Cuál es el origen de la vieja y profunda rivalidad entre Irán, EEUU e Israel
Tel Aviv, Washington y Teherán no siempre se han odiado. Por un tiempo, fueron socios. La Revolución Islámica lo cambió todo. Ahora son archienemigos, con un encono y una desconfianza tan enquistados que no se espera distensión a la vista.

Oriente Medio es tan apasionante como complejo. De posición estratégica en el globo, es cuna de civilizaciones antiguas y de las mayores religiones monoteístas, centro de poderosos imperios, famosos por su riqueza cultural y científica, pero también protagonista de choques formidables, cumbre de reyes y foso de ambiciones.
Ha copado y copa titulares, desde los primeros pliegos y hojas volantes hasta los que hoy se leen en una pantalla. De Alejandro Magno a las cruzadas y Saladino hemos saltado a animadversiones como las de Estados Unidos, Israel e Irán, que nuevamente tienen a la región en llamas.
Pero este choque no siempre lo fue. Hubo un tiempo en el que Washington, Tel Aviv y Teherán no sólo se respetaban, sino que colaboraban. No eran archienemigos, sino aliados, socios. Ahora, el encono y la desconfianza están tan enquistados que no se espera distensión a la vista.
Hay que remontarse a hace más de 40 años, cuando la Revolución Islámica triunfó en Irán y se rompieron las relaciones con Israel y EEUU, que hasta entonces habían sido hasta buenas, de asociación en diversos campos. Con los religiosos en el poder, la propia existencia del Estado de Israel se puso en tela de juicio y comenzaron los deseos de aniquilación, concretados en ayudas de Teherán a grupos como Hamás o Hezbolá, que atacaban a su oponente desde Palestina o Líbano.
Tel Aviv, por su parte, cada vez más radicalizada desde el Gobierno, se afanó en atacar los intereses de los ayatolás en la región, el llamado Eje de Resistencia y en perseguir su programa nuclear, denunciando la inminencia de una bomba (nunca demostrada) y boicoteando acuerdos internacionales.
En los últimos años, golpes y contragolpes se han ido acelerando, hasta llegar al 7 de octubre de 2023, a los atentados de Hamás que dejaron 1.200 muertos y 251 secuestrados. Tras ellos, Tel Aviv vio la mano iraní, siendo como ha sido un financiador y formador histórico del partido-milicia palestino. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, se vio muy debilitado por los fallos de seguridad de aquel día y, obsesionado como está desde hace más de 30 años con Irán, ha ido apretando contra su adversario. Así, hasta bombardearlo por primera vez en 2024 y, más tarde, en la Guerra de los 12 Días, el pasado verano.
Mientras se aclara si hay o no negociaciones de paz en marcha, en El HuffPost repasamos el origen de este odio mutuo entre los aliados occidentales y el régimen de los ayatolás, que se ha convertido en un duelo de poder regional, en una desestabilización constante, en una duda de futuro complicada de predecir.
Los buenos tiempos
Las relaciones Israel-Irán no siempre fueron las que hoy copan la atención del mundo, para mal. Bajo la dinastía Pahlavi, al mando del Estado Imperial de Irán entre los años 1925 a 1979 hasta su derrocamiento por el golpe de estado de la Revolución Islámica, su historia fue fluctuando, hasta cuajar en cooperación estable en ámbitos diplomáticos o comerciales.
Hablamos de dos países que no tienen fronteras comunes ni reclamaciones territoriales pendientes ni guerras en el pasado que, a priori, no tendrían por qué llevarse tan rematadamente mal. Hay hasta 75.00 judíos en el mundo, hoy, que son de origen iraní. No había obstáculos para una diplomacia engrasada.
Irán fue uno de los 11 miembros del comité especial de las Naciones Unidas que se formó en 1947 para idear una solución para Palestina, después de que terminara el control británico del territorio, del llamado mandato. Al final, votó no al plan de partición, como India y Yugoslavia; Australia se abstuvo y los demás estados votaron sí, con lo que el plan de partición salió adelante. Prefería una solución federativa que consistía en mantener a Palestina como un estado único, con un parlamento, pero dividido en cantones árabes y judíos.
Teherán al fin justificó su voto diciendo que la solución propuesta aumentaría la violencia en la región para las generaciones venideras. Echando la mirada atrás desde este 2026, no se equivocó. Al declararse el Estado de Israel, las naciones árabes vecinas declararon la guerra y comenzó la Nakba o catástrofe palestina.
Sin embargo, con la contienda acabada e Israel echando a andar como país, se produjo un acercamiento rápido a Irán por parte de las autoridades del país recién parido. Tras Turquía, en 1950 se convirtió en la segunda nación de mayoría musulmana en reconocer el nuevo estado y comenzaron a construirse unas relaciones cordiales basadas en un adversario común: los países suníes de la zona (la mayoría musulmana iraní, un 96% de la población total, es chiíta).
Se sumaron varias cosas más: Teherán, llevándose bien con Israel, quería poder administrar los activos iraníes en Palestina, ya que alrededor de 2.000 de sus nacionales vivían aún allí y el Ejército israelí les había confiscado sus propiedades durante la guerra de independencia o primera guerra árabe-israelí. Y, además, el primer mandatario israelí, David Ben Gurion, empezó a aplicar su llamada "doctrina de la periferia", por la que buscó relaciones con estados no árabes en los bordes de Oriente Medio, en un intento de romper el aislamiento internacional y, sobre todo, regional, de su país.

Una crisis de poder interna provocó que el sha de Persia, Mohammad Reza Pahlavi, tuviera que exiliarse brevemente. Se hizo con las riendas del país el primer ministro, Mohammad Mosaddegh, conocido no sólo por querer la nacionalización de la industria petrolera del país, sino porque rompió con Israel, al que consideraba como un servidor de los intereses occidentales en la región.
Pero en 1953, el sha regresó con toda su fuerza a Irán, con un golpe avalado por Estados Unidos y Reino Unido. La CIA buscaba, sobre todo, evitar la influencia soviética en el país persa y eso originó la desconfianza del pueblo iraní hacia Washington, que luego resurgiría cuando se protestase contra el monarca, décadas más tarde. Como Washington y Londres, desde su nacimiento, fueron aliados totales de Israel, esta cercanía acabó mejorando también las relaciones Teherán-Tel Aviv.
Israel estableció una embajada de facto en Teherán y, finalmente, los dos estados intercambiaron embajadores en la década de 1970. Los lazos comerciales crecieron y pronto Irán se convirtió en un importante proveedor de petróleo para Israel. El mejor ejemplo: la colaboración en 1968 para construir un oleoducto destinado a enviar petróleo iraní a Israel y luego a Europa, desde el mar Rojo hasta Ashkelom, en la costa mediterránea israelí.
Teherán y Tel Aviv también mantuvieron una amplia cooperación militar y de seguridad, pero en gran medida se mantuvo en secreto, para evitar provocar a las naciones árabes de la región. Hay reportes de ello, publicados por la prensa israelí y que han dado lugar a investigaciones académicas en las Universidades de Tel Aviv y la Hebrea de Jerusalén. Israel sacaba más beneficio que Irán de la alianza, pero a Pahlavi contentar a EEUU le rentaba también lo suyo.
Así logró, por ejemplo, que su aparato de seguridad contase además hasta con formación del Mossad, mientras se ponía de perfil ante la causa palestina. Otra vida, otro mundo.
La revolución
En 1979, el autoritario sha fue derrocado en una revolución, quedando como el último monarca del país. Irán había vivido bajo su mando una etapa de modernización acelerada, conocida como la Revolución Blanca; con ayuda de Occidente levantó al país económicamente, restringiendo la importancia del Islam en la ciudadanía. Pero también fue un mando autoritario, que utilizaba a la policía secreta (SAVAK) para reprimir, censurar y encarcelar a la oposición. La corrupción, la desigualdad económica y la percepción de una pérdida de identidad cultural y religiosa frente a la influencia occidental generaron un malestar generalizado.
Todo cuajó en una protesta nacional y así nació la nueva República Islámica de Irán, la que hoy conocemos, por la que la élite religiosa se hizo con el poder. Las protestas en las calles se sucedían, con disidentes de todo tipo, una mezcla heterogénea de izquierdistas y conservadores, laicos y religiosos, que acabó forzando a la marcha del sha. Fue el ayatolá Ruhollah Jomeini, el líder de los ayatolás, quien acabó mandando, aunando a todos los opositores, pero con el tiempo, también, llevó el curso del río donde quiso, impulsando una nueva visión del mundo que defendía predominantemente el Islam y cargaba contra quien lo viera de otra manera a base de detenciones y ejecuciones.
Abogaba también por enfrentarse a las potencias mundiales "arrogantes" y cargaba contra sus aliados regionales, los que oprimirían a otros –incluidos los palestinos– para servir a sus propios intereses. Por resumir: si EEUU era el "Gran Satán", como lo llamaba Jomenei, Israel era "el pequeño Satán". Ambos habían sido buenos con el sha, ergo eran malos con su relevo. Así que, con esa visión, hizo lo esperado: cortó todos los vínculos con Israel. Los ciudadanos ya no podían viajar entre estados y se cancelaron rutas de vuelo, convenios comerciales y relaciones diplomáticas.
Uno de los episodios que mejor reflejan el nuevo cisma fue el asalto de miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica y grupos estudiantiles de la embajada estadounidense en Teherán, tomando como rehenes a 52 funcionarios. Es la llamada crisis de los rehenes, que duró 444 días y rompió para siempre las relaciones entre los religiosos y la Casa Blanca.
La embajada de Israel en Teherán se transformó en embajada de Palestina. Jomeini revirtió el reconocimiento de Israel de primera hora y nunca más se ha recuperado. Jomeini también declaró cada último viernes del mes sagrado musulmán del Ramadán como el Día de Al Quds (Jerusalén) y desde entonces se han celebrado grandes manifestaciones ese día en apoyo de los palestinos en todo Irán.
En los años 80 aún quedaban, pese a todo, algunos convenios vivos, pero murieron de forma previsible. El presidente estadounidense de entonces, Jimmy Carter, rompió las relaciones diplomáticas con Irán en 1980 e impuso un embargo comercial que se ha ido transformando y endureciendo. En septiembre de ese año, Irak invade territorio iraní y comienza una guerra de ocho años en la que EEUU apoya al régimen de Sadam Hussein, aumentando la animosidad con Irán. Para el 84, Irán ya era un "Estado patrocinador del terrorismo", según el Pentágono, y por eso embargó sus armas, aún en plena contienda con su vecino.
Los incidentes siguieron jalonando las relaciones entre los dos países. En 1988, por ejemplo, un buque crucero con misiles guiados estadounidense, el USS Vincennes, derribó un avión de pasajeros de Iran Air al cofundirlo con un caza F-14 iraní durante una escaramuza en aguas internacionales del golfo Pérsico. Estaba en aguas iraníes al atacar. Mató a sus 290 ocupantes.
El golpe definitivo del desapego con Israel fue la apuesta de Irán, en los 90, de financiar, formar y armar a grupos dispuestos a atacar a Israel, como la milicia chií libanesa de Hezbolá y Hamás, en Palestina, nacidos al abrigo de los Hermanos Musulmanes de Egipto.
El analista David Menashri, del Wilson Center, un historiador especializado en las relaciones Irán-Israel, sostiene que la filosofía que dio un giro a las cosas defiende que "Israel es enemigo de Irán y del Islam" y, por eso, "es una amenaza para la humanidad". Sitúan los ayatolás el conflicto palestino-israelí en un plano que no es político, nacionalista o colonialista, como de hecho es, sino en un plano eminentemente religioso, el de la "necesaria cruzada" contra un infiel. Su "dogma revolucionario niega a Israel el derecho a existir", independientemente de que los palestinos se lo reconozcan y pacten con ellos un tratado de paz.
Si a eso se unen las relaciones de Tel Aviv con Washington, al hecho de que sus dirigentes apoyaron en el pasado al sha, tenemos la receta total de su odio, a la sospecha de Teherán de que Israel es el instigador de parte de las sanciones internacionales que pesan en su contra y a que le ha bloqueado su programa nuclear, tenemos la receta del odio total.
Menashri insiste en que el rechazo al país es por sí mismo, por rechazo al sioninsmo y a sus derechos sobre el estado israelí, y por ser "hijo ilegitimo de EEUU", por eso ha Jomenei hizo de Palestina "la primera línea de lucha del Islam contra los infieles". Eso hace que, en momentos en los que se ha hablado y negociado, como cuando en 1993 se alcanzaron los Acuerdos de Oslo, Teherán aún fuera un verso suelto negando la mayor. El experto lo resume con una frase muy clara: "el plato está más caliente que la comida".
De aquellos tiempos proceden frases que se han quedado como lemas eternos, como que "la destrucción de Israel es la única solución para poner fin al sufrimiento del pueblo palestino", que "Israel debe ser borrada del mapa", que es "la herida en el cuerpo islámico que debe ser eliminada".
Jomeini se opuso a enmarcar la cuestión palestina como una causa nacionalista árabe y buscó transformarla en una causa islámica para proporcionar a Irán no sólo la capacidad de defender la causa palestina sino liderarla. Para superar tanto la división árabe-persa como la división entre suníes y chiítas, Irán adoptó una posición mucho más agresiva sobre la cuestión palestina para blandir sus credenciales de liderazgo en el mundo islámico y poner a la defensiva a los regímenes árabes aliados de EEUU.
Pero Jomeini no era eterno, murió en 1989 y en los años 90 se dieron algunos gestos de distensión por ambas partes, desde su sucesor, el actual líder supremo de la revolución, Alí Jamenei, al entonces primer ministro de Israel, el laborista Ehud Barak. No es que se abrazasen, pero se redujo la violencia verbal cruzada y la animadversión. Es verdad que, también, el escenario era de esperanza, cuando aún se firmaban acuerdos de paz.
Palestina aparte, EEUU apretaba. En 1995, el presidente Bill Clinton vetó todo comercio de su nación con Irán y, dos años más tarde, abrió un periodo de diálogo con Teherán gracias a la victoria presidencial del moderado Mohamed Jatamí. La esperanza se instaló en las diplomacias mundiales, por poco tiempo.

La radicalización
Todo quedó roto, de nuevo, a principios de los 2000, por dos razones fundamentales que marca el colaborador del tanque de pensamiento washingtontiano: porque se dio una "ofensiva conservadora" que encumbró a los ayatolás más duros, relegando a los más templados, y porque rompió la Segunda Intifada, renovando la necesidad de atender a la causa palestina.
La enemistad fue creciendo a lo largo de las décadas siguientes a medida que ambas partes buscaban consolidar y aumentar su poder e influencia en toda la región. Irán apostó de lleno por lo que se llama su "Eje de resistencia" en varios países de la región, incluidos Líbano, Siria, Irak y Yemen, que también apoyan la causa palestina y ven a Israel como un enemigo importante. Estos socios proxy han actuado en su nombre y progresivamente han ahondado en sus acciones contra Israel, aunque ahora se encuentran tremendamente debilitados.
Eso, si miramos al flanco israelí. Si observamos el norteamericano, vemos que en 2022 el presidente George W. Bush realizó un discurso sobre el Estado de la Unión en el que calificana a Irán, Irak y Corea del Norte como un "Eje del Mal" que apoya el terrorismo y busca armas de destrucción masiva. Ya había ocurrido el 11-S y el mundo cambió.
Al año siguiente, Estados Unidos denuncia que Irán extrae uranio para construir centrales nucleares con fines armamentísticos, pero Teherán lo niega y alega que es para generar electricidad. Siempre ha defendido que sus investigaciones tienen un uso puramente civil. Como gesto ante la comunidad internacional, en ese mismo 2003 suscribió el Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), permitiendo inspecciones sin previo aviso del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).
Las cosas se complican del 2005 al 2009, tiempo en el que está al mando de Irán el presidente Mahmud Ahmadineyad. El OIEA remite el controvertido programa nuclear de Irán al Consejo de Seguridad de la ONU y los ayatolás reaccionan amenazando con limitar el acceso de sus inspectores y reiniciar su programa de enriquecimiento de uranio. Aún así, en 2007, el presidente iraní escribe a Bush una carta con "nuevas fórmulas" para resolver la "tensión mundial", que EEUU desestima. Era la primera misiva de un dirigente iraní a un presidente norteamericano en más de 27 años.
El episodio más serios en aquellos años fue la guerra de 2006 entre el norte de Israel y el sur de Líbano, hasta la última de Gaza, tras los atentados de Hamás, con todas sus ramificaciones regionales. Tel Aviv sostiene que actualmente tiene siete frentes abiertos en su contra: Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Irán, Yemen e Irak.
En menor medida, a lo largo de los años, también Israel ha respaldado a una variedad de grupos que se oponen violentamente al establishment iraní. Teherán dice que entre ellos se incluyen varios grupos que designa como organizaciones "terroristas", como Mojahedin-e Khalq (MEK), una organización con sede en Europa, además de organizaciones suníes en la provincia de Sistán y Baluchistán, en el sureste de Irán, y grupos armados kurdos con base en el Kurdistán iraquí.
Así que ambos bandos están detrás de una larga serie de ataques a los intereses de cada uno dentro y fuera de sus territorios, algo que niegan públicamente. Una guerra en la sombra que se ha ido extendiendo cada vez más a medida que crecían las hostilidades y que hace que se pierda el hilo de quién golpeó antes y quién respondió después. Ninguno de los dos ha parado en los últimos 20 años, sobre todo.

La clave nuclear
También en lo diplomático, con contundencia. El programa nuclear de Irán ha estado en el centro de algunos de los mayores ataques. Israel –que se cree que posee clandestinamente docenas de armas nucleares, concentradas en la ciudad de Dimona, aunque no lo reconoce oficialmente– ha prometido no permitir nunca que Irán desarrolle una bomba nuclear, aludiendo al riesgo existencial que supone para su país, vistas las declaraciones de los líderes supremos. Teherán ha reiterado que su programa nuclear tiene fines civiles, al 100%, pero Occidente siempre ha recelado de ello.
Se cree que Israel y EEUU están detrás del malware Stuxnet, que causó importantes daños a las instalaciones nucleares de Irán en la década de 2000. También ha habido otros muchos ataques de sabotaje a las instalaciones nucleares y militares de Teherán, de los que los ayatolás han culpado a Israel. Y han muerto asesinados científicos que lideraban las investigaciones, algunos en suelo iraní y otros en países amigos, crímenes que Tel Aviv nunca ha reivindicado pero que se le añaden en su cuenta. P
Por si acaso, Israel puso en marcha en 2011 su Cúpula de Hierro, no tanto por la amenaza de Hamás en Gaza, sino por la que venía más del este, de Irán, y por el material que los iraníes podían darle a las milicias palestinas.
El golpe más fuerte se produjo en 2020, cuando Mohsen Fakhrizadeh, considerado el líder del programa atómico de Irán, fue asesinado a tiros con una ametralladora controlada por Inteligencia Artificial y monitoreada por satélite, montada en la parte trasera de una camioneta que luego explotó para destruir las pruebas. Ocurrió en la propia capital de Irán.
Aún así, había quien apostaba aún por la diplomacia. El presidente estadounidense Barack Obama y su homólogo Hasán Rohani mantuvieron en 2013 la primera conversación entre líderes de ambos países desde 1979. Y eso cristalizó en 2015, tras unos intensísimos esfuerzos, cuando se firmó un acuerdo que desactivaba la supuesta bomba iraní. EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania, a un lado. Irán, al otro. Se acordaba que Teherán tendría limitada su capacidad de enriquecimiento de uranio, un proceso supervisado por fuerzas internacionales. A cambio, se levantarían las sanciones que ahogaban y ahogan su economía.
Un pacto que ponía fin a 13 años de disputas y que Netanyahu rechazó con toda su alma. Prometió que no avanzaría y lo ha logrado.
La ilusión duró poco. En 2018, el entonces presidente de EEUU, Trump, abandonó el pacto, desoyendo las peticiones de los demás firmantes, acusando a Irán de robustecer al terrorismo internacional, en un gesto que alegró tremendamente a Netanyahu. Irán dio por roto el compromiso por su parte, de seguido, por lo que es imposible saber a ciencia cierta cuánto más ha avanzado con su programa y cuánto uranio ha enriquecido, aunque las estimaciones de la Inteligencia norteamericana indicaban que estaba lejos de tener lo necesario para montar un arma nuclear.
Hace más de tres años, se aceleraron los contactos para reeditar el acuerdo, pero de nuevo las objeciones de Israel lo retrasaron. En el verano de 2022, había incluso un borrador ya listo, esperando a que Tel Aviv diera en visto bueno. Se aplazó todo, porque los tiempos se habían retrasado y llegaban las elecciones de mitad de mandato en EEUU, que no hacían convenientes roces con Israel. Entró el nuevo año... y fue el año del peor ataque vivido en la historia de Israel. Ese acercamiento hoy es nada.
Israel y sus aliados occidentales insisten en que Irán es parte de aquel Eje del Mal de la guerra contra el terrorismo y que está, constantemente, detrás de una serie de ataques a intereses israelíes, incluidos varios con aviones no tripulados contra petroleros de propiedad israelí en el mar Rojo, además de ciberataques constantes a la administración y las universidades, por ejemplo. Teherán hace lo propio: denuncia ataques a silos de armas, cuarteles y bases, oficinas o centros de formación de grupos afines, en los que caen también militares del país, sobre todo de su Guardia Revolucionaria.
Desde 2019, se toma y daca es constante, dentro de lo que se entiende como una guerra de baja intensidad. con picos de enfado o de declaraciones altisonantes y amenazas, hasta octubre pasado. Acusaciones a Irán de avalar los ataques de Hamás, simultáneos ataques de los hutíes de Yemen o los chiíes de Hezbolá contra intereses de Israel, ataque de Teherán a una sede del Mossad en el Kusdistán... hasta el ataque con misiles de Israel, el 1 de abril de 2024, al consulado iraní en Damasco, y la respuesta anunciada y controlada de Teherán. El primer intercambio directo de fuego entre las dos naciones, con anuencia de EEUU para la parte israelí.
Del intento de normalización a la guerra abierta
Varios estados árabes de la región han optado por normalizar sus relaciones con Israel en los últimos tiempos, a la busca de más apoyo occidental. EEUU lanzó en el primer mandato de Trump los Acuerdos de Abraham, una especie de pactos económicos por los que estos estados reconocían a Israel y hacían negocios con él, mientras que se aparcaba la causa palestina en lo político y se la mantenía acallada con millones de dólares. En el verano de 2023, Tel Aviv estaba a punto de firmar con Arabia Saudí justo el pacto que coronaría todo ese acercamiento de años, pero precisamente esa inminencia fue una de las razones que se cree que está en la raíz de la decisión de Hamás de atacar como nunca lo había hecho, el 7-O.
Arabia Saudí, justamente, acababa de restablecer las relaciones diplomáticas con Irán después de siete años de ruptura, tras un acuerdo negociado por China. Esto es lo que Washington quería hacer con Tel Aviv, pero ya no, o no por ahora, no en un buen tiempo. Si había cierta esperanza de acercar las cosas por ese flanco, hoy no se ve claro el horizonte, tras 77.000 muertos en Gaza y la nueva guerra abierta.
Teherán se ha seguido oponiendo, de fondo, a la hegemonía estadounidense en Medio Oriente, mientras que Israel ha rechazado constantemente cualquier esfuerzo de la Casa Blanca para retirar las tropas estadounidenses de la región, esas que ahora habían sido tan útiles para parar los misiles de Irán y para amedrentar a los ayatolás.
La rivalidad por el dominio de la región se mantiene, lo mismo que el odio, y es una de las claves de la actual escalada y de las que se han encadenado desde aquel primer fuego cruzado de 2025: en el verano de 2025, se produjo la Guerra de los 12 Días, supuestamente con el objetivo de anular las opciones atómicas de Irán. Entonces, Trump dijo que se había desarbolado por completo su programa. Ahora usa el mismo argumento, luego el desgaste no estaba tan claro. Lo mismo con los misiles, con alcance no para llegar a suelo estadounidense, pero sí europeo.
Llevamos un mes de ofensiva y no hay ni ganadores ni visos de que prospere una negociación. Al menos en público, lo que plantean las dos partes son posiciones maximalistas que el contrario se niega a cumplir. Hablamos de EEUU e Irán porque Israel, directamente, dice a las claras que quiere más guerra.
Para que las cosas cambien, dice Menashri, deberían darse dos condiciones: un cambio de liderazgo en Irán, menos radical, y un cambio "significativo" en las relaciones entre Israel y Palestina y, por extensión, el mundo árabe. Se han multiplicado las protestas contra el régimen de los ayatolás y su falta de libertades, a calor del caso Mahsa Amini y su velo mal puesto, y más recientemente, desde diciembre, por la crisis económica. Es una de las excusas, también, puestas por Trump en las primeras horas del conflicto y luego olvidadas: que esto lo hacían por la libertad de los iraníes.
Lo cierto es que el mismo 28 de febrero, cuando comenzó el ataque, mataron a Jamenei, Y lo cierto es que ni ha habido levantamiento popular ni relevo moderado. Protestar cuando el régimen sigue siendo una maquinaria aplastante va contra la libertad y la vida. Descabezar a un líder lleva a que se revuelvan los suyos y aparquen a los templados. Por eso Mojtaba, el hijo de Jamenei, ha sido el elegido.
Respecto a Palestina... no se logra aplicar bien ni el alto el fuego en Gaza, cómo se va a lograr un estado palestino de pleno derecho y un proceso de paz que acabe en dos países iguales, vecinos, soberanos. Hay una hoja de ruta de base norteamericana que se está aplicando, pero con enormes lagunas, más centrada en el negocio que en la justicia, mientras que Cisjordania es escenario diario de redadas del ejército, ampliaciones de colonias y ataques de ocupantes contra los civiles.
No hay señales de cambio entre los archienemigos. Queda esperar. Quizá haya esperanza en los encuentros que la prensa norteamericana dice que se van a producir en Pakistán este fin de semana. Hay demasiado enraizado como para superarlo de un plumazo y el daño y el encono crecen a diario, con cada hora de guerra abierta.
