección constitucional. Esas comunicaciones abiertas pueden ser una radio comercial o un radioaficionado con pocas expectativas de privacidad. ¿Lo es un alumno copiando?
En conversación con El HuffPost, Adsuara cree que puede haber una equivocación o una interpretación errónea de la respuesta que dio la AEPD. "La Agencia puede decir que no entra dentro de la normativa de protección de datos porque entra dentro de la del secreto de comunicaciones", aclara. "La única duda que tengo es lo de que la emisión de un dispositivo como este va por el espectro radioeléctrico sin codificar y por tanto se puede mirar", apunta.
"Eso permitiría rastrear todas las comunicaciones en abierto. Más allá de que la tecnología codifique o no, la conversación sí es privada". Los centros universitarios que sí se deciden a espiar a los copiones justifican la medida en la necesidad de preservar una prueba para confirmar o mantener una sanción administrativa. Sin embargo, hay en juego derechos fundamentales.
Por eso Adsuara es más proclive a optar por la prudencia y no escuhar ni grabar: "Para qué meterse en líos de una posible intromisión ilegítima en el secreto de las comunicaciones si con un detector de dispositivos bastaría".
"La universidad no es una autoridad judicial"
En los mismos términos se refiere Jesús Cristóbal, también abogado además de docente en la OBS Business School y director de Sand, que introduce la expectativa de privacidad. "Lo que dice la universidad es que esa comunicación es abierta porque viaja por una frecuencia abierta y la expectativa de privacidad no puede ser demasiada... Pero la universidad no es una autoridad policial o judicial", aclara también en conversación con este medio.
Además está el punto de que se podría sostener la idea de una comunicación abierta desprotegida del derecho constitucional al secreto si la escucha de una conversación entre un estudiante tramposo con un cómplice fuese fortuita. Si no lo es "porque se ha montado un sistema de interceptación de comunicaciones entonces es deliberado, no es que te lo hayas encontrado, es que has ido a por ello", incide.
"La universidad tiene sus normas, sus estatutos, y las infracciones las puede sancionar. Pero si un alumno ve que sus comunicaciones son interceptadas podría recurrir a los tribunales y los jueces podrían decir que pruebas de esa naturaleza serían pruebas obtenidas ilícitamente", aclara Cristóbal. "En temas jurídicos siempre hay zonas grises", enfatiza, pero se está hablando de un "caso industrializado": una intercepción con potenciales escuchas y grabaciones constantes.
Otro debate incipiente es qué sucede cuando al otro lado del pinganillo no hay ningún cómplice, sino una inteligencia artificial generativa. Cristóbal advierte que en Reino Unido ya se están registrando casos así, y este año en las PAU la constante de los copiones ha sido ser descubiertos con el móvil desbloqueado entre las piernas con ChatGPT abierto. Al final, expone, sucede que "muchas universidades o centros todavía no se han adaptado".
De hecho, tanto Adsuara como Cristóbal detallan que cuando ponen exámenes a sus alumnos universitarios suelen centrarlos en resolver casos prácticos. En el caso de Cristóbal, además, ofrece en muchos casos hacer el examen con una herramienta de inteligencia artificial. Eso sí: también evalúa los prompts empleados y la investigación realizada con la herramienta. La tecnología lo cambia todo, pero para frenar el chuleteo no queda otra que tirar de ingenio.