Qué se necesita para abrir Ormuz: los pasos de EEUU e Irán que aguardan con ansia los mercados
Washington ha ampliado en cinco días su plazo a Teherán para reabrir el estrecho. Si no lo hace, destruirá sus centrales eléctricas. Habla de "conversaciones productivas" y anula el 'deadline' inicial, que era esta noche. Los ayatolás prometían responder.

Los analistas no dejan de hablar estos días de la fog of war, o sea, la niebla de guerra. Más que un concepto, es una duda permanente: la incertidumbre sobre la ubicación, capacidad e intención del enemigo durante un conflicto. En la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, son los dos últimos elementos los que más descolocan. Nadie sabe hasta cuándo pueden o quieren aguantar las partes en litigio. Y nadie sabe, realmente, cuál es la meta final de esta crisis.
Los mayores vaivenes provienen de la Casa Blanca. El presidente norteamericano, Donald Trump, se contradice a sí mismo sin sonrojo. A finales de la semana pasada dijo que la guerra -esa que llama "excursión"- está prácticamente terminada, pero en paralelo ampliaba el despliegue de fuerzas en Oriente Medio. Si bien el conflicto está llegando a su fin, los bombardeos y ataques con misiles estadounidenses e israelíes contra objetivos iraníes no cesan y se habla de "varias semanas" más de contienda, según los funcionarios tanto de Washington como de Tel Aviv.
La apertura del estrecho de Ormuz, el punto estratégico por donde transita el 20% de las exportaciones mundiales de petróleo, es una "simple maniobra militar", pero por ahora sólo los buques autorizados por Irán transitan por sus aguas. El Ejército iraní se ha retirado, pero los drones y misiles siguen atacando objetivos en la región y estos objetivos se han extendido hasta la base conjunta estadounidense-británica de Diego García. Ante este panorama, Trumo cambia: amenaza a Irán y le da 48 horas para reabrir Ormuz "completamente y sin amenazas". De lo contrario, comenzaría a atacar las centrales eléctricas iraníes, "empezando por la más grande".
Esos dos días se cumplían esta madrugada y el mundo contenía la respiración. Sin embargo, esta misma mañana, el republicano ha madrugado, ha echado mano de Truth Social y ha concedido cinco días más al régimen de los ayatolás porque, dice, se están produciendo "conversaciones muy positivas y productivas" con Teherán que hacen innecesaria la andanada prometida. A Israel no lo cita en ningún momento.
No se había visto un tomo así desde el inicio de la operación Furia Épica, el 28 de febrero pasado. "Conversaciones profundas, detalladas y constructivas", dice Trump. Medios iraníes, sostiene AFP, están contrariando a EEUU, porque afirman que no hay negociaciones entre Teherán y Washington. Su fuente: el Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, que cree que todo es parte de un intento "de reducir los precios de la energía".
El nuevo plazo está "sujeto al éxito de las reuniones y conversaciones en curso", pero supone un alivio ante una escalada que se preveía inminente, con los mercados esperando con ansia. Pero estamos en el punto de partida, en realidad: ¿estamos "muy cerca" del fin, como dice Trump? ¿Y de qué estamos cerca? Porque, en una de sus últimas comparecencias, ha explicado que sus objetivos son degradación o destrucción del Ejército iraní, su infraestructura de defensa y su programa de armas nucleares, así como la protección de los aliados estadounidenses en la región. No habla de acabar con el régimen. Tampoco habla de la apertura permanente de Ormuz.

Los iraníes insisten en que el estrecho solo está cerrado a EEUU, Israel y los países que atacan a la República Islámica, pero los 138 barcos que solían transitar por la vía marítima diariamente se han reducido a media docena, y los drones, misiles, lanchas rápidas de ataque y minas representan peligros constantes que han alarmado a las aseguradoras marítimas.
Teherán ha avisado de que, si EEUU cumple su órdago, pondrán en marcha un plan de cuatro puntos, con el que la infraestructura crítica y las instalaciones energéticas de la región podrían quedar "irreversiblemente destruidas". Consistiría en:
- Cerrar por completo el estrecho de Ormuz hasta que se reconstruyan las centrales eléctricas destruidas.
- Ataques generalizados contra las centrales eléctricas, la infraestructura energética y la infraestructura de tecnología de la información (TIC) de Israel.
- Destrucción de todas las empresas similares de la región que tengan accionistas estadounidenses.
- Legitimidad para atacar las centrales eléctricas de los países de la región que albergan bases estadounidenses.
Eso, afortunadamente, queda como poco en espera, mientras avanzan o no las negociaciones bilaterales. ¿Pero qué es lo que se puede hacer para mantener abierta esa vía esencial? ¿Tiene EEUU la capacidad de entrar e imponer una apertura? ¿Qué puede pasar si transcurren estos días y nada avanza?
¿Poder? Depende y cómo
Para los analistas Joe Costa y Theresa Luetkefend, del Atlantic Council (un tanque de pensamiento con sede en Washington), "EEUU tiene la capacidad de restablecer la libre circulación de buques", pero como dijo el vicealmirante Brad Cooper, actual comandante del Comando Central de los Estados Unidos (CENTCOM, por sus siglas en inglés), en su testimonio ante el Senado el año pasado, "la remoción de minas del estrecho de Ormuz llevaría 'semanas y meses, no días'”.
Las capacidades estadounidenses de desminado en Oriente Medio no han sido puestas a prueba en gran medida. El otoño pasado, la Armada de EEUU "desmanteló todos sus dragaminas de la clase Avenger estacionados en Oriente Medio". Los cuatro restantes de la flota se encuentran actualmente desplegados en Japón y eso supone, dicen los especialistas, al menos dos semanas de viaje si se decide Trump a movilizarlos.
El Pentágono también sustituyó su flota en la zona con tres buques de combate litoral. "Si bien estos buques poseen capacidades más avanzadas de contramedidas contra minas, según informes, han mostrado limitaciones técnicas", avisan. Además, dos de los tres se encuentran actualmente en Singapur para una "parada programada de mantenimiento y logística", mientras que el tercero, según informes que maneja el Atlantic, está en el océano Índico, presumiblemente para evitar ataques iraníes. En cualquier caso, muy lejos de donde serían necesarios si la idea es abrir Ormuz por las malas.
Para apoyar y facilitar una misión de desminado, la Armada estadounidense podría requerir "patrullas aéreas de combate capaces de defender los activos de desminado contra operaciones de drones y lanchas rápidas iraníes, y posteriormente, potencialmente, defender buques comerciales una vez desminados".
Esta capacidad aérea tendría que reasignarse, también, de otras misiones existentes en la región o de otros escenarios, lo que pondría a prueba aún más la preparación, especialmente en el Indo-Pacífico, que es el área que realmente más preocupa a largo plazo en la Casa Blanca, aunque se enrede en otras cosas mientras.
Por último, "la misión en sí misma, independientemente de su éxito, podría revelar a China las tácticas y el momento oportuno para el desminado estadounidense, con implicaciones en el estrecho de Taiwán". No es que le convenga dar cuartos al pregonero, precisamente.

Una de las opciones que medios norteamericanos como Newsweek, con fuentes en el Departamento de Guerra, plantean como posibles si EEUU decide abrir el estrecho a la fuerza es ir primero a por la isla de isla de Jark. Está situada a 24 kilómetros de la costa y desde ahí se procesa el 90% de las exportaciones de petróleo crudo de Irán, por lo que es uno de sus motores económicos.
"Esto sólo podría ocurrir después de que el ejército estadounidense degrade aún más la capacidad militar de Irán en torno al estrecho, pero también requeriría más tropas, algo que la Casa Blanca y el Pentágono están considerando", indica el digital Axios. El contralmirante retirado Mark Montgomery declaró a este medio que dicha misión podría exponer a las tropas estadounidenses a un alto riesgo, dejándolas demasiado cerca de fuego enemigo, y que la toma de la isla provocaría que el régimen "cerrara el grifo del otro lado. Por eso, entiende como más probable que, tras dos semanas más de ataques para debilitar las capacidades de Irán, EEUU envíe destructores y aviones para escoltar a los buques cisterna. Una escolta, más que un ataque.
La toma de la isla, de por sí, no sería efectiva al 100%, coinciden los analistas, porque la República Islámica dispone de numerosas opciones militares para amenazar el tráfico a través del estrecho, incluyendo minas marinas, misiles, lanchas neumáticas equipadas con minas lapa y drones. Sobre las minas: ante el primer ultimátum de Trump, Teherán replicó avisando de que, dianas energéticas aparte, se dedicaría a plantar minas navales en todo el recorrido y también lanzaría explosivos a la deriva, lo que quiere decir que llegarían a todas las rutas de acceso a Ormuz. Todo el Golfo, en fin, quedaría bloqueado en la pŕactica. La culpa, avisan ya, sería de EEUU.
Antes de esta última guerra, el régimen iraní aún tenía motivos para evitar la confrontación total con EEUU, consecuencia inevitable del cierre del estrecho. Pero ahora la mentalidad iraní ha cambiado y eso hace todo más inestable, también. Se entiende como una lucha por su supervivencia, en la que se pueden usar todas las herramientas a su alcance, y el cierre del estrecho de Ormuz es una de ellas. No la van a soltar fácilmente, cuando es un elemento disuasorio de primera.
Y está la opción de la ayuda de los socios, esa que ahora brilla por su ausencia. Tras un año largo de insultos y desapego, de aranceles y exigencias territoriales (hola, Groenlandia), Trump se pensó que podía pedirle a sus súbditos de la OTAN todo lo que quisiera, pero no. Ahora, cuando se ha encontrado con el no de los países más desarrollados, dice que no los necesita. No obstante, si las conversaciones mejoran, no es descartable que entren en juego naciones europeas, incluso.
Por ejemplo, se ha barajado la posibilidad de crear una fuerza naval multinacional, como las Fuerzas Marítimas Combinadas (CMF), una agrupación con sede en Bahréin y de larga trayectoria, para operar en el golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz y las rutas de acceso desde el Océano Índico. Las CMF ya se han utilizado repetidamente desde 2001, principalmente en Oriente Medio, el océano Índico y el mar Rojo. Podría reconvertirse para proteger a los buques que transitan por el Ormuz, lo que sería más fácil que crear una agrupación desde cero, con la posibilidad de que algunas de sus 47 naciones miembros puedan optar por no participar, abunda el Royal United Services Institute (RUSI), un centro de estudios londinense.
Tiene un inconveniente: que toda esta estructura tiene "vínculos y dependencias" con la Armada de los EEUU en la región, por lo que, si no se gestionan con cuidado, podrían ser vistas como una extensión de ellas y no como un organismo verdaderamente independiente. Es por eso que otros analistas del Atlantic, como Daniel Fried y Jörn Fleck, se inclinan por la llegada de "ayuda" europea, mejor vista, y más orientada a los países del Golfo que están siendo atacados por Irán que a los propios EEUU. Pueden proporcionar protección a terminales energéticas también, de paso.
En ambos casos, podrían ayudar tanto con la detección de minas como con la vigilancia del tránsito con drones, tarea en la que Ucrania puede jugar un papel importante porque ha afinado su estrategia a base de hacer frente a los Shahed iraníes usados por su invasor, Rusia, desde hace cuatro años.
Los miedos: la energía, la vida
Al cierre de Ormuz se ha unido una andanada contra instalaciones energéticas de primer orden, tanto petroleras como gasísticas como eléctricas, y eso ha generado una tormenta perfecta en los mercados. La angustia por el desabastecimiento a los más de 90 millones de iraníes es alta, tanta como la del encarecimiento de productos en el resto del planeta.
El jueves pasado, el precio del crudo Brent superó ya el tope de los 115 dólares por barril , con un aumento acumulado de aproximadamente el 50% en el último mes. Este último repunte se produjo tras un ataque israelí contra el yacimiento de gas South Pars entre Irán y Qatar (representa un 20% del suministro mundial de gas natural licuado) y un ataque iraní como respuesta contra un importante centro de gas en este último país, lo que generó temores de que los ataques se extendieran a otras infraestructuras energéticas críticas en la región. Justo donde las dos partes están amenazando con poner la diana si se hunden estas hipotéticas negociaciones.
"Ha aumentado la preocupación del mercado de que el conflicto pueda derivar en una interrupción estructural del suministro", expone Landon Derentz, exdirector de Energía de la Casa Blanca durante la primera Administración Trump. "Un escenario así tendría consecuencias duraderas para la asequibilidad mundial de la energía, en lugar de ser una crisis transitoria que se disipa una vez que cesen las hostilidades y se reabra el Estrecho de Ormuz", avisa.
Las interrupciones causadas por los graves daños en Ras Laffan se producen «justo cuando Europa inicia su crucial temporada de recarga de depósitos de verano», añade Lisa . Hay pocas probabilidades de que los precios bajen mientras el suministro catarí permanezca interrumpido y Europa y Asia compitan por los limitados cargamentos de GNL, explica.
Desde la década de 1970, el mundo ha experimentado una crisis de suministro energético al menos cada década. Pero ahora el aumento de los precios de la energía es más severo porque la concentración de las exportaciones de energía a través del estrecho de Ormuz coincide con las continuas perturbaciones derivadas de la guerra de Rusia en Ucrania, lo que ha impulsado esfuerzos para limitar las exportaciones de petróleo y gas de Moscú.
"Los mercados están empezando a darse cuenta de que una mayor proporción de la producción energética mundial está involucrada en estos conflictos que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial", ahonda Josh Lipsky, exasesor del Fondo Monetario Internacional (FMI). Señala que los 11 países directamente involucrados en la guerra de Irán y la guerra de Ucrania representan el 51% de la producción mundial de petróleo crudo y el 56% de la producción mundial de gas, una proporción mayor que durante la primera guerra del Golfo.
Para cambiar la dinámica, los expertos plantean, ante todo, la reapertura de Ormuz, neutralizando el arsenal de misiles de crucero antibuque de Irán y sus capacidades asimétricas de drones, que también representan una amenaza significativa para la infraestructura energética regional, y limitando "la capacidad de Teherán para atacar activos energéticos críticos en el Golfo e interrumpir el transporte marítimo internacional a través del estrecho".
Miramos el bolsillo o los parqués en el mundo rico. Pero el mundo menos afortunado también ruega por la apertura de Ormuz. Dice el Programa Mundial de Alimentos de la ONU que la inseguridad alimentaria podría alcanzar niveles récord como consecuencia de la escalada en Oriente Medio y que hay directamente 70.000 toneladas de alimentos en el mar, afectados por parones, retrasos o cambios de ruta. Hay 45 millones de personas avocadas al hambre si el conflicto no termina a mediados de año y si los precios del petróleo se mantienen por encima de los 100 dólares por barril. Esto se sumaría a los 318 millones de personas en todo el mundo que ya padecen inseguridad alimentaria.
Las vías están congestionadas o hay que buscar caminos alternativos y eso implica semanas extra de viaje, más coste por mano de obra o seguros, problemas logísticos y un derroche en combustible en un momento de subida terrible de su precio. Hablamos de 21.000 toneladas de trigo o de 30.000 de conservas y productor energéticos.
Según el análisis del PMA, los países del África subsahariana y Asia son los más vulnerables debido a su dependencia de las importaciones de alimentos y combustible. Las proyecciones indican un aumento del 21 % en el número de personas con inseguridad alimentaria en África Occidental y Central, y del 17 % en África Oriental y Meridional. Se prevé un aumento del 24 % en Asia.

No es algo puntual
El problema de Ormuz va más allá de cómo se gestione en estas horas calientes. "Nos perseguirá mucho más allá del fin de la guerra", escribe Gideon Rachman en una tribuna en el Financial Times que no deja de compartirse. Todo el mundo sabía que el estrecho era un problema, son EEUU e Israel los que han atacado y ahora son ellos, "irónicamente y de forma exasperante", los que se ven abocados a reabrirlo porque la situación comercial y energética comienza a ser insostenible.
Ahora, el cierre del estrecho crea "tanto una crisis inmediata como un dilema estratégico a largo plazo". "El problema actual es que cuanto más tiempo permanezca cerrado, mayor será la amenaza de una recesión global. El dilema futuro radica en que Irán ahora sabe que el control del estrecho de Ormuz le otorga un dominio absoluto sobre la economía mundial. Incluso si relaja su control a corto plazo, puede volver a reforzarlo en el futuro", argumenta. Siempre ha tenido seguridad al respecto. Ahora tiene la certeza.
En la ecuación entra, también, lo que harán los vecinos del Golfo, ricos amenazados ahora como paraísos de la estabilidad y los negocios y que siguen sufriendo ataques diarios con drones y misiles. Su dilema, dice Rachman, también es más largo plazo. "¿Intentarán llegar a un acuerdo con el actual régimen iraní de línea dura, con la esperanza de persuadirlo de que nunca vuelva a cerrar el estrecho? ¿O presionarán aún más para lograr un cambio de régimen en Irán, aceptando todos los peligros que conlleva un conflicto militar prolongado y el caos regional?", se cuestiona.
Pase lo que pase en esta crisis, el régimen de los ayatolás o quienquiera que sea que mande en Teherán tiene perfectamente claro ya que no necesita siquiera un cierre total de Ormuz para quebrar al mundo, de Oriente a Occidente. Con disuadir a los barcos, asustar a las tripulaciones y aterrorizar a las empresas aseguradoras, basta.
Los efectos serían duraderos, como lo es la fijación de Trump con Irán. También en el pasado está la explicación de lo que ahora pasa y la confirmación de que, no, no estamos ante una crisis nueva, insólita, sino anunciada. Como ha rescatado el Financial, el magnate ya planteó en 1987 sus planes sobre Irán, a las puertas de la campaña para las presidenciales del año siguiente: nunca saltó, pero fue su primera aproximación a la política.
Su estrategia ha estado "a la vista". Ya entonces quería hacerse con la isla de Jark, se quejaba de que EEUU intentaba "proteger barcos que no nos pertenecen, que transportan petróleo que no necesitamos y que tienen como destino aliados que no nos ayudarán" y echaba la culpa a los países que no les apoyaban. Si le fallan los planes, volverá a culparlos, augura el diario.
