"Que la guerra es mu perra": lo que dejó la guerra de Irak, el modelo a no seguir para Sánchez
El presidente español recupera un eslogan acuñado en 2003 por la corriente social que se opuso a la contienda de EEUU, apoyada por Aznar. Más que palabras, quedan las víctimas mortales, los desplazados, el fanatismo y el terrorismo posteriores.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha enarbolado esta mañana desde La Moncloa la bandera del "no a la guerra", en una comparecencia institucional mucha más profunda que un eslogan y que analiza aquí nuestro compañero Diego Alonso Peña. El socialista ha echado mano de una idea muy arraigada en la sociedad española, acuñada para oponerse a la invasión de Irak de 2003, para insistir en que su oposición a los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán de ahora va, tantos años después, por el mismo camino: hay que plantarse a una contienda ilegal y de consecuencias incalculables para Oriente Medio y para el mundo.
España participó en aquella contienda porque así lo decidió el presidente de entonces, el popular José María Aznar, que no solicitó una autorización formal al Congreso para ello. Se sumó a la batalla de EEUU, comandada por George W. Bush, embarcado en una guerra global contra el terrorismo tras los atentados del 11-S, y quien tampoco buscó una autorización explícita del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para sus actos. Para la Historia quedó aquella foto de Las Azores. Completaba el trío el líderes de Reino Unido, Tony Blair. El anfitrión era el portugués José Manuel Durão Barroso.
En El HuffPost repasamos las consecuencias de aquella contienda, en caliente y hasta la actualidad.
El origen
El 20 de marzo de 2003 el presidente de Estados Unidos, Bush, apareció en televisión para dar un mensaje que hoy sigue dividiendo a los estadounidenses: 48% creía en 2018 que comenzar guerra de Iraq fue una decisión equivocada, mientras que el 43% la consideraba acertada, según una encuesta del Pew Research Center.
"Compatriotas estadounidenses, en este momento, las fuerzas estadounidenses y de la coalición se encuentran en las primeras etapas de las operaciones militares para desarmar a Iraq, liberar a su pueblo y defender al mundo de un grave peligro", dijo el republicano.
La invasión de Iraq, que ocurrió entre el 20 de marzo y el 1 de mayo de 2003, fue llevada a cabo por una coalición de países, encabezados por Washington, y dio pie a una guerra que continuaría durante casi nueve años, hasta diciembre de 2011, cuando las últimas tropas estadounidenses en ese país cruzaron la frontera hacia Kuwait. Sin embargo, esas tropas volverían en 2014 para luchar contra el Estado Islámico (ISIS, EI o Daesh), antes de que en 2021 el presidente demócrata Joe Biden anunciara nuevamente su retirada.
Tras una larga relación de enemistad con el régimen de Saddam Hussein (en el poder desde 1979), un año después de los ataques terroristas del 11S, en septiembre de 2002, Bush expresó ante el Consejo de Seguridad de la ONU su preocupación sobre el país y su apoyo a organizaciones terroristas. Citaba expresamente a Al Qaeda, autora del 11-S. De acuerdo con reportes de inteligencia que resultaron falsos, se dijo que Bagdad amenazaba la seguridad de EEUU y de los países occidentales. Además, apuntó directamente contra el régimen de Hussein al asegurar, siguiendo desarrollos anteriores, que aún tenía armas de destrucción masiva. Al final, fue una alerta falsa.
Consecuencias humanitarias
La invasión de Irak causó numerosas víctimas civiles, pero no generó de inmediato una crisis humanitaria grave ni desencadenó una migración masiva, porque fue tan rápida que los problemas vinieron después. Sin embargo, ya las operaciones de contrainsurgencia de la coalición, incluyendo ataques masivos a ciudades como Faluya, provocaron un aumento sustancial de la mortalidad y grandes desplazamientos, afectando a cientos de miles de personas.
A partir de 2006, los enfrentamientos sectarios se agravaron y la violencia intercomunitaria provocó un aumento de muertos y heridos, así como nuevos desplazamientos masivos.
Diversos estudios indican que más de 100.000 y hasta más de 200.000 civiles iraquíes murieron a causa de la violencia directa. Las estimaciones totales, incluyendo causas indirectas, superan las 460.000 personas. Por su parte, el Departamento de Defensa de EEUU registró más de 4.400 muertes de sus efectivos desde el año de la invasión hasta la retirada final, 2010. Reino Unido registró 179 bajas. Un total de 11 militares y agentes de inteligencia españoles murieron durante, entre 2003 y 2004, incluyendo siete agentes del CNI emboscados en octubre de 2003 y otros fallecidos en ataques o accidentes. La misión española, conocida como Brigada Plus Ultra, se retiró definitivamente en julio de 2004.
La tasa de mortalidad en Irak ha aumentado drásticamente desde entonces, indica el Global Policy Forum (Foro de Política Global, GPF, por sus siglas en inglés), un organismo independiente de vigilancia de políticas. Con la intensificación de los bombardeos y ataques terrestres de la oalición, así como el aumento de la violencia sectaria, un número cada vez mayor de iraquíes se vio obligado a abandonar sus hogares y los grupos minoritarios se encuentran ahora en grave peligro. Según ACNUR, llegó a haber 1,9 millones de desplazados internos en el país y dos millones de refugiados huyeron a países vecinos, especialmente Siria y Jordania.
El desempleo y la pobreza también aumentaron drásticamente. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), un tercio de la población vive actualmente en la pobreza. La educación se ha desmoronado. Además, las necesidades básicas de los iraquíes en materia de agua potable, alimentos, saneamiento y electricidad no están cubiertas. Los hospitales carecen de suministros médicos básicos y carecen de personal suficiente.
El sistema internacional de ayuda humanitaria no ha podido responder a los crecientes desafíos humanitarios. Las propias agencias internacionales se han enfrentado a graves dificultades para llegar a los iraquíes en riesgo, sobre todo por la violencia, a lo que se suma la falta de presupuesto.
Consecuencias políticas
Irak ha atravesado en estos años por un largo período de inestabilidad, con grupos armados como el autoproclamado Estado Islámico aprovechando el vacío de poder dejado por la disolución del Ejército y la prohibición del partido Baaz, el de Saddam. Escribe Human Rights Watch en su informe anual: "Si bien Irak continúa disfrutando de mayor seguridad y estabilidad, tras décadas de conflicto armado, la impunidad, la falta de justicia y rendición de cuentas por delitos graves, la reducción del espacio cívico, las deficiencias del sistema judicial, las normas jurídicas discriminatorias que afectan desproporcionadamente a las personas LGBTI, las mujeres, los niños y las minorías, y la prestación inadecuada de servicios gubernamentales siguieron siendo motivos de preocupación clave".
"Las autoridades también intensificaron los ataques contra los derechos de los iraquíes al aprobar o intentar aprobar leyes draconianas que restringirían sus libertades. Estas incluyen una ley que penaliza la homosexualidad, un proyecto de enmienda a la Ley del Estatuto Personal y un proyecto de ley sobre el derecho a la información. Continúan la represión violenta de los manifestantes y las detenciones de periodistas que cubren las protestas", ahonda.
La última década ha sido muy dura. En 2014, el Estado Islámico avanzó hacia Irak desde Siria y se apoderó de partes de la provincia de Anbar, expandiéndose finalmente al norte del país y capturando Mosul en junio de 2014. El expresidente norteamericano, el demócrata Barack Obama, autorizó ataques aéreos selectivos contra militantes del ISIS en Irak y Siria, y EEUU formó una coalición internacional de casi 80 países para contrarrestar al grupo terrorista. Fuerzas regionales, incluidos hasta 30.000 soldados iraníes (¿está o no está todo conectado?), se unieron al ejército iraquí, a las tribus locales y a los peshmerga kurdos en operaciones para recuperar territorio del Estado Islámico, recuperando Tikrit en abril de 2015, Ramadi en diciembre de 2015, Faluya en junio de 2016 y Mosul en julio de 2017.
El actual presidente norteamericano, Donald Trump, ya en su primer mandato, aumentó drásticamente la presencia en Irak a principios de 2017, para poner fin "rápidamente" al Daesh; el gobierno iraquí declaró la victoria sobre el grupo en diciembre de 2017. Desde entonces, la mayoría de las tropas extranjeras se han retirado del país, a excepción de un pequeño contingente estadounidense .
A finales de abril de 2018, el Ejército estadounidense disolvió oficialmente el comando que supervisaba la lucha contra el Estado Islámico en Irak, declarando el fin de las operaciones de combate importantes contra el grupo. Aproximadamente 2.500 soldados estadounidenses permanecen en Irak por invitación del Gobierno local como parte de una misión para entrenar, asesorar y asistir al ejército iraquí en la lucha contra el terrorismo interno.
Lo más grave son las tensiones sectarias subyacentes en Irak, entre grupos suníes y chiíes, así como las tensiones entre grupos kurdos en el norte y el gobierno de Bagdad, exacerbaron la lucha para desalojar al Estado Islámico. Estas tensiones se intensificaron tras la invasión estadounidense y actualmente aún amenazan la estabilidad del Gobierno iraquí, que busca reconstruir el país e impedir el resurgimiento del yihadismo.
"También persiste la preocupación de que las secuelas del conflicto y los desafíos de la reconstrucción y la reintegración conduzcan a la desintegración de Irak y que la tensión sectaria azote la región durante años, posiblemente transformándose en un conflicto indirecto entre diversos grupos internacionales", expone el Council on Foreign Relations (Consejo de Relaciones Exteriores, CFR, por sus siglas en inglés) en su imprescindible rastreador de conflictos globales.
Una coalición de partidos liderada por el clérigo chií Muqtada al-Sadr obtuvo una sorpresiva victoria en las elecciones parlamentarias iraquíes de mayo de 2018. Su victoria planteó dudas sobre la continua influencia iraní en Bagdad, ya que el bloque chií de al-Sadr históricamente ha mantenido enfrentamientos con los grupos respaldados por Irán en Irak. Tras las elecciones de 2021, en las que se vio una mayor representación de los grupos minoritarios, el parlamento recién elegido no pudo formar un gabinete de coalición, lo que precipitó una crisis política.
El intento de asesinato del primer ministro Mustafa al-Kadhimi en noviembre de 2021 desencadenó enfrentamientos armados entre el gobierno iraquí y las milicias respaldadas por Irán, acusadas de orquestar el ataque. En medio de la crisis política, todo el bloque político de al-Sadr dimitió del parlamento en una apuesta para presionar al gobierno a elegir un presidente. La maniobra resultó en gran medida contraproducente, ya que el bloque de al-Sadr fue rápidamente reemplazado, lo que permitió que los grupos chiíes respaldados por Irán asumieran la mayoría en el parlamento. Al-Sadr se retiró de la política en agosto de 2022, dejando el control del Gobierno iraquí a sus rivales respaldados por Irán.
En 2022, Abdul Latif Rashid fue elegido presidente, con la promesa de devolver la normalidad al país. El cargo de primer ministro finalmente recayó en Mohammad Shia al-Sudani, aliado de Irán desde hace mucho tiempo. Su Gobierno proiraní incluye ministros vinculados a varias organizaciones terroristas designadas por EEUU.
Sin embargo, al-Sudani ha adoptado una postura mesurada, pragmática, al expresar su deseo de mantener las fuerzas estadounidenses en Irak, al tiempo que continúa la política de " equilibrio y apertura " de su predecesor. Estados Unidos sigue preocupado por la creciente intervención de Irán en Irak y su gobierno, lo cual ha perturbado las relaciones iraquíes con la Casa Blanca y la reintegración con otros países árabes, en particular con los ricos países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).
Mientras tanto, el ISIS no ha muerto, continúa asolando Irak, a pesar de su reducida presencia y a que le prestamos menos atención porque no llega apenas a golpear en Occidente. Ha regresado a sus raíces insurgentes y se ha centrado en orquestar una campaña de ataques relámpago.
Irak hoy
Irak sigue experimentando estos años de agitación, pasado el régimen de Saddam Hussein. No, no ha habido prosperidad ni democracia. Antes había sectarismo y tiranía y sanciones y corrupción, pero luego hay violencia, fractura, sectarismo, desorganización. Hay desempleo (roza el 16%) y pobreza (un 17,5, pero mejorando), siguen los desplazados, no se ha acometido una reconstrucción completa y los planes estadounidenses se han visto empantanados por el fraude, la mala gestión y la incompetencia. Así que las consecuencias duran, desde 2003.
En enero, el valor del dinar iraquí alcanzara nuevos mínimos. Para resolver estos problemas críticos, al-Sudani -que sigue en el mando- ha implementado varias medidas, entre ellas la aprobación de un presupuesto de 152.000 millones de dólares destinado a crear empleos en el sector público y aumentar los salarios.
Sin embargo, la inestabilidad política persiste. A finales de marzo de 2023, el Gobierno iraquí aprobó enmiendas que aumentarían el tamaño de los distritos electorales, reduciendo así las oportunidades de que partidos más pequeños y candidatos independientes obtuvieran escaños en futuras elecciones. Estas enmiendas contaron con el apoyo del Marco de Coordinación, respaldado por Irán, pero resultaron controvertidas, provocando manifestaciones y obligando a varios diputados a dimitir y posponer la sesión.
De igual manera, a finales de junio de ese año, más de 50 diputados renunciaron al parlamento local de la región kurda iraquí. Protestaron contra un fallo del Tribunal Supremo Federal Iraquí que rechazó su decisión de retrasar las elecciones regionales. Este fallo es otra señal de que Bagdad ha controlado en gran medida la autonomía de la región kurda, tras haber afirmado su control sobre los ingresos petroleros y las infraestructuras clave.
Días después, miles de seguidores iraquíes de un clérigo chií protestaron en las principales ciudades iraquíes, criticando la quema de un Corán durante una manifestación en Suecia, exigiendo la expulsión del embajador sueco de Irak y asaltando la embajada sueca en Bagdad. Estas movilizaciones demuestran la capacidad de al-Sadr para fomentar la inestabilidad, a pesar de la suspensión de su movimiento en abril.
En agosto también de 2023, grupos alineados con Irán asesinaron a manifestantes kurdos en la disputada ciudad norteña de Kirkuk por la entrega de un edificio al Partido Democrático Kurdo (PDK). Tras días de mortíferos enfrentamientos étnicos, el Tribunal Supremo de Bagdad suspendió la orden de Al-Sudani de devolver el edificio al PDK el 1 de septiembre. Esta provincia, rica en petróleo, se encuentra en la línea divisoria entre la región autónoma kurda y las zonas controladas por el gobierno iraquí. Ha sido el epicentro de algunos de los peores episodios de violencia en Irak desde la llegada del Estado Islámico.
Mientras tanto, Turquía ha intensificado sus ataques militares contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PPK) en el norte de Irak, incluyendo un ataque con drones que mató a siete miembros el 24 de agosto. A finales de agosto, Turquía instó a Irak a designar al PKK como organización terrorista, alegando la amenaza que representa el grupo para la seguridad tanto iraquí como turca.
A finales de agosto de 2023, el gobierno iraní anunció que el gobierno central iraquí se había comprometido a desarmar y reubicar a los grupos militantes de la región kurda del norte de Irak para el 19 de septiembre. A pesar del éxito conjunto del gobierno iraquí y el Gobierno Regional Kurdo en Erbil, las tensiones entre Turquía y los kurdos aumentaron tras un atentado suicida del PKK frente a un edificio gubernamental en la capital turca, Ankara, en octubre. El primer ataque en la capital turca desde 2016.
En respuesta, las fuerzas turcas llevaron a cabo ataques aéreos en el norte de Irak, destruyendo dieciséis objetivos del PKK. La situación continuó escalando con nuevos ataques turcos en el norte de Irak en 2024, tras un ataque del PKK el 22 de diciembre contra una base turca que mató a doce soldados, y un ataque similar el 12 de enero que mató a nueve más.
En el transcurso de la guerra entre Israel y Hamás, de 2023 a 2025 (si es que se puede decir que ha acabado) los grupos milicianos respaldados por Irán en Irak y Siria han atacado a las tropas estadounidenses en la región más de 165 veces en oposición a la campaña de Israel en Gaza. Los 2.500 soldados estadounidenses restantes en Irak han sido objeto de ataques constantes en sus bases, como la base aérea de Al-Asad en el oeste de Irak, donde un ataque el 17 de octubre resultó en la muerte de un contratista civil estadounidense.
En febrero de 2024, EEUU llevó a cabo una serie de ataques de represalia en respuesta a un ataque en Jordania contra un puesto militar estadounidense cerca de la frontera con Siria que mató a tres soldados estadounidenses. Los ataques incluyeron más de ochenta y cinco objetivos en todo Irak y Siria y fueron los primeros de una respuesta de varios niveles por parte de la Administración Biden. Según el gobierno iraquí, 16 personas , incluidos civiles, se encontraban entre los muertos en la primera ronda de ataques estadounidenses, mientras que veinticinco resultaron heridos. El 5 de febrero de 2024, Rusia convocó una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, donde el embajador ruso acusó a Estados Unidos de violar el derecho internacional al atacar a Irak y Siria.
Es pues, 23 años después de su invasión, un punto de tensión mundial de primer orden.