El frente israelí: las ansias de Netanyahu de batir a Irán y resurgir en pleno año electoral
El primer ministro ha hecho del fin de la República Islámica el objetivo central de su carrera política y ahora cree tenerlo más cerca. Hay un amplio apoyo popular a su operación, pero eso no hace que lo tengan en más estima: el 7-0 sigue pesando.
Es un sueño largamente acariciado: acabar con el Irán de los ayatolás. Durante las últimas tres décadas, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha desempeñado un papel fundamental en la incitación mundial contra Teherán, convirtiendo en un objetivo central de su carrera política la destrucción y el derrocamiento del régimen islamista. Ahora cree que su meta está más cerca que nunca y va con todo, en un momento de debilidad política interna y externa y cuando las elecciones están a las puertas, supuestamente el próximo otoño.
El incombustible mandatario -en el poder durante 18 años, con escasas interrupciones- quiere acabar con lo que califica como una "amenaza existencial" para su nación y para el pueblo judío, impidiendo que la República Islámica logre armas nucleares que, afirma sin pruebas, estaban al caer. A la vez, se aseguraría el monopolio regional sobre esas municiones atómicas, aunque no reconozca oficialmente que dispone de ellas en el desierto de Dimona.
Antes no lo ha logrado, pese a que a ido convenciendo sobre todo a Estados Unidos, su fiel aliado, de imponer sanciones a los ayatolás, de aislarlos internacionalmente, de romper los pactos alcanzados con ellos y de debilitar a sus socios regionales. Ahora, el supuesto golpe final depende de una contienda de consecuencias desconocidas, una frase manida pero real.
Las ventanas de oportunidad
Era ahora o ahora. El líder del Likud veía varias ventanas de oportunidad abiertas para cumplir con su anhelo, todas ellas con riesgo de cerrarse en un futuro más o menos cercano. Como explica Yousef Munayyer, del Arab Center de Washington, los seis viajes que ha hecho en el último año a la Casa Blanca no han sido precisamente para hacer recomendaciones de interiorismo a su aliado, el presidente de EEUU, Donald Trump. Ha dado, posiblemente, con el único dirigente en la historia capaz de apuntarse a un ataque de esta naturaleza. Y debía explotarlo. Nunca una administración norteamericana había sido tan tan solidaria con Tel Aviv, y eso que hay ejemplos abundantes de buena relación en el pasado.
El republicano, si nada cambia, va a estar en el cargo hasta 2028, pero Bibi (como se conoce popularmente a Netanyahu) tiene más prisa: si no hay adelanto electoral, este octubre debe hacer frente a las primeras elecciones desde los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, que dejaron 1.200 muertos y 251 secuestrados, el mayor fallo de seguridad conocido en la historia del Estado de Israel. Es la primera vez que los ciudadanos tienen la oportunidad de pedirle responsabilidades por aquellos agujeros, por lo que sabía o no, por lo que hizo y no, y también por la falta de respuestas posteriores, incapaz incluso de crear una comisión de investigación independiente sobre lo ocurrido.
El Canal 13 de la televisión israelí ha difundido la encuesta electoral más reciente y señala que el partido del premier puede seguir siendo la fuerza más votada (25 escaños en la Knesset), pero que su coalición con religiosos y ultranacionalistas no podría reeditarse y no tendría la mayoría suficiente para gobernar. Se suma la bajada de estos partidos radicales con la subida de fuerzas alternativas a Netanyahu, que han estado en la oposición durante toda la guerra en Gaza, por ejemplo, pero también la concurrencia de todos los partidos árabes atomizados en una misma candidatura, la llamada Lista Conjunta, que podría convertirse en la segunda fuerza con 16 escaños, convirtiéndose en la llave de gobernabilidad.
Si sale con bien de la operación León Rugiente, con una victoria vendible y no demasiados daños, Netanyahu podría adelantar las elecciones, algo que ya se rumorea en la prensa de Israel, y tratar de recoger frutos en forma de escaños.
Munayyer habla de otras urgencias que han hecho correr a Bibi para decidir que esta tiene que ser la batalla final: por ejemplo, el coste militar de la contienda. Irán e Israel rompieron el tabú de la agresión directa en 2024, cuando se bombardearon mutuamente por primera vez, y luego se cruzaron proyectiles durante 12 días en la guerra del pasado verano. En este tiempo, Israel se ha dado cuenta de su "vulnerabilidad", sobre todo por esos interceptores tan costosos y de fabricación tan lenta en comparación con los proyectiles iraníes. "Un conflicto prolongado generaría costes inasumibles", escribe el analista.
Otra ventana que se cierra: la del apoyo sempiterno de EEUU. El mes pasado, una encuesta de Gallup desveló que, por primera vez, la sociedad norteamericana simpatiza más con Palestina que con Israel, un sentimiento que ya estaba cambiando antes del genocidio de Gaza y que se ha consolidado a base de más de 77.000 muertos.
Los sucesivos Ejecutivos norteamericanos han estado siempre con Tel Aviv pero ¿qué pasa si cambia la sociedad que los elige en las urnas? "Mientras la próxima generación de estadounidenses se aleja de Israel, probablemente pensó que nunca volvería a ver a un ingenuo como Trump en el Despacho Oval. Era ahora o nunca", remarca el autor.
La clave supervivencia
Todos esos esfuerzos tienen una meta declarada, doméstica, nacional, pero también una personal porque, si se mantiene en el poder, Netanyahu puede también evitar la cárcel. Actualmente, está siendo procesado por soborno, fraude y abuso de confianza, en un proceso que se demora desde 2019. Sabe que la cadena de corrupción, de cesiones a sus socios de Gobierno y de errores en el 7-O y en los meses posteriores puede dejarlo sin cargo y, por tanto, sin protección ante la justicia. Acudir a una nueva guerra multifocal, como la de Irán, ampliada a Líbano -con consecuencias casi más graves por ahora, con el miedo a que se convierta en una "nueva Gaza" o rompa en un choque sectario-, puede funcionarle y desviar el tiro.
Trata, pues, de "intentar convertir una crisis existencial nacional en un salvavidas político", en palabras de Yair Rosenberg, analista de The Atlantic, en un texto que se ha viralizado y que, desde el título, asegura que estamos ante una guerra "muy útil" para el mandatario. La verdad es que ha intentado de todo para evitar el juicio: desde una reforma judicial que presionaba políticamente a los magistrados y blindaba su cargo hasta variados retrasos en comparecencias justificados por la guerra en Gaza, pasando por la petición última de un indulto al presidente del país, Isaac Herzog, un día laborista.
Trump, como ya hiciera con la condena por golpismo al brasileño Jair Bolsonaro, se ha inmiscuido en este caso y ha tildado de "vergüenza" que no se le conceda ese perdón a su amigo. "No quiero que piense en otra cosa más que en lucha contra Irán -dijo a Axios-. Y no en el maldito caso judicial".
Más allá de bombas y misiles, subyace en Netanyahu la idea de sobrevivir otro mandato, de consolidar un poder interno que hoy no tiene bajo ese fenómeno habitual de que todos se apiñen bajo la bandera cuando vienen mal dadas. Pero una cosa es apoyar la guerra y, otra, apoyarlo a él. El Instituto para la Democracia de Israel, ha publicado un sondeo que constata que un 82% de los ciudadanos (93% entre los judíos, 26% entre los árabes) apoya esta guerra. Incluso un 73% de los votantes de izquierda la aplauden. Es una visión asentada de décadas en el país que esa enemistad hay que resolverla por las armas y no con la diplomacia.
Un 64% de los israelíes confían "bastante o mucho" en que su Gobierno pueda gestionar bien la ofensiva y un 74% se siente "bastante o muy" protegido. Un 57% de los entrevistados cree que no se debe parar hasta que se logren todos los objetivos militares y políticos, como el de derrocar al régimen de los ayatolás, mientras que para un 36% los objetivos defensivos son suficientes.
El Institute for National Security Studies (Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, INSS, por sus siglas en inglés) corrobora un 81% de apoyos a los ataques, que un 63% cree que hay que seguir hasta que desaparezca el actual sistema de poder, que un 69% confía al menos en causarle un daño severo, que un 62% está dispuesto a vivir un mes al menos en estado de guerra si da frutos... pero apenas un 34% sostiene que tiene una alta confianza en el Gobierno; un 65% la tiene baja. En el caso de Netanyahu, la confianza se divide 38/59%.
Rosenberg avisa de que Bibi es "un estratega consumado" y lleva décadas saliendo de todas, pero hoy, dice, no cree que tenga el respaldo mayoritario para comandar un país, cuando en las encuestas, como mucho, su popularidad sube cuatro puntos por la guerra. Es un repunte que no supone vuelco ni asegura el futuro de mando, porque el desagrado viene siendo estable desde 2023, los atentados que no frenó y las explicaciones que no dio y la guerra a Hamás que no ganó. En junio de 2025, ya tuvo incluso una moción de censura, de la que salió airoso, que evidenciaba el malestar entre la oposición y hasta en parte de los más moderados de su partido.
Tiene, además, un serio problema de Gobierno que resolver: el de los judíos ultraortodoxos. El 70% de los israelíes quieren que sus jóvenes hagan el servicio militar, como todos los demás, y hay un dictamen del Tribunal Supremo obligando a ello. Sin los 18 escaños de los haredim no llegaría a su mayoría necesaria de 64 votos en la Knesset. Justo este mes tenía una cita clave, la aprobación de los presupuestos. Estos partidos se habían negado a apoyarlos, enfadados por tener que cumplir con esta obligación defensiva. Pero, con la guerra, nadie puede negarse a apoyar unas cuentas que pueden liberar a Israel del yugo iraní. Al menos en eso, la violencia le ha dado margen y se aferra la euforia de los primeros golpes, como el del líder supremo, Ali Jamenei. Pero en campaña el debate volverá y puede complicar las mayorías, ya de por sí costosas.
Queda el clavo ardiendo de que esta contienda salga bien para sus intereses, que ese Ejército que lleva tantos años como él preparándose para atacar a su archienemigo (con cambios estructurales, mejores capacidades aéreas y marítimas, desarrollo de satélites, inteligencia o inteligencia artificial), le dé la victoria y, con ella, su propia victoria en casa.
Si se tuerce...
La duda que todo lo sobrevuela es si no se le volverá en contra la guerra, si no se enquistará, se eternizará y le causará muertos, civiles y militares, en un número inasumible y si, entonces, todo habrá sido el cuento de la lechera, nada más, y quedará atrapado en la agenda exterior. Si las cosas no salen bien, pesará más aún el lastre que arrastra Netanyahu y también su Ejército, tanto en lo puramente material como en lo físico y en lo mental. Desde el inicio del asedio a Gaza, en octubre de 2023, se han contabilizado más de 85.000 casos de problemas psicológicos en sus filas.
"Desde el desastre del 7 de octubre de 2023, Israel ha recuperado gran parte de su credibilidad militar, pero también ha perdido terreno político y moral", sentencia Yossi Mekelberg, consultor sénior del Programa para Oriente Medio y el Norte de África de Chatham House, un tanque de pensamiento ubicado en Londres. Recuerda que es verdad que ha debilitado a los socios regionales de Irán, de forma profunda, que en Siria ya no hay un dictador amigo y que en los ataques de 2025 ya hicieron daño a los ayatolás y sus instalaciones más preciadas pero, frente a eso, están las debilidades que han quedado al aire, desde su geografía a las grietas relativas en su defensa aérea, pasando por la alta concentración de personas en escasas cuartas de terreno y la imposibilidad de ir cerrando frentes, porque quedarán rebajados, pero no cerrados del todo.
Y está el Israel "políticamente debilitado" por el "uso excesivo de la fuerza" contra los palestinos o incluso por la orden de arresto contra Netanyahu emitida por la Corte Penal Internacional contra el premier por presuntos crímenes de guerra. Eso suma para que no pueda "traducir los éxitos militares en logros diplomáticos", ahonda Mekelberg. Ahí está el aislamiento internacional, el riesgo de detención, el bloqueo a los viajes oficiales.
De momento, es complicado ver un final cuando ni siquiera los socios se aclaran a la hora de dar una justificación cabal a la guerra. Son los mismos que hace ocho meses hablaban de "victoria histórica" sobre Irán y de un golpe que prevalecería durante "generaciones". Y nada de eso fue. En esta andanada, Netanyahu ya ha rebajado el tono, del "les estamos rompiendo los huesos" y el ansia de "victoria absoluta" a una cierta sensación de estancamiento, que deja en el pueblo iraní la responsabilidad final de lo que ocurra.
The Guardian ha publicado, citando fuentes internas de la seguridad israelí, que "no existía un plan realista" para el cambio de régimen y que al final han resultado ser sólo "ilusiones" las posibilidades de lograr un levantamiento popular sólo a base de ataques aéreos. No tenían "información sólida", se escudan en el diario británico. Temen que, si ahora fallan, la nueva cabeza del régimen acceda al uranio altamente enriquecido y vaya, ya sin dudas, a por una bomba nuclear (Teherán siempre ha dicho que sólo buscaba un uso civil, pacífico).
Si cae el régimen y entra uno amistoso, será bueno para Israel, pero también si se queda el que está, pero muy debilitado. La radio pública KAN ha desvelado que Netanyahu ha dicho a sus ministros que matar a Jamenei acortaría la misión militar, porque envalentonaría a sus oponentes, pero eso aún no ha pasado, por más que desde Tel Aviv mande mensajes televisados llamando a la revolución. Netanyahu no oculta que incluso el caos le vendría bien, porque su mayor ambición política es neutralizar a Teherán. De lo que reste, del plan para el día después, no se siente responsable, tampoco Trump.
Mientras no haya bomba atómica, no haya misiles, no haya Eje de Resistencia ni un liderazgo fuerte, la inestabilidad de todo Oriente Medio, ese escenario de pesadilla, no parece preocuparles, por más que puedan culparle de ello incluso naciones aliadas, empezando por las europeas. Pero es que hoy ninguno de esa metas parece estar cerca de lograrse y el caos, en cambio, es palpable, como interminables son las alertas en su propia nación. El público se puede impacientar y Trump se puede cansar.
La apuesta es arriesgada. Hay mucho en juego. Como afirma Ophir Falk, el asesor en materia exterior del primer ministro israelí, el objetivo se resume en "ganar".