¿Dónde están los aliados de Irán?: por qué China y Rusia mantienen la distancia en la guerra
Dos de los principales amigos de Teherán se mantienen casi en silencio y, sobre todo, quietos. Un pragmatismo radical se ha instalado sobre ellos y están a verlas venir, sabedores de que hay confrontaciones que es mejor no abordar, o no ahora.
Ante el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel, Irán no puede encontrar consuelo en ninguna frase de autoayuda barata: su soledad no es de las que dan libertad interior y ensanchan el alma, un vacío que puede llenar por sí mismo. Es aislamiento y abandono de los que hasta ahora han sido sus grandes aliados, empezando por China y Rusia y acabando con ese Eje de Resistencia completamente desarbolado.
Hay quien se sorprende por el hecho de que sólo estén llegando quejas verbales y convocatorias airadas del Consejo de Seguridad de la ONU, pero no acciones palpables desde Pekín, Moscú o Sanaa. Se mueve Hezbolá en Líbano, nada más. Pero es que prima un pragmatismo radical, el de quien prefiere quedarse quieto a ver cómo avanzan unos acontecimientos tan tan tan abiertos que no saben en qué se pueden traducir para ellos mismos. Y, sobre todo, mejor no moverse que equivocarse de paso.
El cálculo, al menos en esta primera semana, es lo que prima y mucho tendrá que cambiar el cariz de los acontecimientos por venir para que las cosas se alteren.
China, equilibrios entre dependencia y poder
Desde Irak hasta Gaza y Venezuela, Pekín ha seguido una estrategia habitual: condenar los conflictos, evitar la intervención directa en ellos y presentarse como defensor del derecho internacional. Cuando EEUU e Israel lanzaron ataques coordinados contra Irán el pasado verano, China respondió de una forma que se ha vuelto casi rutinaria, la misma que vimos el sábado pasado, con el inicio de la operación Furia Épica. Las autoridades chinas condenaron el ataque como una violación de la soberanía y exigieron un alto el fuego inmediato y el retorno a la diplomacia. Más allá de las declaraciones, no ha hecho mucho más.
Los medios de comunicación estatales, a la orden del Partido Comunista, rápidamente han enmarcado los ataques en su relato de que es evidente la desestabilización estadounidense en Oriente Medio, advirtiendo de que se corre el riesgo de desencadenar un caos regional más amplio y de arrastrar a Washington y al mundo a un conflicto más profundo, extenso y largo. La implicación es bastante sutil: mientras EEUU, que dice que es un primor de democracia y libertades, libra guerras, Pekín ofrece estabilidad, por más que sea un depredador de los derechos humanos.
Este enfoque refleja una característica habitual de la política exterior china, que no es sólo de Irán o de 2026: los de Xi Jinping se mantienen al margen de las guerras, evitan los costes gigantescos de un intervención militar y mantiene vínculos con los bandos, incluso rivales, a la vez que se quedan bien posicionados para beneficiarse de las consecuencias geopolíticas que puedan concretarse.
No quiere decir que haya estado totalmente al margen de la zona, no, porque se ha adentrado en la diplomacia de Oriente Medio, donde ve una oportunidad, ayudando a mediar un acercamiento entre Irán y Arabia Saudita en 2023, pero considera las guerras estadounidenses en Afganistán e Irak como historias de advertencia que hay que evitar. Una cosa es estar y, otra, guerrear.
Para China, el conflicto actual conlleva riesgos económicos innegables. Pero como Pekín no está combatiendo, casi cualquier resultado podría fortalecer su posición estratégica, en realidad. Un Teherán debilitado podría volverse más dependiente del abrigo del dragón, lo que aumentaría la influencia de China. Una guerra prolongada también podría concentrar la atención de EEUU, forzosamente, en Oriente Medio, aliviando un poco la presión sobre China en el Indopacífico y desviando la atención occidental, incluida la de Europa.
Si la diplomacia finalmente prevalece, Pekín puede presentarse, por contra, como la potencia responsable que ha instado a la moderación mientras otros se lanzaban bombas y drones. "Las capitales europeas ya están poniendo a prueba ese papel: el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, habló esta semana con Wang Yi, de China, sobre posibles vías para la desescalada", ha adelantado Euractiv. China utilizará el conflicto para posicionarse como defensora del orden internacional y presentar a Estados Unidos como desestabilizador, pero hará poco más allá de emitir declaraciones y pronunciarse en la ONU.
La seguridad energética refuerza esa cautela, además. Aproximadamente el 45% de las importaciones de petróleo de China pasan por el estrecho de Ormuz, lo que significa que cualquier interrupción representaría un riesgo económico directo, una vulnerabilidad compartida con Europa, que también depende en gran medida del suministro energético del Golfo. Lo último que quiere China es causarse un daño en lo económico, por lo que salvaguardar los flujos de petróleo y preservar la estabilidad regional de con quien negocia siguen siendo las principales prioridades de Pekín en el Golfo.
Sin embargo, incluso en este caso, el instinto de Pekín sigue siendo el mismo, el de no intervenir, sino el de cubrir riesgos. Cuánto gano, cuánto pierdo. China es hoy el mayor importador de crudo iraní, comprando entre 1,3 y 1,5 millones de barriles diarios desde 2023 y representando la mayor parte de las exportaciones de petróleo de Teherán, a menudo a precios reducidos: los ayatolás le descuentan hasta 10 dólares por barril. Sólo en los nueve primeros meses de 2023, ahorró casi 10.000 millones de dólares recurriendo a petróleo iraní, ruso y venezolano, países sancionados por Occidente a los que recurre sin mancharse, por ahora. Venezuela, por cierto, otro aliado chino que ahora está claramente a las órdenes de EEUU.
No sería motivo de fiesta quedarse sin ese bocado pero, como casi siempre, China tiene un plan b. Como las tensiones en la zona son intensas desde hace tiempo, Pekín ha estado acumulando discretamente reservas estratégicas de petróleo, lo que le proporciona desde ya un colchón contra las perturbaciones de suministro a corto plazo. Así que, sin negar su importancia, se puede decir que Irán es sólo una pieza de la estrategia más amplia de China en el Golfo, junto con vínculos energéticos mucho más amplios con Arabia Saudí y otros productores árabes.
Dado el tablero de las últimas décadas, no prefiere ni un cambio de régimen ni un caos regional, puesto que un Irán que se mantiene hostil a Washington pero lo suficientemente estable como para seguir exportando energía, se ajusta a sus intereses estratégicos. A los dos les une venir de antiguas civilizaciones no occidentales y anhelar un orden global que no esté dominado por Occidente, eso se mantiene. Pero si las cosas cambian, intentará adaptarse. De momento, habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos, si se mantiene el pie la cumbre entre los presidentes Xi y Trump, prevista para el 31 de marzo en suelo chino y lo que se tengan que decir llegado ese momento, nadie sabe cuántos muertos y destrozos después.
El golpe buscado de EEUU
El daño es innegable y eso es justo lo que también buscaba EEUU con este golpe, de onda expansiva tan formidable. "Pekín ha invertido miles de millones de dólares en convertir a Irán en un activo estructural. Al atacar directamente a Irán, la administración Trump está desmantelando, ya sea intencionalmente o como consecuencia, un pilar de la arquitectura regional de China", expone en el Instituto Hudson la analista Zineb Riboua, que ahonda en los lazos entre Pekín y Teherán.
En los últimos años, China ha elevado la posición global de Irán al incorporarlo a grupos respaldados por ellos, como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghai, ampliando el espacio diplomático de Teherán en un momento de aislamiento occidental. Pero la autora va al detalle y habla, por ejemplo, de la dimensión tecnológica de esas relaciones bilaterales. "Las empresas tecnológicas chinas Huawei y ZTE han construido partes significativas de la infraestructura de telecomunicaciones de Irán", recuerda.
En 2010, ZTE firmó un contrato de 130 millones de dólares para integrar un sistema de vigilancia en las redes telefónicas y de internet estatales de Irán. Huawei, además, se convirtió en el mayor proveedor de equipos de telecomunicaciones del país, ofreciendo servicios de rastreo de ubicación a operadores móviles y promoviendo herramientas de censura de contenido para las autoridades iraníes. La Red Nacional de Información de Irán, una intranet nacional controlada por el Estado que impide progresivamente el acceso de los ciudadanos a la internet abierta, se inspiró en el Gran Cortafuegos de China y se construyó con asistencia técnica china.
"Las consecuencias prácticas de esta integración tecnológica se hicieron evidentes durante las masacres de enero de 2026 -se lee en el análisis del tanque de pensamiento norteamericano-. Cuando el régimen iraní impuso un bloqueo casi total de internet para impedir que las imágenes de los asesinatos llegaran al mundo exterior, lo hizo sobre infraestructura que empresas chinas ayudaron a construir durante años. La tecnología de vigilancia que permite a la Guardia Revolucionaria rastrear, identificar y reprimir a los disidentes fue suministrada por las mismas empresas que realizan funciones idénticas para el Partido Comunista Chino en Xinjiang. Pekín está proporcionando a la República Islámica las herramientas para sobrevivir al rechazo de su propia población. ¿Por qué? Porque un Irán dependiente es un Irán útil".
Añade la autora que, a ese apoyo, EEUU sumaba otro, defensivo, que ha intentado frenar de paso con la ofensiva: justo la semana pasada, se informó que Teherán "estaba cerca de finalizar un acuerdo para misiles de crucero antibuque supersónicos de fabricación china, capaces de amenazar a los portaaviones estadounidenses que ahora se concentran en el golfo Pérsico". Anteriormente, "proveedores chinos enviaron más de 1.000 toneladas de perclorato de sodio, un ingrediente clave del propelente de misiles, a un puerto iraní, suficiente para reconstruir una parte sustancial del arsenal de misiles balísticos que Israel pasó 12 días destruyendo".
A su entender, "la lógica es simple". Irán amenaza el comercio y la seguridad en zonas como Ormuz o el mar Rojo (aquí, usando también a los hutíes) y "cada dólar que EEUU gasta en defender las rutas marítimas (...) es un dólar que no está disponible para la producción de submarinos, las bases en el Pacífico ni para la planificación de contingencias en Taiwán. Cada grupo de portaaviones estacionado en el Golfo de Adén es un grupo de portaaviones ausente del Pacífico Occidental".
Los aliados de Irán, armados con armas iraníes y apoyados por la inteligencia iraní, funcionan como un mecanismo de desgaste estratégico estadounidense, y los costos recaen completamente sobre Washington mientras Pekín acumula ganancias estratégicas. Eso es, en parte, lo que también se quiere cortar, más allá de la cabeza de Ali Jamenei.
¿Y Putin?
Y luego está el otro gran amigo de Irán, Rusia. Otra nación que condena, llama ilegal a la guerra y lleva debates a Naciones Unidas, pero nada más. "Moscú podría verse obligado a navegar por una nueva y posiblemente peligrosa geometría de utilidad, ideología y moderación estratégica", expone claramente Grégoire Roos, director de los Programas de Europa, Rusia y Eurasia de Chatham House. Y es que, dependiendo del resultado de la guerra, el Kremlin podría ver su ya precaria arquitectura estratégica en Oriente Medio tan debilitada que se vea obligado a "reevaluar su cálculo regional". Por eso y por el desgaste ingente que ahora mismo le supone que quinto año iniciado en su invasión de Ucrania, aún se guarda de dar pasos más comprometidos.
La postura pública de Rusia en respuesta a la acción militar contra Irán ha sido de una enérgica condena, pero sólo retórica, como en el caso chino. Moscú ha calificado los ataques como "actos de agresión armada no provocados" y ha advertido de la inestabilidad regional y global a menos que se restablezca la diplomacia. No entrará, sin embargo, en ningún tipo de confrontación militar con EEUU, con quien está intentando restaurar lazos -sobre todo comerciales- y con Israel -país con el que siempre se ha llevado bien, empezando porque hay cerca de millón y medio de rusoparlantes en el país-. Tampoco ha enviado a Teherán la menor señal de que pueda brindar algún tipo de apoyo.
"Los próximos pasos del Kremlin probablemente se calibrarán para mantener su credibilidad como socio contraoccidental, pero evitando verse arrastrado a un segundo conflicto de alta intensidad. También buscará preservar el margen de negociación con Washington en otros temas, en particular las negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania", augura Roos.
Hasta que se aclare la situación en Irán, la clave para Moscú será la "evasión estratégica", como la llama. En otras palabras, intentará aprovechar al máximo la distracción estadounidense, con la esperanza de privar a Kiev de oxígeno mediático y relegar la guerra contra Ucrania a un segundo plano. Si China quiere ese aire en su zona, Rusia piensa lo mismo de la trinchera europea, en un momento en el que las negociaciones de paz animadas por Washington desde hace un año estaban nuevamente estancadas, sin pasar de lograr intercambios de presos.
Una cosa es que no saque los puños y, otra, que sea liviano el golpe de tener otro amigo debilitado, tras Siria o Venezuela. Gracia no le hace a Vladimir Putin verse desarbolado de aliados, porque eso tiene implicaciones profundas para Moscú, en particular en lo que respecta a la cuestión nuclear. En virtud del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), los niveles y las reservas de enriquecimiento se integraron en un marco negociado en el que Rusia fue un participante clave. Ese marco ya no existe.
Los ataques estadounidenses e israelíes durante la llamada Guerra de los 12 Días de junio ya habían degradado significativamente elementos de la infraestructura de enriquecimiento de Irán. La guerra en curso está pasando a un nivel superior, aumentando el daño y "trasladando la cuestión nuclear de la diplomacia controlada y los ataques quirúrgicos a corto plazo a la fuerza coercitiva directa con una clara ambición a largo plazo de cambio de régimen", sostiene el análisis.
Para Moscú, esto cambia el cálculo tres maneras:
- En primer lugar, un "expediente nuclear debilitado, pero sin resolver", preserva la relevancia estratégica de Irán, al tiempo que aumenta la volatilidad que rodea al país. Cualquier interacción con un régimen iraní que ya ha atacado a casi todos los países de la península Arábiga conllevará un riesgo político. No es popular. "Esto refleja una ironía estructural más profunda: la misma cooperación que una vez unió a Rusia e Irán económica y tecnológicamente ahora podría exponer a Moscú a dilemas reputacionales y operativos", señala el tanque de pensamiento con sede en Londres.
- En segundo lugar, la normalización de los ataques preventivos contra la infraestructura nuclear "erosiona la arquitectura diplomática que Rusia solía utilizar para proyectar influencia y legitimidad política en la región".
- En tercer lugar, si Teherán emerge significativamente debilitado o se ve obligado a un acuerdo coercitivo con Washington (son escenarios de lo más factibles, en mitad del caos), Moscú "perderá influencia en una región donde su margen de maniobra ya se ha reducido significativamente" tras la caída de Bachar el Assad en Siria, que justo se fue a refugiar a Moscú.
Si Irán se ve consumido por la guerra y su capacidad para actuar como equilibrista regional disminuye, Rusia se enfrenta a un "desgaste secuencial de su profundidad estratégica". La estructura geopolítica en general podría cambiar, de un equilibrio multipolar donde Moscú enfrenta a sus rivales entre sí, a un entorno "más fragmentado" en el que el Kremlin es "reactivo en lugar de proactivo". Un Irán consumido por la guerra introduce nuevas incertidumbres a lo largo del arco sur de Rusia, desde el Cáucaso hasta Asia Central, donde la posición de Moscú también se ha erosionado.
Por ahora, no obstante, necesita tomar nota de lo que pasa para no causar otros incendios en sus propios intereses. Una guerra prolongada le plantearía interrogantes cruciales, desde cómo abordar posibles flujos de refugiados hasta la proliferación de armas y redes militantes en la zona, no siempre manos amigas. Para Rusia, cuya estrategia de seguridad en el flanco sur se ha basado históricamente en la estabilidad interna y regional, "esto no es secundario". Pero, aún así, Roos entiende que las opciones de Rusia son "limitadas". "No puede contrarrestar militarmente la coalición entre EEUU e Israel en Oriente Medio. Y carece del peso económico necesario para respaldar plenamente a Teherán si Irán queda aislado tras el conflicto", afirma. Y todo esto, mirando de reojo a lo que haga China.
"Por lo tanto, Rusia se enfrenta a un dilema estratégico: ¿debería priorizar el distanciamiento controlado y la influencia diplomática, o afianzarse en una alianza que la exponga a riesgos sistémicos y a una mayor volatilidad geopolítica regional?". Es la pregunta clave.
Pocos cambios en el campo de batalla
La muerte del Líder Supremo de Irán y el aumento de la presión militar de un número creciente de países podrían indicar que la influencia de Moscú en la región podría estar disminuyendo. Sin embargo, es poco probable que la situación en Irán obstaculice los planes de Moscú en Ucrania ni incline el campo de batalla. La necesidad de Rusia del apoyo iraní para sostener su guerra ya ha disminuido, ya que Moscú ha internalizado la producción de sistemas de armas que antes obtenía de Teherán, como señalan por ejemplo en el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW, por sus siglas en inglés).
Como parte de un reequilibrio estructural, los drones y componentes iraníes Shahed, que antes eran soluciones provisionales cruciales, se han integrado en las líneas de producción rusas. Rusia ahora produce cantidades sustanciales de sistemas similares a nivel nacional, lo que hace que los suministros iraníes continuos sean menos esenciales.
Esto reduce el riesgo operativo a corto plazo para Moscú si el conflicto en Irán se prolonga. Rusia puede absorber la inestabilidad iraní sin un colapso inmediato de su capacidad. Pero ese aislamiento tiene un coste, y es que la alianza podría volverse menos recíproca e incluso más transaccional de lo que ya se había vuelto en los últimos meses.
Proxies, qué proxies
De manera mucho más sencilla se resuelve la pregunta de por qué llega poca o nula ayuda a Irán por parte de esos otros socios regionales no estatales que durante décadas le han ayudado a mantener el poder en la zona y el pulso existencial con Israel, sobre todo. Y es que, sencillamente, están tan debilitados que no pueden hacerlo.
En Siria, ya no hay un poder como el de Assad, siempre amigo, que permitía que la Guardia Revolucionaria tuviera silos, bases y entrenamiento garantizados. La guerra ha acabado, en Damasco manda un Gobierno de transición que se entiende con la Casa Blanca y ni Rusia puede recurrir a sus potentes bases, como antaño.
Hezbolá, el partido-milicia libanés, tantos años prosirio, sí ha lanzado un ataque potente contra Israel en represalia por los ataques a Irán, su protector, pero hay que tener en cuenta que tanto su armamento y su material como su liderazgo están muy mermados, tras la guerra con su vecino del sur que acabó en alto el fuego (intermitente) en noviembre de 2024. Con las fuerzas que tiene, lo intenta, pero ya está perdiendo mandos y las IDF ya han anunciado una incursión terrestre, generando miles de desplazamientos de civiles. Tras los buscas y el descabezamiento de hace año y medio, no han vuelto a ser los mismos.
Los hutíes de Yemen siempre pueden dar dolores de cabeza en el mar Rojo, pero es que resulta que están en fase de entendimiento con Trump, muy dañados también por ataques norteamericanos e israelíes, por lo que su mordida es suave, y lo mismo pasa con las milicias afines de Irak, que están intentando apoyar a Teherán con lanzamientos de proyectiles que se quedan en poco dada la carga del armamento que se está usando en esta guerra.
Irán, por ahora, se defiende solo y hasta donde puede y nadie sabe hasta cuánto será eso. ¿Hasta la victoria, hasta el agotamiento, hasta la negociación, hasta el golpe de estado, hasta la renuncia, hasta la derrota, hasta el modelo venezolano?