"Esto no es lo que votamos": EEUU rechaza la guerra de Trump, que divide hasta a sus acérrimos del MAGA
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"Esto no es lo que votamos": EEUU rechaza la guerra de Trump, que divide hasta a sus acérrimos del MAGA

Intervencionismo y militarismo no es lo que el republicano prometió a sus bases en la campaña de 2024. Se vendió como un pacificador, lejos de crisis interminables, pero hoy es un mandatario marcial y contradictorio que cambia la historia de Irán. 

El presidente de EEUU, Donald Trump, camina a su llegada a la Casa Blanca, en Washington, desde su residencia particular de Florida, el 9 de marzo de 2026. REUTERS/Evelyn HocksteinEvelyn Hockstein / REUTERS

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dice pública y repetidamente que albergaba la ambición de ser un líder pacificador y pasar así a la historia. En la campaña que en 2024 lo llevó de nuevo al Despacho Oval, su hoja de ruta era clara: dejar atrás los conflictos "interminables" y el intervencionismo norteamericano. Apenas un año después de su regreso al poder, sin embargo, se ha convertido en un presidente en guerra, un mandatario marcial, antidiplomático. 

Su nueva vena se ha puesto de manifiesto como nunca con el ataque coordinado con Israel contra Irán, iniciado el 28 de febrero pasado y sin visos de finalización próxima. Alega que existía una "amenaza inminente" contra su país porque el régimen de los ayatolás estaba muy cerca de lograr armas atómicas y sus misiles ya tenían alcance para tocar su territorio. No hay pruebas ni de lo uno ni de lo otro y, es más, los informes más recientes de su propia inteligencia daban a entender lo contrario, pero así, a cuerpo, sin cumplir con la Constitución ni con el derecho internacional, ha dado el paso. 

No sabemos cómo acabará la aventura militarista para los iraníes, los israelíes o los vecinos de los otros 13 países que ya se han visto afectados en la región por este conflicto armado, pero para Trump, por ahora, es motivo de una seria vulnerabilidad política. Afronta a una opinión pública claramente en contra de esta contienda, y con su base, la republicana, dividida ante su promesa incumplida. 

El culto al líder y el seguidismo de la corriente MAGA, la más radical entre los conservadores, se mantiene por ahora, pero con los días, conforme se ve que no será una guerra rápida ni indolora, se multiplican las voces críticas, tanto de representantes en el Congreso como de gurús de ultraderecha, con enorme tirón, hasta ahora fascinados con todo lo que hace y dice el neoyorquino. ¿Era necesaria esta guerra? ¿Qué beneficios va a reportar a EEUU? ¿Sólo se han seguido las instrucciones de Israel? Muchas preguntas, pocas respuestas aún. 

De encuestas y preocupaciones

Los múltiples sondeos que ha publicado la prensa norteamericana desde que se lanzó la operación, el 28 de febrero, constatan que la opinión pública norteamericana no quería ir a la guerra ni apoya cómo está llevando Trump la acometida. Sólo un sondeo de la cadena amiga Fox invierte los términos. En las demás, la oposición es contundente. 

Por ejemplo, un 45% se opone al uso de la fuerza en Irán y un 32% lo apoya en las entrevistas de YouGov / The Economist. En la de la CNN, el 59% de los estadounidenses desaprueba los ataques contra la República Islámica y la mayoría cree que es probable un conflicto a largo plazo. La NBC sostiene que desdaprueban la contienda el 52% de los ciudadanos, frente a un 41% que a apoya, y esta misma cadena señala que el 54% desaprueba la gestión de su presidente ante la crisis. 

Real Clear Polling, que es un sitio especializado en la recopilación y análisis de encuestas políticas en EEUU, ha pasado por el embudo todos esos porcentajes y señala que, en general, la estimación de la figura de Trump ha bajado entre tres y 18 puntos, dependiendo del sondeo. Su popularidad hoy, dice YouGov, no pasa del 33%, cuando de media estaba en el 38 justo antes de su Furia Épica. El 55% de su país dice que no le gusta como mandatario. 

La situación, como es lógico, podría empeorar si la guerra se alarga y hay más daños y más bajas y también puede mejorar si se logra cierta estabilidad y menos riesgos. Todo cabe y todo preocupa, cuando en noviembre hay elecciones de mitad de mandato en las que los republicanos temen perder el control de alguna de las cámaras, el Senado o la Cámara de Representantes. 

Manifestantes contra la guerra de Irán se congregan frente a la Biblioteca Pública de Nueva York (EEUU) por el ataque en una escuela en Minab (Irán), el 8 de marzo de 2026.Selcuk Acar / Anadolu via Getty Images

Hay que matizar que Trump aún encuentra apoyos en sus correligionarios, porque si separamos por votantes, son mayoría los demócratas e independientes que se oponen a su apuesta bélica. Entre la derecha, hay apoyos que llegan al 64 o al 68%, por lo que aún se puede decir que tiene a su gente movilizada en su apoyo. Si se pregunta expresamente a seguidores del Make America Great Again, la cifra puede superar el 80%. 

La NBC concluye que se puede afirmar que la base norteamericana es hoy "más blanda" en general que su presidente y que tiene más miedo a las consecuencias de esta guerra. Hay sectores donde esa sensación se acrecienta, como las mujeres, que se oponen en un 60% a estas operaciones de combate limitadas o cualquier otro eufemismo que quieran usar, o los jóvenes, en dos tercios contrarios también a una situación que nadie sabe si puede acabar en reclutamiento forzoso. Justo el vicepresidente J. D. Vance conquistó muchos votos diciéndole a la nueva generación que no se verían de uniforme, en la otra punta del mundo, por una guerra sin justificación. 

Matices -importantes- aparte, esta guerra es la que menos aval social tiene en EEUU en la historia reciente de la nación. En vísperas de la Guerra del Golfo, en 1991, el índice de aprobación del entonces presidente, George H.W. Bush (republicano), era del 64 %. A los pocos días de lanzar su Operación Tormenta del Desierto, se disparó al 82 %. Su hijo, George W. Bush, lo hizo aún mejor: tras declarar la llamada "guerra contra el terrorismo" a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y defender la invasión de Afganistán, su índice de aprobación saltó del 51 % al 90 %. Se desvaneció durante el año y medio siguiente, antes de volver a subir al 75 % al comienzo de la guerra de Irak, en 2003. 

Aunque en los sondeos se repita que más del 60% de la población aborrece al represivo régimen de los ayatolás, esta no es la vía, dicen.

El estadístico Nate Silver, autor del Silver Bulletin, expone en un análisis del lunes pasado que siempre se espera que una guerra, "inicialmente", sea "popular, genere sentimientos patrióticos e impulse la popularidad del presidente: el llamado efecto de la unión en torno a la bandera". Sin embargo, a menos que se resuelva rápidamente esta contienda, "con el tiempo se convertirá en un atolladero y la popularidad del presidente se verá afectada tras los despliegues prolongados y las muertes de tropas estadounidenses". Ya van siete féretros enviados a casa envueltos en banderas desde Oriente Medio, una imagen que Trump prometió que no se vería más. 

Silver continúa planteando la hipótesis de que las fuertes reacciones públicas, tanto positivas como negativas, a las guerras podrían haberse vuelto algo obsoletas en los últimos tiempos, gracias a los cambios tecnológicos que han reducido drásticamente las bajas en los conflictos, empezando por el Ejército de EEUU, y a la ausencia de un servicio militar obligatorio que convirtió las guerras del pasado, incluida la de Vietnam, en una lucha verdaderamente nacional.

"Los votantes estadounidenses se muestran cada vez más indiferentes ante las guerras, a menos que se produzcan ataques en suelo estadounidense, un gran número de bajas entre las tropas estadounidenses o el reclutamiento. Ninguna de estas cosas era remotamente probable como resultado de Venezuela. Pero, si bien no voy a especular sobre lo que podría surgir de Irán, obviamente existen más riesgos. Es un país mucho más grande en la parte políticamente más volátil del mundo. Esta vez, las operaciones estadounidenses e israelíes son mucho más que un ataque quirúrgico, como los ataques a las instalaciones nucleares iraníes del pasado junio", reflexiona.

Los ciudadanos tienen miedo de que las vidas de los suyos y sus bolsillos se vean afectados. Que se disparen los precios de todo, empezando por el petróleo, o que las sacudidas de los mercados de valores o los bonos mundiales hagan tambalearse su economía diaria. Bloomberg recuerda que EEUU no está tan para tirar cohetes como su presidente había prometido: las tasas hipotecarias han bajado recientemente, pero la propiedad de una vivienda sigue estando fuera del alcance de muchos, y los estadounidenses siguen sintiéndose agobiados por los altos costes de los alimentos y los bienes de consumo habitual, básico. Los salarios siguen subiendo, pero el último informe de empleo mostró que los empleadores nacionales recortaron empleos inesperadamente en varios sectores en febrero: 92.000 empleos menos y la tasa de desempleo que escala al 4,4 %, sirva el botón de muestra. 

Ahora, un conflicto prolongado en Irán podría agravar esas preocupaciones económicas de los votantes. El precio promedio de un galón de gasolina en EEUU ya ha alcanzado los 3,32 dólares, frente a los 2,98 dólares que costaba antes de los ataques. Y subiendo.

Soldados de EEUU trasladan el cuerpo de uno de los caídos en la operación contra Irán, por una represalia contra una base en Kuwait, el 7 de marzo de 2026 en Dover (Delaware).Kyle Mazza / Anadolu via Getty Images

Contención en el frente interno

Donald Trump insiste en que cada día que pase será peor en su andanada, pero es de sus pocos mensajes estables. Lo cierto es que va dando bandazos con los días, tanto al hablar de los objetivos finales de su guerra como de sus intenciones militares inmediatas o la duración de la incursión, y eso también genera inquietud y angustia en la población y en el seno de su partido. Pasa perfectamente de la amenaza de "golpear 20 veces más fuerte" y la promesa de buscar "una rendición incondicional" a la mano tendida a la negociación. 

¿Quién sabe lo que pasa por su cabeza? En cuestiones de Irán, siempre ha sido coherente, dicen sus aliados, porque se ha opuesto a que sea una potencia nuclear desde que era empresario y asistía a eventos al respecto. Ahora, su cálculo político es más arriesgado. Aval tiene, por ahora, entre los suyos, pero no es férreo. Hay grietas. El MAGA se define como un movimiento aislacionista, receloso de las intromisiones extranjeras y el aventurerismo militar, desde que vio la luz. Su lema, hay que recordar, es "EEUU primero". 

Durante la última década, sus seguidores aplaudieron a Trump cuando calificó la guerra de Irak de "un grave error", prometió evitar "guerras interminables" en todo Oriente Medio y se burló incluso de sus predecesores por "intervenir en sociedades complejas que ni siquiera ellos mismos entendían". Hasta de los republicanos hacía mofa. Un mes antes de ganar un segundo mandato, en la campaña de 2024, hizo una promesa tan sencilla como potente: "No van a tener una guerra conmigo". "No enviaré a nuestros hijos e hijas a luchar en una guerra en un país del que nunca han oído hablar. No lo haremos. Vamos a traer a nuestras tropas a casa y nos centraremos en Estados Unidos Primero", aseguraba.

Una promesa rota.

¿Pero por qué no hay, entonces, un reproche general que paralice sus acciones, que le bloquee las cámaras, una insurrección en su equipo de la Casa Blanca, un frente interno en el frente interno que le haga retroceder? La respuesta habría que buscarla, dice el americanista Sebastián Moreno, en seis claves. 

La primera de ellas es la especie de "culto al líder" que se mantiene en MAGA, que "obviamente tiene principios, ideario y programa" pero que a veces son secundarios "respecto a la figura de Trump". "Si el presidente cambia o flexibiliza sus principios, pueden estar dispuestos a asumirlo, puesto que creen en él y en su capacidad", indica. El propio Trump ha dicho: "MAGA me adora" o "adora todo lo que yo hago, porque MAGA soy yo", preguntado por la prensa por el escozor que pueden generar en esos votantes medidas como la Doctrina Donroe en América Latina o el ataque iraní. 

Esa sentía, por sí sola, una explicación simplista. En segundo lugar, "hay que tener en cuenta que sí hay parte del republicanismo que, pese a que conecta con el proteccionismo y el ultranacionalismo, gusta de ver el poder militar en funcionamiento, con su país ejerciendo de primera potencia mundial". Moreno recuerda la espectacularidad de las acciones de las Fuerzas Armadas de EEUU, de Nicolás Maduro a Ali Jamenei, "y ese dulce no amarga en determinadas bocas", dice gráficamente. Antes de la redada, poco más de la mitad de los republicanos que apoyan MAGA apoyaban la destitución de Maduro; una semana después, esa proporción había aumentado al 80%, dice The Economist.

A eso se añade -tres- "la suma del relato de cruzada que evidencia el acto de oración con los religiosos cristianos en el Despacho Oval y el poco respecto a los límites del derecho internacional, ambos comportamientos aplaudidos por estos seguidores". "Aquí no hay reglas de combate absurdas", ha llegado a decir le secretario de Guerra, Pete Hegseth

La gente pasa frente a un cartel que muestra a los difuntos líderes supremos iraníes, Ruhollah Jomeini y Ali Jamenei, y al nuevo líder, el ayatolá Mojtaba Jamenei, el 9 de marzo de 2026, en Teherán.Abedin Taherkenareh / EFE

El cuarto elemento, que también sirve de pegamento a esta base, es la idea de que una guerra breve es aceptable. Es lo que ha vendido Trump hasta ahora, pero se le está torciendo a narrativa, cuando este miércoles se alcanzaron los 12 días, lo que duró la guerra del pasado verano. Puede ser aceptable la guerra si es rauda, como ha ocurrido en este año y poco de mandato, en el que el magnate ha ordenado ataques en Irak, Nigeria, Siria, Somalia, Venezuela y Yemen, Irán aparte. Ha sido cosa de días, si no de horas. Esta vez no pinta igual y, además, en los anteriores no hubo bajas norteamericanas, otra gran diferencia. "Nadie quiere otro Afganistán en el seno del Partido Republicano". 

Quinta explicación, que va con la anterior: a los MAGA no les disgusta esta guerra porque "no va de exportar valores norteamericanos ni quedarse tiempo en un país para instaurar la democracia". Es una mirada "transaccional", sobre los "beneficios que se pueden sacar, sin daño", dice el analista sevillano. Trump, aunque ponga de parapeto a los manifestantes prolibertad, quiere un Gobierno seguidista, sea un régimen o elegido por el pueblo, y vender que ha eliminado un problema de seguridad mundial. 

La sexta y final sería el factor Israel. Trump ayuda a su mayor aliado en la zona y esa postura gusta a los conservadores, desde siempre, aunque ahora surjan dudas sobre si el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, ha tirado demasiado del norteamericano en función de sus intereses, en pleno año electoral (la cita es en otoño pero podría adelantarse) y cuando Irán es, para ellos, una "amenaza existencial". También hay un sector en MAGA tan ultracatólico que desconfía de los judíos, pero que ha enterrado ese hacha por el bien de la política trumpista. 

Las voces discordantes

Sin embargo, existe una corriente dentro del movimiento MAGA que está descontenta con la guerra y lo está empezando a decir en alto. Denuncian la guerra con Irán como una traición a la promesa del presidente de poner fin a las guerras eternas y se centran en los problemas internos y que la agenda trumpista, en todos los ámbitos, desde el gasto hasta el comercio, se verá obstaculizada si los demócratas logran el control de una sola cámara del Congreso, por lo que entienden que es un error de Trump. 

Los asesores de Trump son plenamente conscientes del peligro que representa la guerra con Irán y afirman en privado a medios como The New York Times que prevén perder el control de la Cámara de Representantes, seguramente. Además, les preocupa que la reacción negativa de los medios de comunicación partidarios de MAGA a la contienda pueda privar a la Casa Blanca de un altavoz crucial para llegar más allá del núcleo de seguidores en tiempos decisivos.

"Creo que esto es claramente un error", ha declarado, por ejemplo, Curt Mills, director ejecutivo de la revista The American Conservative y votante de Trump, sobre el ataque a Jamenei. Si bien las operaciones contra Irán "eliminaron aparentemente a uno de los grandes villanos de la geopolítica", Mills añadió que "la lógica es inquietantemente representativa de casi todos los atolladeros estadounidenses anteriores a este".

El representante republicano Thomas Massie, de Kentucky, ha criticado abiertamente los ataques, habla de "división" en el partido. Massie y el representante demócrata Ro Khanna, de California, forzaron una votación el jueves en la Cámara de Representantes para impedir que Trump lanzara más ataques sin la aprobación del Congreso. La medida no se aprobó, pero Massie cree que muchos republicanos comparten su escepticismo ante la agresión exterior de Trump. "MAGA está dividido ahora mismo", dice. "Creo que yo tengo la mitad del MAGA y creo que el presidente tiene la otra mitad", añade. 

Y están las voces que, no siendo cargos orgánicos o de la administración republicana, son auténticos referentes del partido, como Tucker Carlson, leal a Trump y presentador de un programa de entrevistas, quien calificó la guerra de "absolutamente repugnante y malvada" y predijo que perturbaría profundamente el movimiento del presidente. 

El periodista norteamericano Tucker Carlson, en una imagen de archivo.Getty Images

Otras críticas son más moderadas, pero plantean dudas sobre el alcance y la duración del conflicto. "En realidad, no soy aislacionista. Simplemente soy un conservador que defiende el principio de Estados Unidos primero en el sentido estricto de la palabra", publicó Matt Walsh, podcaster conservador, en redes sociales. "Con este asunto de Irán, no veo cómo las matemáticas nos favorecen".

Las críticas más agudas se han centrado en la influencia de Israel en la decisión de Trump de ir a la guerra. Marco Rubio, el secretario de Estado, causó revuelo al declarar a la prensa que EEUU actuó tras enterarse de que Israel planeaba atacar primero, una acción que, según él, amenazaba con poner en peligro las bases estadounidenses en la región. Trump negó esa secuencia de acontecimientos y, en cambio, se jactó de haber forzado la mano de Israel. Rubio, más tarde, se retractó. 

En cualquier caso, el episodio ha dado argumentos a los críticos del MAGA, especialmente a aquellos que desconfían de Israel. "Es difícil decirlo, pero Estados Unidos no tomó la decisión. Benjamín Netanyahu sí", criticó Carlson en su programa. "Nadie debería tener que morir por un país extranjero", abundó Megyn Kelly, expresentadora de Fox News, en su propio podcast, de enorme seguimiento en la comunidad ultra. "No creo que esos militares murieran por Estados Unidos. Creo que murieron por Irán o por Israel", fue su frase más brutal. 

"No creo que esos militares murieran por EEUU. Creo que murieron por Irán o por Israel"
Megyn Kelly, expresentadora de Fox News

La exrepresentante conservadora Marjorie Taylor Greene, hoy otra exitosa influencer política, criticó a la Administración Trump después de que la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, se negara a descartar categóricamente la posibilidad de un reclutamiento militar para Irán. "¿Qué tal si la respuesta es NO AL REGISTRO Y NO AL CAMBIO DE RÉGIMEN, porque nuestra campaña fue ¡NO MÁS GUERRAS EXTRANJERAS NI CAMBIO DE RÉGIMEN! ¡Mentirosos todos! ¡Mi hijo no, sobre mi cadáver!", escribió en redes

Hasta Steve Bannon, que fue asesor de Trump en su primer mandato y hoy aconseja a las ultraderechas europeas, ha dicho que la guerra es un error. "Teherán no es el problema. Si ellos crearon una república islámica es su problema. Nuestro foco debería estar puesto en Mineápolis ahora mismo. Es ahí donde está la insurrección", afirma, en alusión a las protestas contra la violencia del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EEUU (ICE). Natalie Winters, corresponsal de la Casa Blanca para el programa War Room de Bannon, dijo a toda su audiencia: "Si esto se convierte en otro conflicto cinético prolongado, no es por eso que votamos".

Leavitt, por cierto, ha sido preguntada por estas críticas y se ha limitado a decir: "Sólo quiero recordarles que x no es la vida real". 

La pelea es por el equilibrio, en estos momentos, entre el discurso gubernamental de que hay que eliminar la amenaza iraní, hay que acabar con un liderazgo problemático para el mundo amigo y hay que ayudar a Israel, de paso, con la realidad de la calle, el temor a que suban los precios, los bienes sean menos asequibles aún, haya víctimas norteamericanas, se gaste dinero que debía quedarse en casa o se transforme el orden mundial por intereses de otros (léase Tel Aviv). 

Hay multitudes en el alma del Partido Republicano, pero a ninguna le gustarían ni las mentiras ni los vaivenes. Tampoco una caída rápida del régimen de Irán que acabe en guerra civil o en conflicto regional, en sectarismo y en violencia para años, porque eso demuestra debilidad y es cometer los errores del pasado mientras, de paso, se siguen sin dar, por ejemplo, explicaciones sobre las relaciones del presidente y el pederasta Jeffrey Epstein, un tema que asquea a toda la formación, ahora parado por esta cortina de humo. A Trump le toca ir con pies de plomo.

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Soy redactora centrada en Global y trato de contar el mundo de forma didáctica y crítica, con especial atención a los conflictos armados y las violaciones de derechos humanos.

 

Sobre qué temas escribo

Mi labor es diversa, como diverso es el planeta, así que salto de Oriente Medio a Estados Unidos, pero siempre con el mismo interés: tratar de entender quién y cómo manda en el siglo XXI y cómo afectan sus decisiones a la ciudadanía. Nunca hemos tenido tantos recursos, nunca hemos tenido tanto conocimiento, pero no llegan ni las reformas ni la convivencia prometidas. Las injusticias siempre hay que denunciarlas y para eso le damos a la tecla.

 

También tengo un especial empeño en la actualidad europea, que es la que nos condiciona el día a día, y trato de acercar sus novedades desde Bruselas. En esta ciudad y en este momento, la defensa es otra de las materias que más me ocupan y preocupan.

 

Mi trayectoria

Nací en Albacete en 1980 pero mis raíces son sevillanas. Estudié Periodismo en la Universidad de Sevilla, donde también me hice especialista en Comunicación Institucional y Defensa. Trabajé nueve años en El Correo de Andalucía escribiendo de política regional y salté al gabinete de la Secretaría de Estado de Defensa, en Madrid. En 2010 me marché como freelance (autónoma) a Jerusalén, donde fui corresponsal durante cinco años, trabajando para medios como la Cadena SER, El País o Canal Sur TV.

 

En 2015 me incorporé al Huff, pasando por las secciones de Fin de Semana y Hard News, siempre centrada en la información internacional, pero con brochazos de memoria histórica o crisis climática. El motor siempre es el mismo y lo resumió Martha Gellhorn, maestra de corresponsales: "Tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras". Es lo que nos queda cuando nuestras armas son el ordenador y las palabras: contarlo. 

 

Sí, soy un poco intensa con el oficio periodístico y me preocupan sus condiciones, por eso he formado parte durante unos años de la junta directiva de la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF) España. Como también adoro la fotografía, escribí  'El viaje andaluz de Robert Capa'. Tuve el honor de recibir el XXIII Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla por mi trabajo en Israel y Palestina y una mención especial en los Andalucía de Periodismo de la Junta de Andalucía (2007). He sido jurado del IV Premio Internacional de Periodismo ‘Manuel Chaves Nogales’.

 

 


 

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